El cojo
Estaba sentada en el parque cuando vi que se acercaba. Era un muchacho joven, delgado, con el pelo dorado. Su rostro reflejaba dolor a cada paso que daba. Cojeaba.
- Pobre, tan joven, cojo y sufriendo.- Pensé
A duras penas pudo sentarse a mi lado. Entonces fue cuando se sacó la piedra del zapato
- Pobre, tan joven, cojo y sufriendo.- Pensé
A duras penas pudo sentarse a mi lado. Entonces fue cuando se sacó la piedra del zapato
Infiel
Era de noche y la ventana estaba abierta. Como cada día bailaba con la luna, la amaba en silencio conteniendo mis gemidos de placer.
Una noche grité demasiado y apareciste tú.
Ahora me llamas lunática infiel.
Una noche grité demasiado y apareciste tú.
Ahora me llamas lunática infiel.
Soy velero anclado
donde las aguas tranquilas,
a veces con leves movimientos,
balancean su casco.
Sigue allí, inmóvil, desnudo.
Con sus blancos vestidos atados,
aprisionados a la botavara,
dejando al descubierto su esqueleto,
sus sueños, su deseo por navegar.
Día tras día sueña con levar anclas,
abandonar el puerto
y tomar rumbo a ninguna parte.
Izar sus velas
y sentir la brisa chocar contra su proa.
Ver desde lo alto del mástil el reflejo de la luna,
en el anochecer más tranquilo.
Pero sigue allí,
sólo y abandonado.
Viendo pasar al marinero, con su mallorquina.
Viendo como regresan a puerto, los anfitriones del lugar.
Grandes yates agotados de sus largas travesías.
Y los mira.
Y los envidia.
Mientras su corazón, “la quilla”
tan sólo sirve de hogar, a las ya múltiples algas
que se han adherido a ella.
Y el velero sigue anclado,
con su madera carcomida por la sal del mar.
Con el mástil oxidado por la humedad de sus lágrimas.
Con su motor parado y cada vez más envejecido.
Y cada anochecer,
cuando el silencio y la luz de la luna lo envuelve
una dulce música y danzar de mástiles,
le parecen cantar.
Velero.....Ayyyy mi velero...
Iza el ancla.
Libera tus vestidos al viento
y navega.
Navega...navega libremente
Sin excusas
No me hace falta excusa alguna para recordarte, para sentir tus besos embriagados de ternura, ni tu sonrisa cubriéndome entre tus brazos.
Pero quizás hoy, que el día ha amanecido gris y frío, me ha servido para que con más fuerza que los demás días, te sintiera a mi lado.
Una suave brisa ha acariciado mi rostro y de repente el susurro del río me ha llevado hacia ti.
En mi mente se ha dibujado un castillo de cristal, rodeado de un torrente cristalino, tranquilo y solitario.
Mi ansia por besar tus labios me ha traído el sabor de tus besos, dulces de miel, suaves cual retal de seda.
Sólo me ha faltado cerrar los ojos para que instantes inolvidables hicieran latir mi corazón. Momentos ocultos por el crepúsculo, sumergidos en pasión, callados por ser prohibidos.
Te has convertido en mi tiempo, porque abrazas mi ser con ternura, con palabras y sentimientos.
Pero la brisa ha cesado y con la calma de nuevo he abierto los ojos que me han devuelto a la verdad de la distancia. De ellos han brotado saladas gotas de rocío que resbalando por mis mejillas han muerto en la tierra húmeda por la llovizna.
Pero no tengo excusa para recordarte. Ya no hay brisa, ni lluvia, ni frío, sólo hay mi deseo por verte.
Pero quizás hoy, que el día ha amanecido gris y frío, me ha servido para que con más fuerza que los demás días, te sintiera a mi lado.
Una suave brisa ha acariciado mi rostro y de repente el susurro del río me ha llevado hacia ti.
En mi mente se ha dibujado un castillo de cristal, rodeado de un torrente cristalino, tranquilo y solitario.
Mi ansia por besar tus labios me ha traído el sabor de tus besos, dulces de miel, suaves cual retal de seda.
Sólo me ha faltado cerrar los ojos para que instantes inolvidables hicieran latir mi corazón. Momentos ocultos por el crepúsculo, sumergidos en pasión, callados por ser prohibidos.
Te has convertido en mi tiempo, porque abrazas mi ser con ternura, con palabras y sentimientos.
Pero la brisa ha cesado y con la calma de nuevo he abierto los ojos que me han devuelto a la verdad de la distancia. De ellos han brotado saladas gotas de rocío que resbalando por mis mejillas han muerto en la tierra húmeda por la llovizna.
Pero no tengo excusa para recordarte. Ya no hay brisa, ni lluvia, ni frío, sólo hay mi deseo por verte.
Amaneceres
Cuando al despertar se abren mis ojos,
los tuyos se abren con ellos.
Y todo está oscuro.
Pero el brillo de tu mirar,
ilumina mis mañanas.
La noche aún es latente
y miro las estrellas del firmamento.
Siguen con la misma danza de anoche,
con la misma música, la misma compañía,
la luna.
Sueños y recuerdos invaden mi pensamiento
Sueños casi inalcanzables,
recuerdos que me hacen sonreír.
