¿cuerpo? ¿alma?

En esta ocasión no le mostró ninguna paleta de colores, ningún abanico de tonalidades.
Sería blanco o negro.
Y lanzó su pregunta:
-¿Cuerpo o alma?
Se trataba de una elección excluyente. Difícil decisión.
Mientras pensaba la respuesta, escuchó su explicación:
- Tendrás lo que decidas, pero has de saber que uno será efímero, transitorio y fugaz.
Por el contrario, otro será eterno e inmortal. Infinito.
Hizo su elección.
Nunca más volvieron a verse.
Sin embargo, jamás dejaron de sentirse el uno al otro, ni sus almas a estar separadas.
transparente

No había sido un sueño en blanco y negro, ni en color, ni siquiera en los distintos matices de gris como los que acostumbraba a tener.
Había sido un sueño transparente. Rítmicamente lento. Cadencioso. En el que se introducía en cada estancia y penetraba en ellas, aparentemente iguales, sensiblemente distintas.
Suelos etéreos, por los que caminaba ingrávida.
Techos desvaídos, en los que se adivinaban gotas de lluvia que resbalaban por su pelo hasta llegar a sus pies desnudos.
Paredes líquidas y acuosas, que ella atravesaba adentrando su cuerpo como en cascadas de agua irisada.
Colores transparentemente difusos y limpios navegaban de una pared a otra en un flujo constante de motas de polvo en suspensión.
En cada habitación un aroma diferente, un sonido distinto al anterior, pero en todas ellas una sensación placentera, suave.
Paz. Sosiego. Serenidad. Armonía. Equilibrio.
Quiso empaparse de sueño, beber hasta el último rincón de su luz. Quiso lo irreal. Lo imaginario. Transitar por él.
Quiso a ese sueño.
la carta

En un aeropuerto cualquiera, un avión despega adentrándose en la espesa niebla.
Horas después, en otra ciudad, Julio se lleva la mano al bolsillo izquierdo de su americana, situado junto al corazón, y de allí extrae la última carta recibida unas semanas antes. Aunque la ha memorizado por haberla leído infinidad de veces, no le importa volver a hacerlo una vez más, mientras espera su turno en una larga fila ante la ventanilla del banco.
Unas palabras aparecen invisiblemente subrayadas: sorpresa… pronto… juntos… sorpresa… para siempre… muy pronto…
Y al final de la hoja, la elegante y espontánea firma de ella. Después de aquella carta, no ha vuelto a tener noticias. Semanas en blanco, sin correspondencia, nada más que aferrado a aquel trozo de papel que le confirma por fin sus planes de futuro con ella.
Un ruido sordo y unos gritos le distraen de sopetón del ensimismamiento de la espera. Tres personas han irrumpido en la sucursal y les gritan que se sitúen junto a la pared, mientras les apuntan con sus pistolas.
Julio hace ademán de ir a guardar lo que en ese momento es su más preciado tesoro. Se lleva la mano al bolsillo y en ese mismo instante nota como un fuego atraviesa su cuerpo. Antes de caer al suelo aún es capaz de sujetar firmemente entre sus dedos la carta, ahora cubierta de sangre.
Una fina lluvia empieza a bañar la ciudad, mientras un avión inicia la maniobra de aproximación al aeropuerto.
Unas palabras aparecen invisiblemente subrayadas: sorpresa… pronto… juntos… sorpresa… para siempre… muy pronto…
Y al final de la hoja, la elegante y espontánea firma de ella. Después de aquella carta, no ha vuelto a tener noticias. Semanas en blanco, sin correspondencia, nada más que aferrado a aquel trozo de papel que le confirma por fin sus planes de futuro con ella.
Un ruido sordo y unos gritos le distraen de sopetón del ensimismamiento de la espera. Tres personas han irrumpido en la sucursal y les gritan que se sitúen junto a la pared, mientras les apuntan con sus pistolas.
Julio hace ademán de ir a guardar lo que en ese momento es su más preciado tesoro. Se lleva la mano al bolsillo y en ese mismo instante nota como un fuego atraviesa su cuerpo. Antes de caer al suelo aún es capaz de sujetar firmemente entre sus dedos la carta, ahora cubierta de sangre.
Una fina lluvia empieza a bañar la ciudad, mientras un avión inicia la maniobra de aproximación al aeropuerto.
Señor Ratón

