53 - ...QUE SON DOS DIAS...
Había estado allí otras veces en los últimos años, pero siempre con mi amigo Pet, acompañandonos mutuamente en alguna huida del tedio y la deseperación. Dicen que la costa de Cádiz tiene la facultad de regenerar el alma, supongo que por la luz, siempre la luz. El caso es que nunca había pisado aquellas calles empinadas y empedradas junto a L., y aquella parecía una buena ocasión, por más que el tiempo variable nos hubiera obligado a poner en cuarentena la idea de bañarnos en la playa. Y qué más daba: en aquella parte de La Janda la playa es sólo un accesorio más, y ni siquiera el más relevante.
Yo no estaba muy convencido acerca del viaje, sentía que tenía muchas cosas que hacer y que los días me estaban pasando en vano. Pero la verdad es que L. lo necesitaba en el alma, después de haber dejado a las niñas con su padre. Aunque la semana había sido espantosa para mí, reconozco que no había ni punto de comparación con su situación: al estrés que supone estar diariamente varias horas en el lado chungo de una ventanilla de atención al usuario se unía el aviso de que en dos semanas iba a venir un nuevo organismo a supervisarles y valorarles, lo que ha desencadenado un toque de alarma para ponerlo todo en orden e ir limpiando el polvo de debajo de las alfombras. Y todo eso en pleno inicio de curso, buscando un nuevo esquema para llevar y traer a la pequeña desde su colegio, visto el poco éxito que la búsqueda de una nueva muchacha había tenido en el último año. Y una madre convaleciente de una terrible operación a la que había que limpiar y cuidar cada día, al menos hasta que sus hermanos encuentren a alguien que asuma esas funciones. Más las tareas propias de una casa viva. No, definitivamente L. necesitaba poner kilómetros de por medio durante al menos unas horas, antes de encarar la siguiente semana.
El caso es que a los pocos minutos de pasear aquellas calles la presión empezaba a quedar atrás, cada vez más a medida que avanzaba la tarde. Una siesta prolongada, heredera de todo el cansancio acumulado de lunes a viernes, nos privó de ver la puesta de sol desde El Palmar, pero pudimos permanecer allí acompañando a los surferos en neopreno que intentaban sacarle el máximo partido a los últimos retazos de claridad.
A la mañana siguiente nos dirigimos a la que, tantos años después, sigue siendo mi ciudad favorita del mundo mundial. Una vez allí eché un vistazo a la prensa y la sección de inmobiliaria, para tantear precios. Definitivamente, había que ir diciendo adios a mi viejo sueño (¡otro más!) de hacerme algún día con un rinconcito de aquella peninsula con vista, siquiera lateral, a la bahía. Bueno, como visitante no se está mal. Parada a levante para tomar algo en un abarrotado club marítimo, entre los bloques y las cañas de pescar en posición de firmes. Parada a poniente para un café mientras allá abajo, en la playa, unos seres afortunados se remojaban sobre la arena. Definitvamente, esta parte del mundo consigue alejar los fantasmas que se le pegan a uno en esas larguísimas noches sin sueño.
De regreso a casa por la autopista, busco en la radio algo que me despierte del sopor que esas larguísimas rectas me provocan siempre...
52 - GIOTTO Y DANTE
"Jose, ¿por qué no te vienes a mi casa esta noche, que te quiero comentar una cosita?"
Antes de conocer a L., la única persona en el mundo que me llamaba Jose (así, con el acento en la "o") era T. Cuando veo a T. entiendo perfectamente eso de que los extremos se atraigan. Por suerte, nunca he tenido que compartir vivienda con él o en ese caso posiblemente nunca hubieramos mantenido esta amistad de dos décadas. Los amigos comunes que han probado la convivencia con T. me narran un perfil marcado por una permanente letargia con larguísimas estancias en la cama más allá de horarios regulares de comidas, a la vez que un entorno decorado con todo tipo de descubrimientos repartidos por la señorial casa paterna (de hecho, vive en una de las calles donde tiene lugar el mercadillo callejero sevillano conocido como "el jueves", de donde sacó la semana pasada una inverosimil guitarra flamenca en forma de ataud, con buena sonoridad) el juego continuado en la Playstation, un frigorífico que apenas contiene un yogur, probablemente caducado, y nunca más allá de 10 euros en la cartera. Y una hermosa compañera, eso sí.
Sus novias (con las que nunca ha estado menos de cinco o seis años, estamos ante una persona bastante fiel), todas ellas intercambiables físicamente salvo el color del pelo, han compartido con él esta extraña navegación por el tedio cotidiano, sólo interrumpidos por los ocasionales proyectos que a todos nos han entusiasmado alguna que otra vez.
