UNA TARDE DE SOL
Que pena no ser ave de paso, ni derrota de carta marina.
Que dulce ser trapo blanco henchido al viento del velero que alegre se encabrita.
Que lento ser cipres viviendo erguido al cielo y saber que todo en este mundo necesita su tiempo.
Que pena no ser ave de paso ni proa que acuchilla siete mares.
O relumbre del zarcillo de bella muchacha que descalza baila por los parques.
Busco el ruido de las plazas. Busco en las calles de ciudades que ya no conozco.
Busco el aroma de mujeres que pasan a sus cosas, a su lucha, a la tarea que les toca.
Guardo una tarde de sol por si hace falta, ese es un tesoro que nadie podra arrebatarme.
Guardo la mirada risueña de alguna muchacha. Guardo en un bolsillo el color de la piel de una naranja
Mejor pluma del ala de un perro que pasar los dias esperando
ahumar el avispero de la mente, que se dispersen la desidia con sus sombras.
Te busco entre la gente de las plazas.
Te busco en las calles de ciudades que ya no recuerdas.
Te busco en el perfume de mujeres que pasan, en los silencios que crecen cuando ellas no hablan.
Te guardo una tarde de sol por si la quieres. Ese es un tesoro que nadie podra arrebatarte.
Te guardo una mirada risueña que nada pretende.
Te guardo en un bolsillo el calor de mi piel por si vinieses.
Manolo García. Una tarde de sol.
Album: Para que no se duerman mis sentidos
PARÍS
La noche era la despedida, aquel aroma a mar y humedad le recordaba que debía despedirse.
Nunca antes había imaginado que se marcharía a París, a la ciudad del amor para arreglar su corazón dolorido, magullado por las armas del amor.
Le dijo adios y no pudo dejar atrás aquel dolor agarrando su garganta, como si la desgarrara, pero ya no podía hacer otra cosa, más que no mirar atrás y con los ojos hinchados decidió cerrarlos.
El avión salió sin retraso, no se quitó las gafas de sol, fue un abrir y cerrar de ojos, un sueño en el que al aterrizar desapareció la imagen de aquella noche de despedida.
Allí estaba París, esperando.
Volvió su vista atrás, el Sena parecía calmar su vida, pero la imagen de aquella noche no la borraba París.
Pasó dos días llorando, aumentando el caudal del río, frente a Nôtre Damme, vigilando los barcos que paseaban repletos de enamorados, sólo con París.
Y así pasaron los días y pasaron los barcos, los paseos y las lágrimas en el Sena, y así pasó el tiempo.
Y se enamoró de París.
UN POCO DE MÚSICA