Y tu voz resuena en mi oído,
susurrándome palabras de amor.
Cuando al despertar se abren mis ojos,
tu presencia y compañía
es su primera visión.
Pero aún no ha salido el sol
y desdibujo la figura de tus labios.
Aún el cielo está ennegrecido,
cuando mis manos te recorren en mi mente.
Y me gusta la noche.
Porque puedo soñarte y recordarte.
Más cuando el primer rayo de sol,
penetra por mi ventana,
lucho y peleo.
Porque esa luz me guía y transporta a la realidad.
Y no quiero volver a ella.
No, todavía no.
Quiero seguir palpando ese rostro inagotable.
Quiero seguir estudiando, uno por uno,
los pliegues de tu sonrisa.
No, todavía no.
Por favor.
Déjame seguir viviendo este instante.
Desaparece por unos instantes más.
Que vuelva la noche, la oscuridad.
Ya habrá tiempo para la claridad.
Más ahora
Sólo deseo seguir a oscuras,
seguir viviendo todo un sueño.
La Botella de Cava
Sólo quedaba una paciente por visitar. Pedro calculó el tiempo que podría tardar en cerrar la consulta y cogió el teléfono.
- Hola amor. En media hora estoy contigo-.
- Bien, estoy preparando una cena ligera. ¿Has llamado a tu casa?-
- No, ahora en cuanto cuelgue llamaré.-
Con el dedo índice y sin apartar el auricular de su oído, Pedro cortó la llamada telefónica y marcó otro número.
- Hola Paula, lo siento pero ahora mismo me tengo que ir al hospital.-
- ¿Otro parto?-
- Si, así es. Una cesárea imprevista.
- Vaya, mira que me avisaron. No te cases con un ginecólogo que nunca podrás hacer planes. Ya veo que es cierto.
- Lo siento Paula. Dale un beso a la pequeña por si… ¡Vaya, espera!, tengo una llamada por la otra línea.-
De nuevo, sin apartar el auricular, cogió la otra llamada.
- Cariño, se me ha olvidado decirte que compres una botella de cava antes de venir.-
- No te preocupes, yo la compro.
- Perfecto, ya tengo ganas de verte.
- Y yo a ti. Hace muchos días que no hacemos el amor y lo echo de menos. Bueno, ahora debo colgar, estoy hablando con Paula por la otra línea. Le he dicho que tenía una urgencia en el hospital y que llegaría tarde a casa. Nos vemos dentro de madia hora cielo.
Cuando intentó recuperar la llamada de Paula algo raro sucedió en el teléfono. Debió apretar dos teclas antes de recuperarla.
- Ya está Paula. Era del hospital, me están esperando. Lo que te decía antes… que le des un beso a la peque por si llego tarde ¿vale?
- Si, lo haré. No te preocupes. Por cierto, ¿desde cuando haces el amor con el hospital?
- ¿Qué?, ¿Qué dices?
- Pedro, no disimules. Lo acabo de escuchar. ¿Con quien hablabas?, ¿con tu amante?.
- Paula, pero…
- Algo sospechaba yo. Tantos embarazos adelantados, tantas cesáreas…. No te molestes en volver esta noche si no quieres y si lo haces, ya sabes donde debes ponerte a dormir.- Por cierto, te aconsejo que le pidas a tu secretaria que te enseñe bien a recuperar llamadas telefónicas y a hablar con dos líneas a la vez sin que una se entere de la otra.-
Pedro colgó el teléfono, suspiró e hizo pasar a su última paciente.
Cuando salió de la consulta, cogió su Audi 6 y fue a comprar esa botella
Tato y Peca
Ahora se llama “Peca”. Yo sin embargo le llamaba “Tato” y no porque mi imaginación me hiciera llamarle así, sino porque en su pijama, a la altura del pecho y bordado en color rojo, se leía su nombre.
No se como llegó a mis manos, ni siquiera si alguien me lo regaló o lo adquirí por herencia. Lo que si sé, es que fue mi fiel compañero en las noches de verano durante mi infancia.
Cada año, cuando finalizaba el curso escolar, y durante los tres meses de vacaciones, mis padres me acompañaban al pueblo donde pasaba los días en compañía de mis abuelos.
A más de doscientos kilómetros de la gran ciudad y rodeado de campos, almendros y avellanos se levantaban una docena de casas con las fachadas de piedra que bordeaban una iglesia con su alto campanario y de la que se ramificaban largos callejones con olor a Jazmín.
Corría y jugueteaba por las calles de adoquines junto a mis amigos que al igual que yo dejaban durante los meses estivales las aglomeraciones de la gran ciudad para disfrutar de la naturaleza y tranquilidad.
La casa de mis abuelos, constaba de tres plantas. En la planta baja se encontraba un gran taller donde mi abuelo pasaba su tiempo creando figuras en madera y pintando sobre enormes lienzos y que daban a la entrada de la casa un olor muy característico a disolvente, serrín y barniz.
Tras subir por unas escaleras de piedra con las barandillas hechas en madera por mi abuelo se accedía al primer piso donde estaba la cocina, dos grandes salones y cinco habitaciones.
En el último piso, una buhardilla, a la que no accedí hasta que le perdí el miedo, muchos años después.