Como aquella vez que quería montar una agencia de figurantes, clamando que era un negocio infalible, bastaba con fijarse en cualquier acontecimiento de los que aparecen en la tele, cuanta gente aparecía delante de las cámaras sin saberse muy bien a qué se dedicaban o qué hacían. "Toda esta gente no puede ser más que figurantes, en algún lado tendrán que buscarlos, y nosotros podemos estar ahí para venderle a la tele un montón de figurantes en buen estado". Supongo que si le hubieramos hecho caso entonces, ya seríamos dueños de Gran Hermano, pero prefiero no pensar en lo que pudo haber sido.
Otra idea fabulosa era montar en internet el negocio "La casa del zoofilico", donde podríamos poner a disposición de esta pobre gente todo tipo de reproducciones en PVC y latex de animales domésticos para sus apremiantes urgencias. En algún lugar de mi trastero debo tener el boceto que me hizo una vez de lo que iba a ser la creación estrella de la empresa, "Dirty Dolly", una ovejita muy apañada para según qué necesidades. Por no hablar de aquel proyecto de concurso televisivo, "Apadrine a un mangante" en el que las donaciones telefónicas de los espectadores revertían directamente en alguno de los ocho maleantes que competían entre sí por el favor del público, de manera que todos pudieramos visualizar la mejora que las donaciones iban causando en el aspecto del mangante que ocupase la pool position, ora un afeitado, ora un vestuario nuevo...
Cuando llego a su casa baja directamente a recibirme y en vez de entrar en su guarida (ha aprovechado un viejo almacén de su padre para construirse un loft al fondo de un frondoso patio sevillano) marchamos directamente hacia la conocida bodega de la Plaza de Montensión ("este sitio no ha cambiado nada desde que me traía mi abuelo hace treinta y cinco años") donde coincidimos con amigos comunes largo tiempo perdidos, lo que propicia que la conversación acabe enroscandose en torno a las vivencias de cada uno todo este tiempo.
Y aquí es donde T. muestra su excelencia. Aunque nunca ha tenido, y posiblemente no lo tendrá, algo remotamente parecido a un trabajo estable (fiel a su máxima de "vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos", aunque la falta de descendencia amenaza con hacer zozobrar tal plan) todos coincidimos en que T. es lo que por aquí llamamos "un artista". En el pleno sentido de la palabra, nada de mariconeos, esto no es ARCO. Y entre las diversas artes en las que mi colega ha recibido una dosis de talento, sin duda alguna la más relevante es la narrativa oral. Sin necesidad de guionistas ni de intercalar chistes en cada frase (por suerte, no estamos ante un aspirante al Club de la Comedia), consigue que cada relato sea una pequeña obra de arte. Lo más sorprendente del caso es que su forma de relatar hace que incluso los que hemos sido testigos del hecho narrado nos quedemos con su versión antes que con nuestra propia memoria. Más sorprendente aún es que nunca hemos consieguido pillarle una mentira, posiblemente porque no las necesita para esas historias que uno desearía grabar en el móvil para repetirselas a propios y extraños.
Así, tanto si se trata de aquella ocasión en la que un personaje legendario sevillano destrozó los estudios de una televisión local en la misma noche de su inauguración, provocando que aquella breve experiencia auidovisual sólo durase un día, como de su encuentro con una facción particularmente belicosa del ejercito venezolano en mitad de la selva a 300 kms de Caracas ("una carretera repleta a uno y otro lado de negros muy enfadados, entacados en coca hasta la colcha y con los cargadores repletos") o su negociación con un par de travestis en la Gran Vía de Madrid, todas transmitían el mismo gusto por disfrutar de la vida a manos llenas que, posiblemente, haga juego con mi abulia permanente, de ahí nuestro engarce.
Cuando finalmente nos alejamos del bar, dos horas y media después de lo previsto, y llegamos a su casa, me hace pasar a la habitación que le sirve de estudio, donde descubro lo que tomé originalmente por un monolito pero que resultan ser tres grandes paneles de cedro. "¿Y esto?" le digo. "Esto, mi amigo, es un trípico en potencia, mi Capilla Sixtina personal. Y quiero que tú me ayudes a hacerlo realidad. Tú vas a ser el Dante que guie a este Giotto"
Francamente, creía que ya me habían hecho todo tipo de propuestas, pero ésta consiguió dejarme sin respuesta...
Antes de conocer a L., la única persona en el mundo que me llamaba Jose (así, con el acento en la "o") era T. Cuando veo a T. entiendo perfectamente eso de que los extremos se atraigan. Por suerte, nunca he tenido que compartir vivienda con él o en ese caso posiblemente nunca hubieramos mantenido esta amistad de dos décadas. Los amigos comunes que han probado la convivencia con T. me narran un perfil marcado por una permanente letargia con larguísimas estancias en la cama más allá de horarios regulares de comidas, a la vez que un entorno decorado con todo tipo de descubrimientos repartidos por la señorial casa paterna (de hecho, vive en una de las calles donde tiene lugar el mercadillo callejero sevillano conocido como "el jueves", de donde sacó la semana pasada una inverosimil guitarra flamenca en forma de ataud, con buena sonoridad) el juego continuado en la Playstation, un frigorífico que apenas contiene un yogur, probablemente caducado, y nunca más allá de 10 euros en la cartera. Y una hermosa compañera, eso sí. Sus novias (con las que nunca ha estado menos de cinco o seis años, estamos ante una persona bastante fiel), todas ellas intercambiables físicamente salvo el color del pelo, han compartido con él esta extraña navegación por el tedio cotidiano, sólo interrumpidos por los ocasionales proyectos que a todos nos han entusiasmado alguna que otra vez.
