Dificil elección
María se acaba de marchar. Como cada sábado por la noche desde hace más de un año sucede lo mismo.
Venimos a mi casa después de haber estado en el Pub con los amigos. Nos damos una ducha. Veo su cuerpo escultural. Siento su piel suave. Nos vamos a la cama, a mi cama, y hacemos el amor.
Ella grita de placer, tanto que en ocasiones pienso que le hago daño. Se retuerce sobre mi, se mueve con celeridad. Suda.
Me besa, la beso. Me acaricia, la acaricio. Gime y yo…. Finjo gemir.
Luego, cuando se ha fumado su Marlboro, se viste, me besa y se va.
Así, sábado tras sábado desde hace más de un año.
Yo me quedo en la cama, en el lado más oscuro, donde no hay lámpara en la mesita de noche.
Siempre pienso lo mismo.-”Esto tiene que acabar”.Pero no acaba.
Me levanto. Me dirijo al armario. Abro el primer cajón y saco la llave que abre la parte más estrecha de ese mismo armario.
Con mi virilidad más excitada que media hora antes abro la puerta lentamente.
Allí está ella, Vanesa, o Marta, o Isabel… que más da. Con su piel fría, rígida, ligera y con unos labios de carmín rojo pasión, que por mucho que los bese no pierden su color.
La tumbo sobre la cama. Inmóvil y fría parece mirarme.
La beso, no me besa. La acaricio, se queda inmóvil. Gimo de placer, ella ni siquiera puede fingir.
Ahora soy yo quien me fumo el Marlboro.
Cuando termino mi cigarrillo, tomo a Vanesa o Marta o quien haya sido aquella noche de la cintura y la devuelvo al armario donde durante una semana descansará bajo llave.
Y me vuelvo a preguntar – “¿Deberé escoger?”
Venimos a mi casa después de haber estado en el Pub con los amigos. Nos damos una ducha. Veo su cuerpo escultural. Siento su piel suave. Nos vamos a la cama, a mi cama, y hacemos el amor.
Ella grita de placer, tanto que en ocasiones pienso que le hago daño. Se retuerce sobre mi, se mueve con celeridad. Suda.
Me besa, la beso. Me acaricia, la acaricio. Gime y yo…. Finjo gemir.
Luego, cuando se ha fumado su Marlboro, se viste, me besa y se va.
Así, sábado tras sábado desde hace más de un año.
Yo me quedo en la cama, en el lado más oscuro, donde no hay lámpara en la mesita de noche.
Siempre pienso lo mismo.-”Esto tiene que acabar”.Pero no acaba.
Me levanto. Me dirijo al armario. Abro el primer cajón y saco la llave que abre la parte más estrecha de ese mismo armario.
Con mi virilidad más excitada que media hora antes abro la puerta lentamente.
Allí está ella, Vanesa, o Marta, o Isabel… que más da. Con su piel fría, rígida, ligera y con unos labios de carmín rojo pasión, que por mucho que los bese no pierden su color.
La tumbo sobre la cama. Inmóvil y fría parece mirarme.
La beso, no me besa. La acaricio, se queda inmóvil. Gimo de placer, ella ni siquiera puede fingir.
Ahora soy yo quien me fumo el Marlboro.
Cuando termino mi cigarrillo, tomo a Vanesa o Marta o quien haya sido aquella noche de la cintura y la devuelvo al armario donde durante una semana descansará bajo llave.
Y me vuelvo a preguntar – “¿Deberé escoger?”