Año tras año, al llegar al pueblo, hacía lo mismo. No importaba la edad que tuviera. Cuando descendía del vehículo de mis padres salía corriendo hacia la entrada, abría la puerta y aspiraba profundamente para sentir ese olor que tanto me agradaba. Subía corriendo al encuentro de mis abuelos y después de haberlos saludado con un efusivo abrazo y un montón de besos, me daba una vuelta por toda la planta para cerciorarme que todo seguía de la misma manera que el año anterior.
- Abuelo, este cuadro es nuevo ¿verdad? – le preguntaba cuando veía que el salón me parecía distinto.
- Y éste caballo de madera ¿Cuándo lo has hecho?
Cada año, me asombraba de lo que mi abuelo era capaz de hacer con sus manos, y ya no solo con la madera, sino con un lápiz y unas cuantas pinturas.
Cuando ya lo tenía todo controlado, me iba hacia lo que durante casi tres meses iba a ser mi habitación.
Una cama enorme, o así me lo parecía entonces, con el colchón de lana, que parecía que te engullera cuando te ponías sobre él y encima de ella, apoyado sobre la almohada “Tato” esperándome como cada año con su sonrisa inagotable.
Para él nunca pasaban los años. Siempre estaba igual, con su cara hecha de un plástico duro de color rosáceo, en la frente, pintado en color marrón oscuro simulaba un pelo corto que se escondía tras una capucha enganchada al pijama de franela blanca.
Las manos y los pies estaban rellenos de algodón al igual que todo su cuerpo.
“Tato” era mi muñeco preferido de los veranos.
Cuando tenía que regresas a la gran ciudad, siempre intentaba llevármelo conmigo, pero mi abuela no me lo permitía.
- Se tiene que quedar aquí- me decía con su cálida voz. - ¿Quién cuidará de tu habitación cuando tu no estés?. Además, tengo que meterlo en la bañera para cuando vuelvas que esté limpio.
No se como lo hacía, pero siempre me convencía. Y eso provocaba que los primeros días después del verano, lo echara mucho de menos.
Habían sido muchas noches de dormir abrazada a él y contándole todos mis secretos. Siempre había sabido que contara lo que le contara, me entendería y no me delataría.
En alguna ocasión, cuando yo ya estaba en la adolescencia y me atormentaban los temores y las dudas, “tato” me ayudaba a recapacitar, incluso en alguna ocasión había llegado a percibir su consejo.
Si, “Tato” era un muñeco mágico.
Cuando cumplí los quince años deje de ir al pueblo, por tanto, también dejé de ver y compartir mis inquietudes con “Tato”.
Alguna noche había soñado con él. Me lo imaginaba tumbado sobre la almohada de mi cama, esperándome con su sonrisa casi perfecta y su mirada encantadora.
En otras ocasiones, lo soñaba llorando, echándome de menos como yo lo echaba a él en mi subconsciente.
Pasaron muchos años hasta que un verano regresé al pueblo.
Aun faltaban unos kilómetros para llegar, pero a lo lejos pude divisar el campanario de la iglesia como sobresalía por entre los viejos y destartalados tejados.
Un escalofrío de emoción recorrió todo mi cuerpo.
Esa vez, yo no era la niña que bajaba corriendo del coche a saludar a mis abuelos. Habían pasado muchos años y los papeles habían cambiado.
Estacionamos el vehículo delante de la casa. Descendí, cogí de la mano a mi hija y abrí esa puerta que me separaba de mi infancia.
El taller de la planta baja, hacía años que permanecía cerrado. Desde que mi abuelo murió, ya nadie hacía figuritas en madera ni nadie pintaba extensos oleos, sin embargo, ese olor que aspiraba profundamente cuando era pequeña me invadió de nuevo. Me sentí rejuvenecer, o mejor, me sentí de nuevo niña.
Subimos al primer piso y enseñé a mi hija toda la casa.
Los lienzos que colgaban de las paredes, los salones, las figuras de su bisabuelo, incluso hasta la subí a la buhardilla para que no le cogiera el miedo que yo le tenía de pequeña.
Fue después de cenar, cuando Maria, mi hija, después de estar un buen rato entretenida en su habitación, aquella que había sido la mía, apareció por la puerta y entre sus manos, un viejo muñeco.
- Mira mamá.- me dijo María a la vez que me mostraba el muñeco.- Lo he encontrado en la buhardilla, estaba escondido en un baúl.
Lo cogí, le di la vuelta y vi su cara sonrosada y su sonrisa permanente. Su pijama ya no era blanco, estaba amarillento por el paso de los años y su nombre se había borrado.
En su cara, justo bajo el pómulo derecho, había aparecido una mancha oscura. Quizás algo lo había manchado al estar tanto tiempo en el baúl.
- ¿De quien es mama?-Me preguntó mi hija, quitándomelo de nuevo de las manos.
Le explique más o menos la historia de “Tato”. Le conté que había sido mi mejor amigo durante toda mi infancia, que era mágico, que siempre escuchaba y que le podías contar cualquier secreto que jamás te delataba.
