Amistat.
Estación de Amistat, 8:57 de la mañana, el último tren de la línea cinco partió hace unos minutos y los bancos metálicos del andén dirección Torrent / Avenida del Cid están repletos de gente que leen el panfleto matutino, el gratuito, el periódico que sirve para ir entrando en materia. Un hombre parece no haber dormido bien esa noche y se recuesta sobre la pared dejando a un lado el periódico y unos metros más allá una mujer habla por teléfono con alguien sin mostrarse demasiado interesada en la conversación.
Una estrella invitada a los actos inexplicables
En el universo hay más de 500.000 estrellas. Nosotros sólo podemos ver 200.Algunas veces se produce una pequeño milagro
Y asistimos a la cataris de una de ellas
Entonces algo en el universo se apaga
Y todos morimos un poco más
En realidad no es un milagro
Sino un fenómeno físico
Pero los seres humanos (racionales) necesitamos este tipo de fenómenos para poder seguir mirando el cielo oscuro
(y no morir de pena)
Estrella Delta de Cefeo nunca supo astronomía
Estrella delta de Cefeo no quiere ser una estrella
Por eso se hace llamar Amanda y posa para revistas pornográficas
Estrella Delta de Cefeo sigue su estrella y huye
Estrella tiene una curiosa enfermedad,
una extraña carencia
(¿una suerte?)
(¿una desgracia?)
no tiene memoria.
A Estrella le pesan lo mismo las presencias que las ausencias
(Estrella)
Y sólo puede recordar su nombre
(Amanda)
Amanda ahora corre en una huida hacia el olvido
Estrella Delta de Cefeo no es capaz de olvidar su nombre
Estrella-Amanda piensa que un recuerdo pesa más que cualquier olvido
Por eso jamás sufre
Por eso jamás ama
Por eso jamás escribe
Estrella Delta de Cefeo es una estrella de neón
Estrella Delta de Cefeo es una niña que aprieta los ojos cuando puede y rechina los dientes hasta que la cara se le hincha como un globo...
(...y a pesar de eso)

no puede llorar
Y asistimos a la cataris de una de ellas
Entonces algo en el universo se apaga
Y todos morimos un poco más
En realidad no es un milagro
Sino un fenómeno físico
Pero los seres humanos (racionales) necesitamos este tipo de fenómenos para poder seguir mirando el cielo oscuro
(y no morir de pena)
Estrella Delta de Cefeo nunca supo astronomía
Estrella delta de Cefeo no quiere ser una estrella
Por eso se hace llamar Amanda y posa para revistas pornográficas
Estrella Delta de Cefeo sigue su estrella y huye
Estrella tiene una curiosa enfermedad,
una extraña carencia
(¿una suerte?)
(¿una desgracia?)
no tiene memoria.
A Estrella le pesan lo mismo las presencias que las ausencias
(Estrella)
Y sólo puede recordar su nombre
(Amanda)
Amanda ahora corre en una huida hacia el olvido
Estrella Delta de Cefeo no es capaz de olvidar su nombre
Estrella-Amanda piensa que un recuerdo pesa más que cualquier olvido
Por eso jamás sufre
Por eso jamás ama
Por eso jamás escribe
Estrella Delta de Cefeo es una estrella de neón
Estrella Delta de Cefeo es una niña que aprieta los ojos cuando puede y rechina los dientes hasta que la cara se le hincha como un globo...
(...y a pesar de eso)

no puede llorar
ANGUSTIAS
(O la merienda de los corazones en el hospital comarcal)
En la pantalla del televisor de la 256
(a monedas)
acaban de decir
(aunque me parece que ya lo había leído en el libro de lengua de C.O.U. cuando dimos la lección inaugural)
que los esquimales tienen una escala de 7 valores para clasificar las tonalidades de la nieve
yo he tenido que cerrar un momento los ojos
para inventar (al menos) un par de nombres que dar a los miles de objetos blancos que se empeñan en enterrarme,
en matarme de miedo en este hospital
mientras espero,
cuando no me pasa nada
(nada de nada, de eso estamos seguros los médicos y yo),
a que se merienden mi corazón.
Blanco en las paredes, blanco en las cortinas, blanca la cama, blancas las pastillas, blancas casi todas las pupilas
Y ¿por qué no?
blanco siento hasta el corazón
quizá porque tirita esperando que alguien se lo trague, y, por eso, parece que está helado
helado de corazón blanco
corazón de helado blanco
helado y blanco el corazón
y ni si quiera la huerta de la vega parece ya verde y anaranjada en la especie de cromo absurdo en que se ha convertido la ventana de este cuarto,
recortada por el marco blanco
que ya ni naranjos, ni sierra
que sólo deja ver el frío
y mi madre sentada en una silla
esperando que le diga algo, que le sonría una migaja
ignorando (seguramente) el blanco
y esperando, que me merienden el corazón
y, quizá, sorteando el frío y el blanco
para ver algo más por la ventana
y terminar, uno tras otro los inútiles pasatiempos del quiosco de abajo,
cerrar los ojos para encontrar la salida del laberinto
encontrarla
imaginar que es el camino directo a Lima o a México D.F.
y tener que callarla
para que no vengan,
(antes de tiempo)
a merendarse el corazón
mirar de soslayo (alternadamente) el reloj del móvil y los ojos distraídos de mi madre intentando adivinar
si ella también lo sabe
si también ella teme que den las cinco de la tarde
o,
si por el contrario,
lo espera ansiosa para pegarme un mordisquito
(ella también)
Desconfiar de todos y taparme con las sábanas hasta las cejas, pensando que así me protejo mejor el corazón
empezar a soñar en una habitación
repleta de órganos
en trepanar a todos mis amigos
moldear el estómago de Gabriel
y pensar si me los comeré algún día
y planear que los conservaré siempre en perfecto estado
y jurarme a mí misma que jamás emplearé tarritos de formol.
