EXPERIENCIAS
Dedicado a mi hijo Adrián
Un motivo superior
Un chico rubio siempre a su lado. El vínculo entre ambos casi no se advierte, pero está ahí, silencioso, sereno, firme.
Diez, doce años, es la edad del juego eterno, de la despreocupación.
Sin embargo el chico rubio juega y ríe, pero está pendiente, disfruta, pero observa con detenimiento.
Algunas veces, durante la tibieza de un mediodía primaveral, pero muchas otras en las mañanas heladas del invierno, a las siete, ya en el punto de largada; o a la tarde, a pleno sol del verano, encaramado arriba de un árbol para divisarlo y alcanzarle un poco de agua.
También en la noche, en la llegada de aquellos primeros 100 kilómetros, en aquella carrera audaz, a través de una ruta negra y peligrosa, uniendo Gral. Rodríguez con San Vicente, en Buenos Aires, Argentina.
No hay siquiera una palabra de aliento, pero el chico rubio está a su lado.
Sean los que fueren, 10, 50 ó 100 kilómetros,... siempre el mismo ritual: precalentamiento, un abrazo, unas pocas palabras murmuradas al oído, un beso lleno de ternura y cariño... y suerte...
¿Qué motivación lleva a un ultramaratonista a seguir detrás de esos objetivos casi inalcanzables?...
Como saberlo, si son tan pocos los que lo logran. Se puede intuir, pero no experimentar.
Sin estridencias en este caso, hay una clara evidencia de "querer estar y permanecer por" (por alguien o por algo), más que el de aspirar a "ser".
Un deseo más grande de vencer la fuerza poderosa de ese enemigo invisible que nos dice "no" cuando debemos decir "si", que el de ganarle al oponente; vencer a ese "otro yo" que resuena constantemente como una doble campana en nuestro corazón y que tenemos que acallar anteponiéndole con humildad la voluntad..., el tesón..., la perseverancia.
Aquel que corre, sabe bien que a veces sólo bastan minutos para desanimar a cualquiera.
Es difícil definirlo. Se lucha contra un montón de circunstancias. Los mejores corredores llegan a abandonar un maratón poco antes de llegar a la meta..., porque una fuerza superior les dice "basta".
No se sabe si es el cuerpo que grita o la mente, o si son ambos, pero los auxilios no son suficientes en la mayoría de los casos.
En una prueba de Ultramaratón, hay que vencer adversarios tenaces que se agrandan a cada paso: fatiga..., calor..., frío..., sed..., hambre..., sueño..., tensión..., ansiedad..., depresión..., calambres..., náuseas..., etc.,...
Pero no obstante esto, el desafío fue aún mayor para ese año, algo que nunca se había hecho en Argentina: 24 horas en Pista al aire libre...
1° de Abril de 1989, 10 horas de una mañana soleada y agradable, Pista de Atletismo del Polideportivo de Vélez Sarsfield, en Buenos Aires, Argentina.
Una escena familiar: un ultramaratonista, precalentamiento, un chico rubio, un abrazo, un beso lleno de ternura y cariño..., y la largada.
Un desafío tremendo, en donde la mayoría de los que allí estaban, decían con miedo..." no sé..., quizás..., a lo mejor..., ojalá..., puede ser, pero...".
Pero el vínculo, permanecía firme. El chico rubio estaba allí.
Toda la noche alentando, con su corazón tierno esperando el final, haciendo fuerza para transmitir energía..., esperanza..., fe..., calma.
Sentado, corriendo, saltando o jugando, pero ahí, como siempre, lleno de vida nueva...
Y frente al cariño de un hijo..., no se puede fallar.
Esas pruebas de ultra distancia, se ganan con una gran preparación física..., con una gran capacidad mental..., con una salud de hierro..., y con una voluntad inquebrantable..., pero más aún con el amor de un chico rubio en el alma.
Nota
El 1 y 2 de Abril de 1989, Adalberto Maidana, recorrió 175 kilómetros, durante las 24 horas de permanencia en la Pista del Polideportivo del Club Atlético Vélez Sarsfield, siendo el primer argentino y el primer sudamericano que realizaba este tipo de pruebas de Ultramaratón en Pista al aire libre en Buenos Aires, Argentina, estableciendo en ese momento un record para su país y para Sudamérica. Ese fue el inicio de las pruebas de Ultramaratón en Pista al aire libre en Argentina.