- ¿Sabes mamá? Yo le llamaré “peca”, ¿mira ves?- me dijo indicándome la mancha que el muñeco tenía en la cara. – Tiene una peca.-
Desde aquel día Maria, al igual que yo hice cuando tenía su edad, duerme cada noche abrazada a “Peca”. Antes de dormirse por eso, le hace participe de todo lo que le sucede en el día, como si escribiera un diario, o pretendiera que “peca” para mi “Tato” lo guardara en su interior, junto con su algodón.
Quien sabe, si dentro de unos años, alguien decidirá de nuevo, volverle a cambiar de nombre.
No se como llegó a mis manos, ni siquiera si alguien me lo regaló o lo adquirí por herencia. Lo que si sé, es que fue mi fiel compañero en las noches de verano durante mi infancia.
Cada año, cuando finalizaba el curso escolar, y durante los tres meses de vacaciones, mis padres me acompañaban al pueblo donde pasaba los días en compañía de mis abuelos.
A más de doscientos kilómetros de la gran ciudad y rodeado de campos, almendros y avellanos se levantaban una docena de casas con las fachadas de piedra que bordeaban una iglesia con su alto campanario y de la que se ramificaban largos callejones con olor a Jazmín.
Corría y jugueteaba por las calles de adoquines junto a mis amigos que al igual que yo dejaban durante los meses estivales las aglomeraciones de la gran ciudad para disfrutar de la naturaleza y tranquilidad.
La casa de mis abuelos, constaba de tres plantas. En la planta baja se encontraba un gran taller donde mi abuelo pasaba su tiempo creando figuras en madera y pintando sobre enormes lienzos y que daban a la entrada de la casa un olor muy característico a disolvente, serrín y barniz.
Tras subir por unas escaleras de piedra con las barandillas hechas en madera por mi abuelo se accedía al primer piso donde estaba la cocina, dos grandes salones y cinco habitaciones.
En el último piso, una buhardilla, a la que no accedí hasta que le perdí el miedo, muchos años después.
Año tras año, al llegar al pueblo, hacía lo mismo. No importaba la edad que tuviera. Cuando descendía del vehículo de mis padres salía corriendo hacia la entrada, abría la puerta y aspiraba profundamente para sentir ese olor que tanto me agradaba. Subía corriendo al encuentro de mis abuelos y después de haberlos saludado con un efusivo abrazo y un montón de besos, me daba una vuelta por toda la planta para cerciorarme que todo seguía de la misma manera que el año anterior.
- Abuelo, este cuadro es nuevo ¿verdad? – le preguntaba cuando veía que el salón me parecía distinto.
- Y éste caballo de madera ¿Cuándo lo has hecho?
Cada año, me asombraba de lo que mi abuelo era capaz de hacer con sus manos, y ya no solo con la madera, sino con un lápiz y unas cuantas pinturas.
Cuando ya lo tenía todo controlado, me iba hacia lo que durante casi tres meses iba a ser mi habitación.
Una cama enorme, o así me lo parecía entonces, con el colchón de lana, que parecía que te engullera cuando te ponías sobre él y encima de ella, apoyado sobre la almohada “Tato” esperándome como cada año con su sonrisa inagotable.
Para él nunca pasaban los años. Siempre estaba igual, con su cara hecha de un plástico duro de color rosáceo, en la frente, pintado en color marrón oscuro simulaba un pelo corto que se escondía tras una capucha enganchada al pijama de franela blanca.
Las manos y los pies estaban rellenos de algodón al igual que todo su cuerpo.
“Tato” era mi muñeco preferido de los veranos.
Cuando tenía que regresas a la gran ciudad, siempre intentaba llevármelo conmigo, pero mi abuela no me lo permitía.
- Se tiene que quedar aquí- me decía con su cálida voz. - ¿Quién cuidará de tu habitación cuando tu no estés?. Además, tengo que meterlo en la bañera para cuando vuelvas que esté limpio.
No se como lo hacía, pero siempre me convencía. Y eso provocaba que los primeros días después del verano, lo echara mucho de menos.
Habían sido muchas noches de dormir abrazada a él y contándole todos mis secretos. Siempre había sabido que contara lo que le contara, me entendería y no me delataría.
En alguna ocasión, cuando yo ya estaba en la adolescencia y me atormentaban los temores y las dudas, “tato” me ayudaba a recapacitar, incluso en alguna ocasión había llegado a percibir su consejo.
Si, “Tato” era un muñeco mágico.
Cuando cumplí los quince años deje de ir al pueblo, por tanto, también dejé de ver y compartir mis inquietudes con “Tato”.
Alguna noche había soñado con él. Me lo imaginaba tumbado sobre la almohada de mi cama, esperándome con su sonrisa casi perfecta y su mirada encantadora.
En otras ocasiones, lo soñaba llorando, echándome de menos como yo lo echaba a él en mi subconsciente.
Pasaron muchos años hasta que un verano regresé al pueblo.
Aun faltaban unos kilómetros para llegar, pero a lo lejos pude divisar el campanario de la iglesia como sobresalía por entre los viejos y destartalados tejados.
Un escalofrío de emoción recorrió todo mi cuerpo.
Esa vez, yo no era la niña que bajaba corriendo del coche a saludar a mis abuelos. Habían pasado muchos años y los papeles habían cambiado.
Estacionamos el vehículo delante de la casa. Descendí, cogí de la mano a mi hija y abrí esa puerta que me separaba de mi infancia.