Y
cuando todo el sueño ha pasado, a las 16:50
retorcerme envuelta en blanco de nuevo,
y abrir los ojos para ver, con resignación
que ningún color ha cambiado
que mi madre, al parecer, ignoraba la cita
y cabecea sin soñar en nada
sentir que llega el momento
temer una vez más (como si sirviera de lago) las agujas
sonreír cínicamente
sintiendo la terrible certeza de que nunca nadie (dentro de 50 años) me susurrará cosas obscenas al oído cuando más lo necesite
como José (73) le hace ahora a Pilar García Hernández (año arriba año abajo) paciente B de la 256 planta de trauma-ginecología del hospital comarcal
a punto de morir (seguramente)
con las vías puestas en las muñecas
y aún con fuerzas para luchar contra los ronquidos de José que (todavía) la vela,
como si su insomnio la fuera a sobrevivir a ella
como si el blanco no tuviera nada que ver con su enfermedad o con aquella cama de hospital
como si no tuviera miedo a nada
y yo
que ya me rindo a las agujas
(¡¿quién me lo iba a decir a mí?!)
que alargo el brazo a las seis de la mañana
para que me las claven y me extraigan
más sangre de la que nadie necesita
cómo si sobrara
cómo si fuera un fluido anónimo, ignorante o inocente
cómo si cada gota no sintiera lo que sienten mis huesos
cómo si en esa porción de sangre no hubiera amor ni frío ni duda
sin embargo,
qué puede importar eso
la misma tarde en que te citan para comerse tu corazón
qué puede importar el dolor, el frío, la nada y el blanco a la hora de la merienda.
En la pantalla del televisor de la 256
(a monedas)
acaban de decir
(aunque me parece que ya lo había leído en el libro de lengua de C.O.U. cuando dimos la lección inaugural)
que los esquimales tienen una escala de 7 valores para clasificar las tonalidades de la nieve
yo he tenido que cerrar un momento los ojos
para inventar (al menos) un par de nombres que dar a los miles de objetos blancos que se empeñan en enterrarme,
en matarme de miedo en este hospital
mientras espero,
cuando no me pasa nada
(nada de nada, de eso estamos seguros los médicos y yo),
a que se merienden mi corazón.
Blanco en las paredes, blanco en las cortinas, blanca la cama, blancas las pastillas, blancas casi todas las pupilas
Y ¿por qué no?
blanco siento hasta el corazón
quizá porque tirita esperando que alguien se lo trague, y, por eso, parece que está helado
helado de corazón blanco
corazón de helado blanco
helado y blanco el corazón
y ni si quiera la huerta de la vega parece ya verde y anaranjada en la especie de cromo absurdo en que se ha convertido la ventana de este cuarto,
recortada por el marco blanco
que ya ni naranjos, ni sierra
que sólo deja ver el frío
y mi madre sentada en una silla
esperando que le diga algo, que le sonría una migaja
ignorando (seguramente) el blanco
y esperando, que me merienden el corazón
y, quizá, sorteando el frío y el blanco
para ver algo más por la ventana
y terminar, uno tras otro los inútiles pasatiempos del quiosco de abajo,
cerrar los ojos para encontrar la salida del laberinto
encontrarla
imaginar que es el camino directo a Lima o a México D.F.
y tener que callarla
para que no vengan,
(antes de tiempo)
a merendarse el corazón
mirar de soslayo (alternadamente) el reloj del móvil y los ojos distraídos de mi madre intentando adivinar
si ella también lo sabe
si también ella teme que den las cinco de la tarde
o,
si por el contrario,
lo espera ansiosa para pegarme un mordisquito
(ella también)
Desconfiar de todos y taparme con las sábanas hasta las cejas, pensando que así me protejo mejor el corazón
empezar a soñar en una habitación
repleta de órganos
en trepanar a todos mis amigos
moldear el estómago de Gabriel
y pensar si me los comeré algún día
y planear que los conservaré siempre en perfecto estado
y jurarme a mí misma que jamás emplearé tarritos de formol.
Y
cuando todo el sueño ha pasado, a las 16:50
retorcerme envuelta en blanco de nuevo,
y abrir los ojos para ver, con resignación
que ningún color ha cambiado
que mi madre, al parecer, ignoraba la cita
y cabecea sin soñar en nada
sentir que llega el momento
temer una vez más (como si sirviera de lago) las agujas
sonreír cínicamente
sintiendo la terrible certeza de que nunca nadie (dentro de 50 años) me susurrará cosas obscenas al oído cuando más lo necesite
como José (73) le hace ahora a Pilar García Hernández (año arriba año abajo) paciente B de la 256 planta de trauma-ginecología del hospital comarcal
a punto de morir (seguramente)
con las vías puestas en las muñecas
y aún con fuerzas para luchar contra los ronquidos de José que (todavía) la vela,
como si su insomnio la fuera a sobrevivir a ella
como si el blanco no tuviera nada que ver con su enfermedad o con aquella cama de hospital
como si no tuviera miedo a nada
y yo
que ya me rindo a las agujas
(¡¿quién me lo iba a decir a mí?!)
que alargo el brazo a las seis de la mañana
para que me las claven y me extraigan
más sangre de la que nadie necesita
cómo si sobrara
cómo si fuera un fluido anónimo, ignorante o inocente
cómo si cada gota no sintiera lo que sienten mis huesos
cómo si en esa porción de sangre no hubiera amor ni frío ni duda
sin embargo,
qué puede importar eso
la misma tarde en que te citan para comerse tu corazón
qué puede importar el dolor, el frío, la nada y el blanco a la hora de la merienda.





