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Las letras de una magnolia
Letras Unidas
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El Tiempo


Eran las tres de la madrugada y la casa estaba en silencio, a oscuras. Podía percibir la respiración relajada de los ocupantes de las habitaciones contiguas a la mía. Una sensación maravillosa.
Por el ventanal, aún sin cortinas, el leve reflejo de las farolas me permitía desdibujar las nubes y las copas de algunos árboles.
Sabía que debía dormir, a las pocas horas sonaría uno de los tres despertadores que descansan sobre mi mesita de noche, al poco el segundo y una vez levantada, sonaría el tercero.
Mis ojos se negaban a disfrutar de su descanso y mi mente seguía con el mismo ajetreo y velocidad que horas atrás.
Abandoné las cálidas sábanas amarillas y coloqué uno sobre otro mis dos almohadones que aprieto junto a mi pecho durante toda la noche. No podía soportar estar tumbada, dando vueltas de un lado a otro intentando conciliar el sueño. Decidí salir a la terraza.

Las calles, más en silencio si cabe que mi casa. Con el asfalto mojado por la lluvia de la tarde y vacía. Muy vacía.
Me encendí un cigarrillo y sentada con los pies apoyados en la barandilla pude disfrutar de un poco de tiempo, de sosiego, de silencio.
Un gato andaba lentamente por la acera. Bordeaba las ruedas de los vehículos estacionados olfateando como buscando compañía.
-Lentamente…lentamente…- pensé.
¿Cuanto tiempo hacía que yo no realizaba alguna cosa así, lentamente?. Mucho, demasiado.
¿Cuánto tiempo hacía que no me fijaba en ver la hierba crecer? Mucho, demasiado
Me di cuenta, cuando el cigarrillo estaba casi consumido, que se me había olvidado hacer las cosas sosegadamente. Hasta el “placer” que sentía al fumar un pitillo lo hacía rápido, sin apenas disfrutarlo.
Pero mi vida estaba organizada así, al minuto. Nunca decía que no a nada. Quería abarcarlo todo, hacer todo lo que se me ocurriera, todo lo que se me pidieran, y para ello, para poder con todo, lo hacía rápido.
Miré el reloj. Había pasado una hora desde que salí a la terraza. – Hasta el tiempo pasa rápido.
Efectivamente, eso me hizo pensar que yo no era la única que vivía a esta velocidad. Todo el mundo corría. Por las calles, la gente ya no paseaba, su paso ya no era lento y tranquilo.
Hasta en los restaurantes lo anunciaban “comida rápida”. Pero ¿rápida para quien?, para el que la hace, o para el que la come. Para ambos, seguro.
Todo se estaba haciendo rápido.
El cocinero ya no hacía el sofrito de la misma manera. No ponía sus ingredientes cada uno a su tiempo. Los ponía todos a la vez, para ganar tiempo. La madre, daba prisas a sus hijos para que se vistieran.- Vamos niños rápido que llegamos tarde al colegio- o a la hora del almuerzo. – Niño no te distraigas y come- . El amante, con sus escarceos amorosos cada vez más escuetos. Hasta el sexo se estaba haciendo rápido

Me desesperaba. Encendí otro cigarrillo. Éste si que lo disfruté. Había conseguido relajarme durante unos instantes. Instantes en los que conseguí reflexionar, pensar.
“El arte del pensamiento es caminar lentamente.”, No se donde leí esta frase. Pero…que cierta era. Y acabada de darme cuenta.
Recordé una mañana que me dirigía hacia la oficina. Había salido del aparcamiento y como cada mañana, con paso rápido andaba por la acera. Iba pensando en que era lo primero que debía hacer al llegar. Sabía que tenía algo urgente pero no lo recordaba. Intentaba hacer memoria, andando rápidamente y cruzando el semáforo. Al final, inconscientemente me detuve y pensé. -Si, tenía que pasar un fax.
Entonces le encontré todo su sentido a esa frase famosa “párate a pensar”

Apagué mi segundo cigarrillo, estaba disfrutando del tiempo, de la noche, del sosiego. Hacía mucho tiempo que no lo conseguía y quería seguir en ello, pero era consciente que debía acostarme para afrontar el día siguiente con fuerza.
Regresé a envolverme de amarillo, apreté mis almohadas a mi pecho y al cerrar los ojos una extraña sensación me invadió.
- No quiero tener que arrepentirme jamás de no haber disfrutado de ver la lluvia caer.