El taller de la planta baja, hacía años que permanecía cerrado. Desde que mi abuelo murió, ya nadie hacía figuritas en madera ni nadie pintaba extensos oleos, sin embargo, ese olor que aspiraba profundamente cuando era pequeña me invadió de nuevo. Me sentí rejuvenecer, o mejor, me sentí de nuevo niña.
Subimos al primer piso y enseñé a mi hija toda la casa.
Los lienzos que colgaban de las paredes, los salones, las figuras de su bisabuelo, incluso hasta la subí a la buhardilla para que no le cogiera el miedo que yo le tenía de pequeña.
Fue después de cenar, cuando Maria, mi hija, después de estar un buen rato entretenida en su habitación, aquella que había sido la mía, apareció por la puerta y entre sus manos, un viejo muñeco.
- Mira mamá.- me dijo María a la vez que me mostraba el muñeco.- Lo he encontrado en la buhardilla, estaba escondido en un baúl.
Lo cogí, le di la vuelta y vi su cara sonrosada y su sonrisa permanente. Su pijama ya no era blanco, estaba amarillento por el paso de los años y su nombre se había borrado.
En su cara, justo bajo el pómulo derecho, había aparecido una mancha oscura. Quizás algo lo había manchado al estar tanto tiempo en el baúl.
- ¿De quien es mama?-Me preguntó mi hija, quitándomelo de nuevo de las manos.
Le explique más o menos la historia de “Tato”. Le conté que había sido mi mejor amigo durante toda mi infancia, que era mágico, que siempre escuchaba y que le podías contar cualquier secreto que jamás te delataba.
- ¿Sabes mamá? Yo le llamaré “peca”, ¿mira ves?- me dijo indicándome la mancha que el muñeco tenía en la cara. – Tiene una peca.-
Desde aquel día Maria, al igual que yo hice cuando tenía su edad, duerme cada noche abrazada a “Peca”. Antes de dormirse por eso, le hace participe de todo lo que le sucede en el día, como si escribiera un diario, o pretendiera que “peca” para mi “Tato” lo guardara en su interior, junto con su algodón.
Quien sabe, si dentro de unos años, alguien decidirá de nuevo, volverle a cambiar de nombre.
De seminario laboral
Estoy realizando estos días, en el trabajo, un seminario. Hoy se ha reflexionado sobre el efecto pigmalión. Lo he encontrado francamente interesante.
Mitología griega, Pigmalión era un rey chipriota que tomó un bloque de piedra y comenzó a esculpir la estatua de una mujer. Cada día se dedicaba a la estatua un cierto tiempo y poco a poco se fue enamorando de la figura que trabajaba. Al final creyó que la estatua era más hermosa que todas las mujeres de la tierra y empezó a pedir a los dioses que le infundieran vida, el deseo fue solicitado con tanto anhelo y pasión que le fue concedido. La estatua ya convertida en mujer correspondió al amor del rey Pigmalión.
Esto me hace recordar a aquella frase de “vigila que deseas y con que intensidad lo deseas porque puede llegar a realizarse tu deseo”
El “efecto Pigmalión”, aplicado al área de educación, en la que según pruebas de los expertos, los estudiantes obtenían mejores rendimientos y más desarrollo personal en la medida en que las expectativas de sus educadores sobre la capacidad de los estudiantes eran mayores. Esto fue comprobado a través de una serie de experimentos en los cuales se les practicaban test de inteligencia a estudiantes con dificultades escolares y se les comunicaba a las familias y al profesorado resultados falseados, en los que los muchachos aparecían como mucho más inteligentes de lo que en realidad puntuaban en el test. La consecuencia fue que estos alumnos pasaron a ser los más destacados en clase mostrando una inteligencia por encima del promedio y los estudiantes se sintieron más capaces.
Lo más importante y resumiendo dicho efecto sería: “Ten altas expectativas de alguien, hazle creer que le sobra capacidad para satisfacerlas y las verás cumplidas”, pero teniendo en cuanta que debemos creer en nosotros mismos. “ El que no cree en sí mismo, difícilmente podrá alcanzar las metas que se ha planteado"
Así que ya sabeis....
La vida de una rosa

Como cada amanecer, las gotas de rocío se habían posado sobre mis pétalos rojos. Las consideraba mi despertador. Ellas refrescaban mi cuerpo y despejaban y producían un brillo especial el mi.
Ese día, la temperatura era muy baja. Alcé mi cabeza al cielo que aun estaba oscurecido. Las estrellas dejaban ver su parpadeo y alguna nube se disipaba lentamente.
Observé a mi alrededor, miré a toda mi familia que se hallaban a mi lado, todas unidas de mismo tallo.
Algunas de mis hermanas, las recién nacidas, apenas habían florecido. Se encontraban cerradas, abrazando sus pétalos con fuerza como intentando resguardarse del frío.
El sol empezó a secar mis pétalos del rocío de la mañana y a convencer a las pequeñas que nacieran, que abrieran sus brazos y alzaran su mirada al mundo.
