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Objeto prodigioso, el libro
Objeto prodigioso, el libro
Por Norberto Firpo
Para LA NACION



La palabra libro (del latín liber, libri) admite dos definiciones. Por su apariencia física, en tanto objeto, es un amasijo de papeles apilados, cosidos o engomados entre sí por uno de sus bordes y, generalmente, abrazados por una lámina de cartón liviano, que oficia de cubierta protectora. Como en la marinería de alcurnia, hay cubiertas de lujo, solapadas. El volumen deja de ser un cuaderno cualunque si pesa un cuarto de kilo o más, si se descuajeringa por maltrato o si, puesto debajo de la pata de una mesa, sirve para nivelar las otras patas. Antepasados del libro fueron los rollos prehistóricos, como los del Mar Muerto, y los códices, unas tablillas de piedra, madera o metal sobre las que, en el medievo, monjes, filósofos y recaudadores de impuestos esculpían cuitas sagradas, frases célebres o nombres de contribuyentes morosos.

Con el papel, invento chino del siglo XIII, y con Gutenberg y su imprenta de tipos acomodaticios, a mediados del siglo XV, el libro ganó popularidad, se convirtió en activo difusor de buenas y malas ideas y dio origen a oficios tales como el de fabricante de celulosa, escribidor, traductor y librero. De hecho, también contribuyó a que se propagara una especie de pulga, la carcoma, cuya adicción a las bibliotecas supera a la de cualquier otra criatura viviente. Desde una perspectiva intelectual, todo libro es una portentosa aglomeración de palabras, no siempre bien hilvanadas, aunque dispuestas con intención de que el lector aquilate conocimientos, obtenga placer o pase el rato sin molestar a nadie.

La condición de lector es relativamente nueva en la historia de la humanidad, y como obliga a transitar una verdadera marabunta tipográfica, a movilizar neuronas, a aguzar el raciocinio, el ser humano se adapta mejor a la condición de televidente.

El libro, en fin, prohijó el desarrollo de la literatura, una materia tan díscola que deriva en infinita variedad de géneros.

Volúmenes físicamente muy parecidos pueden albergar una romántica historia de pasiones desencontradas, pueden explicar cómo se extirpa una vesícula, pueden revelar qué extraños propósitos perseguían los clientes de la jabonería de Vieytes, pueden aproximar sabios consejos a, por ejemplo, chicas de Capricornio que dudan entre un pretendiente de Escorpio y otro de Tauro.

El fenómeno cultural que entraña tan abrumador cúmulo de letra impresa resulta por estos días fácilmente perceptible en la Feria del Libro de Buenos Aires, en un ámbito en el que se le rinde tanta veneración como a los toros campeones. Resulta conmovedor que así sea: no hay agente de civilización que sea más eficaz, no hay vehículo de inteligencia que circule más rápido.



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Lic. Rosa C. Báez Valdés,
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