Vive desde hace varios años entre unos libros antiguos y pesados, libros de biblioteca, aprovechando la invisibilidad que le da su pequeño tamaño. Es de un color gris, casi azulado y usa unas gafas enormes que apoya sobre sus grandes orejas. Es un ratoncito tan peculiar que sólo usa un calcetín, el de su patita derecha. No sabemos de donde le viene esta costumbre, quizás el otro se le perdió entre las hojas de algún viejo libro.
Le gusta escribir cartas a mis niños. Tiene una letra pequeñita y menuda, claro, de ratón de biblioteca y firma dejando la huella de su manita sobre el papel.
Es tan despistado que hay mañanas en las que podríamos casi casi seguir sus pisadas, pero éstas siempre se esfuman antes de llegar a su hogar.
Y es que nuestro Señor Ratón empieza a tener algunos lapsus...
A veces deja el regalo, pero se olvida llevarse el diente. Por la mañana el peque se sorprende al encontrar ambas cosas bajo la almohada. Yo le digo que el ratón está ya muy mayor y tiene la cabeza un poco pa’llá, fíjate que ya trabajaba cuando mamá era pequeñaja… Y es que se le acumula el trabajo, porque tus dientes no le dan tregua y se han empeñado en desaparecer muy seguidos unos de otros.
Otra noche tuvo que volver varias veces. Estaba la noche muy avanzada y no conseguía infiltrarse en las líneas enemigas. Una y otra vez, el peque abría los ojos cuando intentaba colarse bajo su almohada. El Señor Ratón estaba empezando a perder la paciencia, porque veía que la noche se prolongaba y no había manera de conseguir su objetivo. Su pequeño ayudante de doce años tuvo que echarle una mano, porque el Señor Ratón se caía de sueño.
Aún le queda trabajo, pero cuando éste se acabe y el peque haya cambiado su último diente, nuestro pequeño ratón volverá a su biblioteca y como es muy friolero, dormirá bien abrigadito entre los viejos libros, de hojas amarilleadas y de vez en cuando, quizás escriba alguna carta a los niños para recordarles que aún sigue allí.
tras una mirada

Se quitó las gafas oscuras con un estudiado ademán y descubrió una mirada que traspasaba y desnudaba su mente. Así al menos lo pensaba Nuria mientras conducía de vuelta a casa, perturbada aún por los ojos de Ignacio.
Poco a poco fue descubriendo en ellos una mirada que él utilizaba a su antojo, según el día y la ocasión.
Hoy, lánguida y desabrigada. Y aquello enternecía a Nuria. En esos momentos deseaba cuidarle, arroparle, mimarle, convertirse en la sanadora de aquel alma atormentada que parecía vagar por los infiernos.
Mañana podía ser una mirada misteriosa, dueña de algún secreto, de algo oculto que parecía perseguirle y acosarle. Entonces ella se erigía en su salvadora, descubriendo y atajando el misterio que motivaba aquella mirada cambiante.
La imaginación de Nuria se desbordaba después de cada nuevo encuentro con él...
No le llevó demasiado tiempo descubrir el enigma que se ocultaba tras esos ojos de intrigante mirar.
Detrás de sus gafas de sol, su manera de vestir y sus ademanes, su título universitario y aquel don de su mirada, tan turbadora e intrigante, Ignacio se reveló como un auténtico y genuino ImbéciL.
Poco a poco fue descubriendo en ellos una mirada que él utilizaba a su antojo, según el día y la ocasión.
Hoy, lánguida y desabrigada. Y aquello enternecía a Nuria. En esos momentos deseaba cuidarle, arroparle, mimarle, convertirse en la sanadora de aquel alma atormentada que parecía vagar por los infiernos.
Mañana podía ser una mirada misteriosa, dueña de algún secreto, de algo oculto que parecía perseguirle y acosarle. Entonces ella se erigía en su salvadora, descubriendo y atajando el misterio que motivaba aquella mirada cambiante.
La imaginación de Nuria se desbordaba después de cada nuevo encuentro con él...
No le llevó demasiado tiempo descubrir el enigma que se ocultaba tras esos ojos de intrigante mirar.
Detrás de sus gafas de sol, su manera de vestir y sus ademanes, su título universitario y aquel don de su mirada, tan turbadora e intrigante, Ignacio se reveló como un auténtico y genuino ImbéciL.
borrando huellas

He estado borrando algunas de las huellas que fuí dejando por estos mundos perdidos.
Me ha costado trabajo, ha sido duro y tristón.
Por un lado he pensado "ahí va un trocito de tu vida... directo a la papelera..."
Por otro, me he sorprendido y regañado a mí misma, porque al tener que releer parte de esa vida mía me he dado cuenta de lo poco que he avanzado.
¡Y es que estoy casi en el mismo punto que hace más de un año!
Tengo que hacer algo, no puedo continuar así. No puedo dejar que las cosas me paralicen, hasta el punto de encontrarme agobiada casi por los mismos pensamientos, sensaciones y situaciones de hace meses.
Al menos conseguí borrar las huellas...
Me ha costado trabajo, ha sido duro y tristón.
Por un lado he pensado "ahí va un trocito de tu vida... directo a la papelera..."
Por otro, me he sorprendido y regañado a mí misma, porque al tener que releer parte de esa vida mía me he dado cuenta de lo poco que he avanzado.
¡Y es que estoy casi en el mismo punto que hace más de un año!
Tengo que hacer algo, no puedo continuar así. No puedo dejar que las cosas me paralicen, hasta el punto de encontrarme agobiada casi por los mismos pensamientos, sensaciones y situaciones de hace meses.
Al menos conseguí borrar las huellas...
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de luz y de sombra