Eramos siete las rosas que nos encontrábamos en aquel rosal. Con nuestros tallos repletos de púas y unas hojas verdes para alimentarnos y embellecer nuestra figura
Fue cuando el sol estaba en su mayor apogeo, que sentí un cuerpo extraño que movía mis hojas. Pensé que mis espigas harían su función pero ese cuerpo, que se me antojaba como un pulpo de cinco tentáculos se entrelazó entre ellos e inclinando mi cabeza hacia el suelo, consiguió partir mi cuerpo. Lo separó de mi vida, de mi alimento. Me separó del resto de las rosas. Y lloré. Una gota de mi sabia blanca se desprendió de mi tallo cayendo lentamente sobre una de las hojas del rosal. Allí dejé mi último suspiro. Entre los míos
Tengo que reconocer que esas manos me trataban con delicadeza. Me envolvieron con un bonito papel transparente como el rocío que solía cubrir mis pétalos al amanecer y me vistieron con un gran lazo azul.
Durante unos instantes permanecí posada sobre una mesa de mármol. Me percaté de ello por el frío que desprendía y que helaba parte de mi cuerpo, hasta que me alzaron unos centímetros de ella. Entonces las manos que con tanta suavidad me habían tratado cambiaron. Pasaron de ser unas manos grandes y delicadas a otras suaves, finas y aun más dulces si cabía.
Entonces me di cuenta.
Estaba siendo la demostración de un amor.
Me habían separado de los míos, me habían arrancado de mi fuente de vida, pero quizás ese era mi destino. Morir para demostrar un amor. El amor que dos personas se sienten.
Ahora, han pasado ya más de tres meses desde ese día. Ahora no tengo rocío en mis pétalos cuando amanece. Ellos se han secado y han perdido su color rojo, vivo y brillante. Ahora mis pétalos están oscurecidos.
Ahora mi vida transcurre entre sábanas de papel que aplastan mi cuerpo.
Pero ese es mi destino. Ahora sé que di mi vida por un amor verdadero. Porque ahora, cada vez que esas manos dulces me toman entre sus dedos me transmiten amor, paz y cariño. Y ese es mi destino. Demostrar amor
Decisión importante

Después de estar durante dos años realizando talleres de escritura (una que quiere aprender a escribir), y tras haber realizado unos cuantos; narrativa, cuento, creación de personajes...hoy me he decidio a hacer el de Novela.
Me daba un poco de miedo hacerlo y si tengo que ser sincera aun lo tengo, pero... Ya he tomado la decisión.
Una de las cosas que me frenaba a hacerlo, a parte de ese dichoso miedo, era que no tenía una idea, un argumento para hacer ninguna novela. Y aunque sea un taller, creo que lo mejor es tener una novela en la cabeza y empezara desarrollarla allí.
¿y porque me he decidido?
Pues por varias razones.
Una es porque ya tengo un argumento y además creo que interesante y después por el apoyo y los ánimos que he recibido de la gente tanto del taller que estoy realizando ahora, como de amigos.
Así que decisión tomada. En Setiembre empezaré mis andadas por el mundo de la novela.
Sacando el polvo del cajón

“Atentamente se dirige a la Corte Disciplinaria del Lenguaje Don/doña: HACHE, más conocida como H.
Rogaría se tramitasen las instancias hacia este Tribunal para que tuviera a bien variar sustancialmente o en lo posible el siguiente aspecto de nuestro lenguaje (marque con una cruz el que proceda)
O Forma verbal con considerada de especialmente inútil dificultad
O Orden y Sintaxis de la frase
O Nuevo significado de palabras consideradas de evidente mayor belleza que contenido
Ø Otras cuestiones fonéticas, morfológicas, sociológicas
Concretamente mi solicitud se refiere a que realicen un cambio sustancial de mi personalidad.
Para ello les expongo los fundamentos que me llevan a tal solicitud.
Desde que tengo uso de razón vengo sufriendo trastornos psicológicos graves de identificación.
He visitado numerosos centros de rehabilitación para la Sintaxis aplicada, centros sanitarios para Diccionarios de la lengua, incluso he realizado cursos de formación para la fonética y morfología.
Pero todo ello no ha servido más que para aumentar mi ansiedad y falta de autoestima, haciéndome de nuevo preguntas a las que no les encuentro respuesta convincente alguna.
Si no, contéstenme ustedes. - ¿Por qué me ponen al principio de palabras si después ni siquiera me nombran?
Les pondré algunos ejemplos; Hipotenusa, Hablar, hallar, hueco. Si eso, Hueco, eso es lo que siento, un gran hueco en mi persona.
Porque si no, díganme - ¿Por qué estoy cuando Hablo, y sin embargo nadie me escucha?
También estoy en el Hielo, y como él me siento, fría e inmóvil.
Por otro lado me siento abandonada, desnuda.
Nunca me adornan, siempre me mantienen intacta, impoluta. Y eso hace que en ocasiones sienta envidia de las vocales. A ellas se las adorna con tildes y diéresis. Sin embargo yo, que siempre las acompaño, me dejan desnuda. Sin vestimenta para lucir.
No puedo ser ni débil ni fuerte, como cualquiera de mis compañeras, soy simplemente muda, sorda...
Como comprenderán, están más que fundamentados los problemas psicológicos que llevo arrastrando desde mi creación. Y puesto que aún me siento joven, no estoy dispuesta a seguir los años que me quedan visitando centros para aumentar mi autoestima y elevar mi ego.
