¿Agua del grifo? - No, gracias
En todo este tiempo que llevo bailando con 2x4, he vivido anécdotas de todo tipo. Algunas bastante divertidas y otras que no tanto. Una de la que no me olvidaré, imagino que por lo mal que lo pasé, fue cuando viajamos a Chile en octubre de 2003.
Nos alojaron en un pequeño hotel con no muchas comodidades.
La primera noche que estuvimos allí, la del viernes, cuando llegamos a la habitación después de la fiesta, recuerdo que se nos había terminado el agua embotellada y no había ningún lugar donde poder comprar más a esas horas. Tenía mucha sed, así que sin pensarlo dos veces, como si estuviera en la habitación de cualquier ciudad de España, bebí un poquito de agua del grifo del baño y tranquilamente me fui a dormir.
Por la mañana, alrededor de las siete me desperté con una gran angustia y totalmente indispuesta. Me encontraba fatal. Al principio no quise decir nada para no preocupar a los demás. Pero me fue inevitable. Cualquier cosa que tomara, aunque fuese sólo líquido, lo devolvía. Pero lo peor de todo es que por la noche tenía que bailar una de las coreografías y tenía que ensayar durante el día.
Uno de los organizadores del evento fue a comprar medicación, pero no bastó para frenarme los vomitos y la sensación de malestar. Además en pocas horas comenzó a subirme la fiebre.
Después de comer, tuve que ir a la habitación y quedarme allí en la cama. En cuanto a la actuación, esa noche tuvieron que bailar los chicos del ballet una coreo que hacen ellos solos y que iban a bailarla el domingo.
Sobre las ocho de la tarde, mi director me acompañó a un centro médico. Era una especie de ambulatorio donde también se atendían urgencias, pero todo muy precario. A mí la verdad es que el lugar no me dio mucha confianza. Después de estar esperando más de una hora, me atendió un médico que me solucionó muy poco. Pues me dijo que tendría que esperar un par de horas más hasta que hubiera una camilla libre para mí. Así que bueno, Silvio no podía esperar tanto rato porque él tenía que bailar y yo sola no pensaba quedarme, de modo que volvimos al hotel.
Ya allí, recordé que cuando empecé a viajar, mi padre me hizo un seguro médico que me cubría este tipo de casos en varios países extranjeros. Afortunadamente llevaba la tarjeta, así que llamé al número de teléfono y me informaron sobre lo que tenía que hacer y a qué hospital debía acudir. Naturalmente, nada que ver con el centro médico al que había ido antes. Ésta era una clínica privada en la que un amable doctor y una enfermera me atendieron muy bien. Estuve ingresada casi tres horas con goteros de suero y medicación y después de ese rato allí, ya encotrándome un poco mejor, volví a la solitaria habitación del hotel y estuve viendo un rato la tele mientras pensanba en lo bien que lo estarían pasando todos los demás. Hasta que me quedé dormida.
El domingo por la mañana me desperté más animada y, aunque no me encontraba todavía del todo bien, sí que pude ensayar y actuar por la noche.
En fin, de todo esto aprendí muy bien la lección. No he vuelto a beber agua del grifo del aseo en hoteles fuera de España.
Nos alojaron en un pequeño hotel con no muchas comodidades.
La primera noche que estuvimos allí, la del viernes, cuando llegamos a la habitación después de la fiesta, recuerdo que se nos había terminado el agua embotellada y no había ningún lugar donde poder comprar más a esas horas. Tenía mucha sed, así que sin pensarlo dos veces, como si estuviera en la habitación de cualquier ciudad de España, bebí un poquito de agua del grifo del baño y tranquilamente me fui a dormir.
Por la mañana, alrededor de las siete me desperté con una gran angustia y totalmente indispuesta. Me encontraba fatal. Al principio no quise decir nada para no preocupar a los demás. Pero me fue inevitable. Cualquier cosa que tomara, aunque fuese sólo líquido, lo devolvía. Pero lo peor de todo es que por la noche tenía que bailar una de las coreografías y tenía que ensayar durante el día.
Uno de los organizadores del evento fue a comprar medicación, pero no bastó para frenarme los vomitos y la sensación de malestar. Además en pocas horas comenzó a subirme la fiebre.
Después de comer, tuve que ir a la habitación y quedarme allí en la cama. En cuanto a la actuación, esa noche tuvieron que bailar los chicos del ballet una coreo que hacen ellos solos y que iban a bailarla el domingo.
Sobre las ocho de la tarde, mi director me acompañó a un centro médico. Era una especie de ambulatorio donde también se atendían urgencias, pero todo muy precario. A mí la verdad es que el lugar no me dio mucha confianza. Después de estar esperando más de una hora, me atendió un médico que me solucionó muy poco. Pues me dijo que tendría que esperar un par de horas más hasta que hubiera una camilla libre para mí. Así que bueno, Silvio no podía esperar tanto rato porque él tenía que bailar y yo sola no pensaba quedarme, de modo que volvimos al hotel.
Ya allí, recordé que cuando empecé a viajar, mi padre me hizo un seguro médico que me cubría este tipo de casos en varios países extranjeros. Afortunadamente llevaba la tarjeta, así que llamé al número de teléfono y me informaron sobre lo que tenía que hacer y a qué hospital debía acudir. Naturalmente, nada que ver con el centro médico al que había ido antes. Ésta era una clínica privada en la que un amable doctor y una enfermera me atendieron muy bien. Estuve ingresada casi tres horas con goteros de suero y medicación y después de ese rato allí, ya encotrándome un poco mejor, volví a la solitaria habitación del hotel y estuve viendo un rato la tele mientras pensanba en lo bien que lo estarían pasando todos los demás. Hasta que me quedé dormida.
El domingo por la mañana me desperté más animada y, aunque no me encontraba todavía del todo bien, sí que pude ensayar y actuar por la noche.
En fin, de todo esto aprendí muy bien la lección. No he vuelto a beber agua del grifo del aseo en hoteles fuera de España.