Es inútil seguir aguardando, ni siquiera sé qué o a quién espero. Quizá estoy esperando a que algo cambie en mi vida, un resorte que me haga despertar, una chispa que encienda lo dormido, lo que día a día trato de ahogar dentro de mí.
Mis propias contradicciones me dictan lo inútil que es todo esto.
Las que me gritan adelante. Las que me obligan a parar.
Piensa. Deja de pensar.
Actúa. No hagas nada.
Toma las riendas. Déjate llevar.
Corre. Ve despacio.
Abre puertas. Ciérralas.
Ilusiónate.
No lo hagas.
Sufrirás.
tardes antiguas

Tardes antiguas y soleadas, de relojes parados y caminar lento y pausado.
La tarde se hace vieja en las manos, se colorea de blanco y de negro, de matices grisáceos. Los tonos se apagan y apenas se oyen sus suaves murmullos.
Tardes que ahogan sus pasos bajo alamedas, baile de dedos y de miradas, temblor de caricias.
Sé a qué huelen esas tardes. Y a qué saben.
Recuerdo de tardes aún por estrenar, cuando entonces no sabía que el tiempo pudiera volverse antiguo en la memoria.
La tarde se hace vieja en las manos, se colorea de blanco y de negro, de matices grisáceos. Los tonos se apagan y apenas se oyen sus suaves murmullos.
Tardes que ahogan sus pasos bajo alamedas, baile de dedos y de miradas, temblor de caricias.
Sé a qué huelen esas tardes. Y a qué saben.
Recuerdo de tardes aún por estrenar, cuando entonces no sabía que el tiempo pudiera volverse antiguo en la memoria.
dentro del laberinto

Con las letras reposadas y las situaciones algo más digeridas, me doy cuenta que no se qué es más difícil, si decidir marchar o regresar. Creo que es más complejo esto último.
Desaparecer es más fácil. Lo sé de buena tinta porque a la gente de mi alrededor le encanta desaparecer ante mis ojos.
Te ciñes a las circunstancias que te rodean, te amparas en cualquier excusa, que puede ser absurda o no, pero que a ti te sirve muy bien para alejarte de lugares o personas.
Aprovechas un bajón, una ‘mala tarde’, el desánimo, la insatisfacción o un cúmulo de todas ellas.
Dejas de llamar, de escribir, te inhibes de todo y de todos...
¡Et voilá! ¡Ya no estás, desapareciste de la faz de la tierra!
¡Y sólo era eso!
Es tan fácil esfumarse en este mundo de locos, sin dejar huella, sin importar qué dejas tras de ti.
Y el que venga detrás que apechugue, que arreé…
Pero para volver hay que ser valiente. Puedes volver con las orejas gachas o con una rotunda sonrisa en la cara. Se puede regresar con el alma encogida por mil naufragios o exultante de alegría y felicidad. Con cientos de excusas en los bolsillos por si falla la primera y no convences. Puedes tener mil anécdotas guardadas en la chistera para contar a tus conocidos o volver con una hoja de papel en blanco y vacía.
No tengo anécdotas y sí razones. No vuelvo encogida ni exultante. Tengo sonrisas y también alguna lágrima cercana. Pero he decidido desafiar y plantar cara a lo que un día me dio tanto miedo seguir, a lo que no me dejaba escribir.
Y si alguien se pregunta dónde he estado todo este tiempo, mi respuesta es que aún permanezco dentro del laberinto.
Desaparecer es más fácil. Lo sé de buena tinta porque a la gente de mi alrededor le encanta desaparecer ante mis ojos.
Te ciñes a las circunstancias que te rodean, te amparas en cualquier excusa, que puede ser absurda o no, pero que a ti te sirve muy bien para alejarte de lugares o personas.
Aprovechas un bajón, una ‘mala tarde’, el desánimo, la insatisfacción o un cúmulo de todas ellas.
Dejas de llamar, de escribir, te inhibes de todo y de todos...
¡Et voilá! ¡Ya no estás, desapareciste de la faz de la tierra!
¡Y sólo era eso!
Es tan fácil esfumarse en este mundo de locos, sin dejar huella, sin importar qué dejas tras de ti.
Y el que venga detrás que apechugue, que arreé…
Pero para volver hay que ser valiente. Puedes volver con las orejas gachas o con una rotunda sonrisa en la cara. Se puede regresar con el alma encogida por mil naufragios o exultante de alegría y felicidad. Con cientos de excusas en los bolsillos por si falla la primera y no convences. Puedes tener mil anécdotas guardadas en la chistera para contar a tus conocidos o volver con una hoja de papel en blanco y vacía.
No tengo anécdotas y sí razones. No vuelvo encogida ni exultante. Tengo sonrisas y también alguna lágrima cercana. Pero he decidido desafiar y plantar cara a lo que un día me dio tanto miedo seguir, a lo que no me dejaba escribir.
Y si alguien se pregunta dónde he estado todo este tiempo, mi respuesta es que aún permanezco dentro del laberinto.