Por todo lo expuesto solicito un cambio sustancial en mi personalidad consistente en:
1º Asignación de un sonido fonético para que cuando Hable se me oiga y que cuando me busquen me Hallen por mi voz.
2º El derecho a poder disfrutar en alguna ocasión de vestidos que estilicen mi figura, ya sea con alguna tilde o diéresis.
3 º Anulación del apodo “muda”En caso de que mi oferta no sea aceptada, debo declarar que son ustedes unos: Auténticos inhumanos o mejor dicho unos “iletrados” y que lo único que conseguirán es que definitivamente y con razón, sea la bien denominada “muda”. Pero además, pasaré a ser la “ciega, sorda e invisible”, porque me dejaré Hundir (nunca mejor dicho) hasta el final de mi palabra, desapareciendo del resto de mi familia ya que mis creadores no han sabido valorar mi función en esta larga y numerosa familia de las letras.
Esperando que tengan a bien la consideración y aprobación de mi experta sugerencia, se despide
01 de Abril de 2.003
“H”
Este relato lo escribí para una propuesta de trabajo de un taller de escritura que realicé en el 2003.
Ahora lo releía y...... bueno.... pensé, ¿Porque no colgarlo?
El sueño de Hanata

Había llegado el día.
Mohamed recogió a su hermana y se dirigieron en silencio y a oscuras al acantilado. Allí les esperaba su destino, su sueño. El sueño de ochenta marroquíes que ansiosos ocuparon su escaso espacio en aquella tambaleante y chirriante patera.
Hanata se sentó, apoyó su equipaje sobre la prominente tripa en la que se estaba gestando su primer hijo y respiró profundamente.
- Al amanecer estaremos a salvo- susurraba.
Sus ojos habían adquirido un brillo extraño. La luz de la esperanza se reflejaba en el rostro de esa mujer anulada que escapaba de en un país hecho para hombres.
- Ya queda poquito, mi niño- no cesaba de repetir.- a lo lejos ya se ven las luces del paraíso.
El tambaleo y el romper de las olas contra la agrietada madera la asustó haciendo que se aferrara aún más a su pequeño equipaje.
Cuando despertó, se encontraba tumbada en el suelo, cubierta con una gruesa manta y temblando de frío. Junto a ella, algunos de sus compañeros de viaje sentados y acurrucados apretando sus piernas encogidas contra el pecho y con la mirada perdida.
Con la mirada clavada en el cielo que se podía observar desde la ventana de las dependencias policiales de Tarifa, como viendo su sueño esfumarse como el humo y perderse en la nada.
Hanata intentó incorporarse para buscar a su hermano.
Desgraciadamente, Mohamed no consiguió, al igual que otros doce tripulantes más, llegar a las rocas y ser rescatados antes de que la patera se hundiera.
Los ojos de Hanata perdieron en un instante aquel brillo que la había acompañado durante toda la noche.
- No volveremos, pequeño. Tu verás la luz del paraíso, te lo dice mamá- susurro mientras se acariciaba la barriga y una lágrima resbalaba por su mejilla.
Aquella misma tarde, sacando las fuerzas y el valor que dan el deseo de libertad, escapó de las dependencias policiales deambulando por callejuelas en busca de cobijo para pasar la noche.
A la mañana siguiente, el cuerpo de Hanata fue hallado en un estrecho callejón. Había sido violada y palizada hasta provocarle la muerte, dejando en el suelo un charco de sangre y en el aire su sueño sin cumplir. Un sueño que sigue siendo perseguido por todos aquellos que diariamente intentan cruzar el estrecho.
La vida.... Por Charles Chaplin

La vida es una obra de teatro que no permite ensayos...
Por eso, canta, ríe, baila, llora
y vive intensamente cada momento de tu vida...
...antes que el telón baje
y la obra termine sin aplausos.
¡Hey, hey, sonríe!
más no te escondas detrás
de esa sonrisa...
Muestra aquello que eres, sin miedo.
Existen personas que sueñan
con tu sonrisa, así como yo.
¡Vive! ¡Intenta!
La vida no pasa de una tentativa.
¡Ama!
Ama por encima de todo,
ama a todo y a todos.
No cierres los ojos a la suciedad del mundo,
no ignores el hambre!
Olvida la bomba,
pero antes haz algo para combatirla,
aunque no te sientas capaz.
¡Busca!
Busca lo que hay de bueno en todo y todos.
No hagas de los defectos una distancia,
y si, una aproximación.
¡Acepta!
La vida, las personas,
haz de ellas tu razón de vivir.
¡Entiende!
Entiende a las personas que piensan diferente a ti, no las repruebes.
¡Eh! Mira...
Mira a tu espalda, cuantos amigos...
¿Ya hiciste a alguien feliz hoy?
¿O hiciste sufrir a alguien con tu egoísmo?
¡Eh! No corras...
¿Para que tanta prisa? Corre apenas dentro tuyo.
¡Sueña!
Pero no perjudiques a nadie y
no transformes tu sueño en fuga.
Cree! ¡Espera!
Siempre habrá una salida,
siempre brillará una estrella.
¡Llora! ¡Lucha!
Haz aquello que te gusta,
siente lo que hay dentro de ti.