Adalberto Maidana
(ultramaratonista)
Un motivo superior
Un chico rubio siempre a su lado. El vínculo entre ambos casi no se advierte, pero está ahí, silencioso, sereno, firme.
Diez, doce años, es la edad del juego eterno, de la despreocupación.
Sin embargo el chico rubio juega y ríe, pero está pendiente, disfruta, pero observa con detenimiento.
Algunas veces, durante la tibieza de un mediodía primaveral, pero muchas otras en las mañanas heladas del invierno, a las siete, ya en el punto de largada; o a la tarde, a pleno sol del verano, encaramado arriba de un árbol para divisarlo y alcanzarle un poco de agua.
También en la noche, en la llegada de aquellos primeros 100 kilómetros, en aquella carrera audaz, a través de una ruta negra y peligrosa, uniendo Gral. Rodríguez con San Vicente, en Buenos Aires, Argentina.
No hay siquiera una palabra de aliento, pero el chico rubio está a su lado.
Sean los que fueren, 10, 50 ó 100 kilómetros,... siempre el mismo ritual: precalentamiento, un abrazo, unas pocas palabras murmuradas al oído, un beso lleno de ternura y cariño... y suerte...
¿Qué motivación lleva a un ultramaratonista a seguir detrás de esos objetivos casi inalcanzables?...
Como saberlo, si son tan pocos los que lo logran. Se puede intuir, pero no experimentar.
Sin estridencias en este caso, hay una clara evidencia de "querer estar y permanecer por" (por alguien o por algo), más que el de aspirar a "ser".
Un deseo más grande de vencer la fuerza poderosa de ese enemigo invisible que nos dice "no" cuando debemos decir "si", que el de ganarle al oponente; vencer a ese "otro yo" que resuena constantemente como una doble campana en nuestro corazón y que tenemos que acallar anteponiéndole con humildad la voluntad..., el tesón..., la perseverancia.
Aquel que corre, sabe bien que a veces sólo bastan minutos para desanimar a cualquiera.
Es difícil definirlo. Se lucha contra un montón de circunstancias. Los mejores corredores llegan a abandonar un maratón poco antes de llegar a la meta..., porque una fuerza superior les dice "basta".
No se sabe si es el cuerpo que grita o la mente, o si son ambos, pero los auxilios no son suficientes en la mayoría de los casos.
En una prueba de Ultramaratón, hay que vencer adversarios tenaces que se agrandan a cada paso: fatiga..., calor..., frío..., sed..., hambre..., sueño..., tensión..., ansiedad..., depresión..., calambres..., náuseas..., etc.,...
Pero no obstante esto, el desafío fue aún mayor para ese año, algo que nunca se había hecho en Argentina: 24 horas en Pista al aire libre...
1° de Abril de 1989, 10 horas de una mañana soleada y agradable, Pista de Atletismo del Polideportivo de Vélez Sarsfield, en Buenos Aires, Argentina.
Una escena familiar: un ultramaratonista, precalentamiento, un chico rubio, un abrazo, un beso lleno de ternura y cariño..., y la largada.
Un desafío tremendo, en donde la mayoría de los que allí estaban, decían con miedo..." no sé..., quizás..., a lo mejor..., ojalá..., puede ser, pero...".
Pero el vínculo, permanecía firme. El chico rubio estaba allí.
Toda la noche alentando, con su corazón tierno esperando el final, haciendo fuerza para transmitir energía..., esperanza..., fe..., calma.
Sentado, corriendo, saltando o jugando, pero ahí, como siempre, lleno de vida nueva...
Y frente al cariño de un hijo..., no se puede fallar.
Esas pruebas de ultra distancia, se ganan con una gran preparación física..., con una gran capacidad mental..., con una salud de hierro..., y con una voluntad inquebrantable..., pero más aún con el amor de un chico rubio en el alma.
Nota
El 1 y 2 de Abril de 1989, Adalberto Maidana, recorrió 175 kilómetros, durante las 24 horas de permanencia en la Pista del Polideportivo del Club Atlético Vélez Sarsfield, siendo el primer argentino y el primer sudamericano que realizaba este tipo de pruebas de Ultramaratón en Pista al aire libre en Buenos Aires, Argentina, estableciendo en ese momento un record para su país y para Sudamérica. Ese fue el inicio de las pruebas de Ultramaratón en Pista al aire libre en Argentina.
Adalberto Maidana
(ultramaratonista)





