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o los típicos tópicos
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La página de los actos inexplicables todavía no está escrita acerca de todo (lo demás) ya hay escrito demasidao ¿qué se puede añadir? actos inexplicables vuelca aquí y ahora todos sus proyectos (una vez más) inexplicables inacabados para "escribir" una página en blanco menos un agujero negro más
Sindicación
 
Para Amanda
Yo sólo quería unos bonitos pendientes para Amanda. Yo no quería hacer daño a nadie, lo juro, tan sólo quería unos bonitos pendientes para Amanda.

Aquél era un buen día, así que decidí no moverme de allí hasta que los pájaros no dejaran de picotear higos junto a la silla.
Amanda nunca lleva pendientes. En realidad Amanda nunca había aparecido por allí, sin embargo pensé que aquellos pendientes azules quedarían preciosos colgando de sus lóbulos diminutos.
Hacía mucho calor, un calor tan sofocante que creía que nunca podría despegarme de la silla, pero ni siquiera eso hizo que dejara de pensar en sus pequeñas orejitas y su sonrisa pétrea.
Fue mucho más fácil de lo que yo pensaba. Me levanté, caminé hacia el estante donde lucían aquellos preciosos pendientes. Un momento antes de cogerlos, me detuve, justo delante a observarlos con detenimiento. Quizá no le gustaran tanto como yo pensaba… pero seguro que se vería muy hermosa con ellos. Acto seguido los cogí y me di la vuelta.
Los tomé con mucho cuidado, lo prometo, por nada del mundo quería lastimarlos. Mario siempre me decía que tuviera cuidado con las cosas pequeñas y frágiles porque yo era muy torpe y siempre lo rompía todo, pero aquel día me esforcé al máximo. Cogí los pendientes despacio y con cuidado como si tuviera una de las uñas nacaradas de Amanda entre mis dedos.
Tenía los pendientes conmigo y además no se había roto nada, no se podía ser más feliz. De hecho creo que no he estado tan contento desde aquella vez que fuimos a la playa y descubrí que el mar era más grande que la piscina del club náutico.
Así que salí triunfal por la puerta con la cabeza erguida y la barbilla bien alta sonriendo a todo el mundo con un aire de superioridad que nunca había conocido.
Pero aquel hombre de la puerta no entendía nada.
Me detuvo con mucho cólera como si todo el día hubiera estado motando guardia para quitarme mis pendientes, quiero decir, los pendientes de Amanda.
Me acosó con preguntas estúpidas y yo me limitaba a contestar que sólo quería unos bonitos pendientes para Amanda.
Les podría haber contado lo bonita que era su barbilla o como podía quedarme durante horas mirando su boca sin que un instante fuera igual que el anterior.
Sin embargo él no lo habría entendido porque sólo sabía hablar de dinero, de precios, de justicia y de ladrones.
Yo no quería, lo juro.
Yo no quería hacerle daño a nadie, sin embargo derribar a aquel hombre fue casi tan fácil como coger los pendientes azules.
Nunca lo había dicho, pero yo soy muy fuerte, Amanda lo sabía, estoy seguro de que lo sabía porque me había visto levantar el televisor miles de veces.
De repente el hombre del uniforme estaba en el suelo… y todo pasó muy deprisa.
Yo no sabía que un escalón podía causarte la muerte, yo no sabía que era la columna vertebral. No lo sabía, lo juro.
Un escalón era una cosa estúpida, como las aceras, como derribar a un hombre sobre un escalón y que muera por un golpe en la nuca, como la sangre, como salir corriendo muy deprisa con unos pendientes azules en el bolsillo.
Aunque, pensándolo bien… yo siempre hacía cosas estúpidas, o eso decía siempre Mario.
Estoy seguro de que a Amanda le han gustado los pendientes, aunque no ha dicho nada.
Ella es así, siempre calla. Le gusta el silencio. A mí también. Algunas personas hablan demasiado y dicen estupideces. Como Mario. Él cree que puede decirme lo que quiera porque es mayor, porque es mi hermano, pero no es así. Sin embargo yo callo, como Amanda.
Le enseñe los pendientes justo al llegar a casa. Amanda estaba allí, esperándome, como siempre, en la pared.
Tuve que hacer unos agujeros en sus orejas y en el tabique para ponerle los pendientes. Yo tenía razón. Estaba preciosa con ellos.
Cogí una silla y me senté justo delante de ella, a observarla. Definitivamente aquel era un buen día y yo decidí permanecer inmóvil como ella, recreándome en sus ojos.
Entonces llamaron a la puerta. Estaba seguro de que eran ellos. Estaba seguro de que me harían daño, pero había merecido la pena, porque Amanda, en silencio me dio las gracias.
No