Hoy me pongo tacones (para hablar de las femeninas)
Escuchando Entre mil dudas de Fangoria...
``Perdido el norte me encontré, entré la angustia y el placer... y castigada a repetir... el mismo error principio y fin, de lo que ya... no se puede evitar´´ (Fangoria)
La primera noticia con la que me encuentro hoy al poner la televisión por la mañana es que, ante mi sorpresa, Rouco Varela no ha sido reelegido presidente de la conferencia episcopal, lo cual es relativamente bueno, teniendo en cuenta lo conservador que este era. Digo relativamente, porque no sé yo como será el nuevo presidente ideológicamente hablando, si más abierto o menos. Si tenemos en cuenta su primer discurso que habla de diálogo y comprensión, se respira un cambio, pero si tenemos en cuenta las declaraciones que hizo el otro día en contra de los matrimonios homosexuales, mal vamos.
De todas formas hasta la Asociación Triángulo celebró la salida de Rouco Varela. Y esto no sé hasta qué punto es celebrable. Aunque no he podido evitar que me saliera una sonrisa por dentro cuando oí que no era reelegido, me reservo esa sonrisa por fuera para el momento en que haya mayor tolerancia por parte de la Iglesia y eso de momento, está a la espera.
Hoy el título de este post viene por una frase de una investigadora y activista queer, Susanna Rance, que dice algo asi como que ponerte en el lugar del otro (y entender sus penas) es meterse en sus zapatos. Esta metáfora que utiliza esta autora, es en su origen una oración de los indios SIoux.
Onnares hace una apreciación que yo no había tenido en cuenta acerca de la masculinización de las mujeres lesbianas al comienzo del movimiento. Pues es cierto que el artículo de Beatriz Preciado que yo leí sobre ello, habla más de una revolución socio-política y tecnológica. Dice que ella leyó que las mujeres lesbianas adoptaron esa imagen para dejar de ser un mero objeto sexual por parte de los hombres y dar a conocer esa belleza interna. Esta es una visión un poco más social y que tiene más en cuenta los sentimientos de las propias lesbianas que la revolución política lésbica en sí.
Por cierto, a mí no me gusta utilizar el término, masculinización, porque para mí una mujer "masculina" puede ser tremendamente femenina. Prefiero decir que hubo una ruptura de la imagen tradicional de la mujer, esto es algo a lo que le llevo dando vueltas estos días.
Desde ese punto de vista, cabría más comprender el por qué muchas mujeres defienden el lema: arriba el lipstick, que yo tanto aborrezco desde mi punto de vista. Asi, todo sería cuestión de ponerse en el lugar de unas y otras. Y si el otro día me ponía en el lugar de las butch, hoy me pongo en el lugar de esas mujeres lesbianas femeninas que adoptan esa imagen porque se sienten cómodas con ella. Conscientemente o no, su imagen, es una contrarespuesta a la imagen que adoptaron otras mujeres que podríamos denominar como butch.
Si las butch dijeron una vez: yo no quiero ser como la mujer tradicional que la sociedad dicta que hay que ser. Ahora las lesbianas femeninas dicen: yo no quiero adoptar una imagen butch por ser lesbiana, mi libertad es poder adoptar una imagen femenina tradicional y ser lesbiana.
Cada una transgrede a su manera. El sentirse identificada más con un grupo y otro es cuestión de gustos.
Por supuesto que eso no significa que solamente haya dos grupos de lesbianas. Hay tantas lesbianas como mujeres diferentes hay. Los grupos siempre son una forma de reduccionismo, de simplificación, de identificación, pero en el grupo no son todas las que son, ni son todas las que están.
Alguna alma avispada quizá haya notado que en ningún momento menciono la palabra femme. Esto es porque aún estoy explorando lo que es para mí una mujer femme, porque muchas dicen (entre ellas Beatriz Preciado) que la femme no se corresponde con la imagen femenina tradicional. Algunas autoras dicen que tanto la butch como la femme comparten esa ruptura con el rol tradicional y no pueden identificarse como mujeres tradicionales... Quizá otro día hable de las femme. Primero observaré, leeré y pensaré...