Oye...
Escucha lo que las otras personas
tienen que decir,
es importante.
Sube...
Haz de los obstáculos escalones
para aquello que quieres alcanzar.
Mas no te olvides de aquellos
que no consiguieron subir
en la escalera de la vida.
¡Descubre!
Descubre aquello que es bueno dentro tuyo.
Procura por encima de todo ser gente,
yo también voy a intentar.
¡Hey! Tú...
ahora ve en paz.
Yo preciso decirte que... TE ADORO,
simplemente porque existes.
Charles Chaplin
Sola al despertar

Abrió los ojos. Tardó unos segundos en que su retina se encogiera para poder distinguir la silueta de la cómoda que había a los pies de la cama.
Arrastró el brazo derecho de arriba a bajo de la cama buscando el cuerpo de él tumbado a su lado.
Percibió las sábanas como recién planchadas, sin usar.
Se incorporó y abrió la luz de la mesita de noche. La casa estaba fría, oscura, solitaria.
Debería sentir miedo, debería aterrorizarle el silencio de la noche, del pasillo que recorrió hasta llegar a la cocina.
En el baño, sólo el perfume de ella. Una sola toalla, un único cepillo de dientes colocado en un vaso de color verde junto con el tubo medio gastado de colgate blanqueador.
Pegó la nariz en el cristal helado del salón. Miró el firmamento también vacío, sin estrellas. Sólo en todo lo alto la luna llena brillando con toda su magia.
En el lienzo del olvido dibujó su rostro y con tinta imborrable escribió su nombre.
Pasó el día esperando a que alguien abriera la puerta de su casa. A que el teléfono sonara con alguna voz conocida al otro lado. A que el cartero llamara dejándole noticias del tío de Jerez o de la amiga de Las Palmas.
No podía esperar más. Llevaba mucho tiempo soñando con poder hacer lo que le dictaba el corazón. Nunca se atrevió a borrar su historia, a olvidar su pasado.
Había llegado el momento.
Nadie compartía su baño. Nadie deshacía la parte derecha de su cama. Nadie la acurrucaba en las tardes frías de invierno cuando cubierta con una manta leía uno de sus libros.
Hizo su maleta, cerró la puerta con llave y cogió su coche.
Recorrió cientos de kilómetros. En su mente solo una frase “te esperaré toda la vida”.
Con el rostro cansado, la maleta junto a sus pies, y el alma en un puño esperó a que él abriera la puerta.
Ninguno de los dos dijo nada. Sólo un abrazo y un suspiro de felicidad los llevó hasta la habitación.
Ella se tumbó en el lado izquierdo de la cama, él la envolvió en sus brazos y durmió feliz. Ella no quería volver a cerrar los ojos.
Tenía miedo de descubrir que todo aquello podía ser un sueño
Ticket to the moon

Ahora mismo me gustaría comprar uno de esos. Si, un ticket para irme a la luna. Para irme lejos.
Dejar atrás un mundo, este mundo. Este lugar podrido, lleno de envidias, de rencores, de malicia, de hipocresías, de….
Este funesto lugar, donde en cada esquina puedes encontrarte a alguien con un puñal entre las manos, apretándolo con todas sus fuerzas para clavarlo en tu espalda, a traición y sin oportunidad de defenderte.
Ahora mismo me gustaría irme lejos. Abandonar esta mierda y albergarme en un lugar donde se pudiera vivir en paz. Un lugar donde no tuviera que otear a mi alrededor. Un lugar donde pasear significara disfrutar del entorno, de la naturaleza y no temblar cuando alguien se cruza en tu camino por el miedo a si peligra tu integridad.
Cierro los ojos y vislumbro ese mundo ideal, ese lugar al que llamo paraíso, edén, nirvana.
Lo imagino lleno de gente feliz, gente que vive en libertad y con respeto hacia el otro.
Sus rostros denotan una felicidad desmedida, una sonrisa que para mi es insólita pero a la vez absorbente. Y esa sensación de bien estar que me transmiten, me seduce y fascina.
No quiero despertar de este sueño. No quiero que esta quimera desaparezca de mi mente. Quiero seguir sumergida en este espejismo hasta que la ineludible realidad transforme el oasis en un desierto repleto de dunas.
Me duele al alma, me cuesta respirar. No puedo evitar abrir los ojos. Corro hacia la estación en busca de ese billete que me llevará a mi destino, a mi mundo, tal vez a la luna.
Se han agotado. Los veinte pasajes que había libres para esta década se agotaron anoche.
Regreso a mi trabajo. ¿Cómo pueden haber sólo veinte pasajes para diez años?. ¿Tan poca gente desea un mundo mejor?
En la esquina hay un grupo de jóvenes apaleando a un marroquí. Nadie hace nada. Todos pasan de largo. Creo que voy a llamar al 091.
La gente no anda, no pasea y disfruta del día. Todos corren como intentando evitar la muerte. Se hacen daño los unos a los otros. Se destrozan sus vidas. Se pisotean por sobrevivir en esta apestosa cloaca.
La oficina parece más vacía. Acaban de despedir a mi compañero por ser homosexual.
¿Este es mi mundo?. No, no lo quiero
Tengo nauseas. Creo que voy a vomitar.