``Perdido el norte me encontré, entré la angustia y el placer... y castigada a repetir... el mismo error principio y fin, de lo que ya... no se puede evitar´´ (Fangoria)
La primera noticia con la que me encuentro hoy al poner la televisión por la mañana es que, ante mi sorpresa, Rouco Varela no ha sido reelegido presidente de la conferencia episcopal, lo cual es relativamente bueno, teniendo en cuenta lo conservador que este era. Digo relativamente, porque no sé yo como será el nuevo presidente ideológicamente hablando, si más abierto o menos. Si tenemos en cuenta su primer discurso que habla de diálogo y comprensión, se respira un cambio, pero si tenemos en cuenta las declaraciones que hizo el otro día en contra de los matrimonios homosexuales, mal vamos.
De todas formas hasta la Asociación Triángulo celebró la salida de Rouco Varela. Y esto no sé hasta qué punto es celebrable. Aunque no he podido evitar que me saliera una sonrisa por dentro cuando oí que no era reelegido, me reservo esa sonrisa por fuera para el momento en que haya mayor tolerancia por parte de la Iglesia y eso de momento, está a la espera.
Hoy el título de este post viene por una frase de una investigadora y activista queer, Susanna Rance, que dice algo asi como que ponerte en el lugar del otro (y entender sus penas) es meterse en sus zapatos. Esta metáfora que utiliza esta autora, es en su origen una oración de los indios SIoux.
Onnares hace una apreciación que yo no había tenido en cuenta acerca de la masculinización de las mujeres lesbianas al comienzo del movimiento. Pues es cierto que el artículo de Beatriz Preciado que yo leí sobre ello, habla más de una revolución socio-política y tecnológica. Dice que ella leyó que las mujeres lesbianas adoptaron esa imagen para dejar de ser un mero objeto sexual por parte de los hombres y dar a conocer esa belleza interna. Esta es una visión un poco más social y que tiene más en cuenta los sentimientos de las propias lesbianas que la revolución política lésbica en sí.
Por cierto, a mí no me gusta utilizar el término, masculinización, porque para mí una mujer "masculina" puede ser tremendamente femenina. Prefiero decir que hubo una ruptura de la imagen tradicional de la mujer, esto es algo a lo que le llevo dando vueltas estos días.
Desde ese punto de vista, cabría más comprender el por qué muchas mujeres defienden el lema: arriba el lipstick, que yo tanto aborrezco desde mi punto de vista. Asi, todo sería cuestión de ponerse en el lugar de unas y otras. Y si el otro día me ponía en el lugar de las butch, hoy me pongo en el lugar de esas mujeres lesbianas femeninas que adoptan esa imagen porque se sienten cómodas con ella. Conscientemente o no, su imagen, es una contrarespuesta a la imagen que adoptaron otras mujeres que podríamos denominar como butch.
Si las butch dijeron una vez: yo no quiero ser como la mujer tradicional que la sociedad dicta que hay que ser. Ahora las lesbianas femeninas dicen: yo no quiero adoptar una imagen butch por ser lesbiana, mi libertad es poder adoptar una imagen femenina tradicional y ser lesbiana.
Cada una transgrede a su manera. El sentirse identificada más con un grupo y otro es cuestión de gustos.
Por supuesto que eso no significa que solamente haya dos grupos de lesbianas. Hay tantas lesbianas como mujeres diferentes hay. Los grupos siempre son una forma de reduccionismo, de simplificación, de identificación, pero en el grupo no son todas las que son, ni son todas las que están.
Alguna alma avispada quizá haya notado que en ningún momento menciono la palabra femme. Esto es porque aún estoy explorando lo que es para mí una mujer femme, porque muchas dicen (entre ellas Beatriz Preciado) que la femme no se corresponde con la imagen femenina tradicional. Algunas autoras dicen que tanto la butch como la femme comparten esa ruptura con el rol tradicional y no pueden identificarse como mujeres tradicionales... Quizá otro día hable de las femme. Primero observaré, leeré y pensaré...