Como aquella vez que quería montar una agencia de figurantes, clamando que era un negocio infalible, bastaba con fijarse en cualquier acontecimiento de los que aparecen en la tele, cuanta gente aparecía delante de las cámaras sin saberse muy bien a qué se dedicaban o qué hacían. "Toda esta gente no puede ser más que figurantes, en algún lado tendrán que buscarlos, y nosotros podemos estar ahí para venderle a la tele un montón de figurantes en buen estado". Supongo que si le hubieramos hecho caso entonces, ya seríamos dueños de Gran Hermano, pero prefiero no pensar en lo que pudo haber sido.
Otra idea fabulosa era montar en internet el negocio "La casa del zoofilico", donde podríamos poner a disposición de esta pobre gente todo tipo de reproducciones en PVC y latex de animales domésticos para sus apremiantes urgencias. En algún lugar de mi trastero debo tener el boceto que me hizo una vez de lo que iba a ser la creación estrella de la empresa, "Dirty Dolly", una ovejita muy apañada para según qué necesidades. Por no hablar de aquel proyecto de concurso televisivo, "Apadrine a un mangante" en el que las donaciones telefónicas de los espectadores revertían directamente en alguno de los ocho maleantes que competían entre sí por el favor del público, de manera que todos pudieramos visualizar la mejora que las donaciones iban causando en el aspecto del mangante que ocupase la pool position, ora un afeitado, ora un vestuario nuevo...
Cuando llego a su casa baja directamente a recibirme y en vez de entrar en su guarida (ha aprovechado un viejo almacén de su padre para construirse un loft al fondo de un frondoso patio sevillano) marchamos directamente hacia la conocida bodega de la Plaza de Montensión ("este sitio no ha cambiado nada desde que me traía mi abuelo hace treinta y cinco años") donde coincidimos con amigos comunes largo tiempo perdidos, lo que propicia que la conversación acabe enroscandose en torno a las vivencias de cada uno todo este tiempo.
Y aquí es donde T. muestra su excelencia. Aunque nunca ha tenido, y posiblemente no lo tendrá, algo remotamente parecido a un trabajo estable (fiel a su máxima de "vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos", aunque la falta de descendencia amenaza con hacer zozobrar tal plan) todos coincidimos en que T. es lo que por aquí llamamos "un artista". En el pleno sentido de la palabra, nada de mariconeos, esto no es ARCO. Y entre las diversas artes en las que mi colega ha recibido una dosis de talento, sin duda alguna la más relevante es la narrativa oral. Sin necesidad de guionistas ni de intercalar chistes en cada frase (por suerte, no estamos ante un aspirante al Club de la Comedia), consigue que cada relato sea una pequeña obra de arte. Lo más sorprendente del caso es que su forma de relatar hace que incluso los que hemos sido testigos del hecho narrado nos quedemos con su versión antes que con nuestra propia memoria. Más sorprendente aún es que nunca hemos consieguido pillarle una mentira, posiblemente porque no las necesita para esas historias que uno desearía grabar en el móvil para repetirselas a propios y extraños.
Así, tanto si se trata de aquella ocasión en la que un personaje legendario sevillano destrozó los estudios de una televisión local en la misma noche de su inauguración, provocando que aquella breve experiencia auidovisual sólo durase un día, como de su encuentro con una facción particularmente belicosa del ejercito venezolano en mitad de la selva a 300 kms de Caracas ("una carretera repleta a uno y otro lado de negros muy enfadados, entacados en coca hasta la colcha y con los cargadores repletos") o su negociación con un par de travestis en la Gran Vía de Madrid, todas transmitían el mismo gusto por disfrutar de la vida a manos llenas que, posiblemente, haga juego con mi abulia permanente, de ahí nuestro engarce.
Cuando finalmente nos alejamos del bar, dos horas y media después de lo previsto, y llegamos a su casa, me hace pasar a la habitación que le sirve de estudio, donde descubro lo que tomé originalmente por un monolito pero que resultan ser tres grandes paneles de cedro. "¿Y esto?" le digo. "Esto, mi amigo, es un trípico en potencia, mi Capilla Sixtina personal. Y quiero que tú me ayudes a hacerlo realidad. Tú vas a ser el Dante que guie a este Giotto"
Francamente, creía que ya me habían hecho todo tipo de propuestas, pero ésta consiguió dejarme sin respuesta...
51 - ANDALE
Hacer, hacer, hacer...mi mantra y mi guia. Buscarme cosas que hacer, llenar hasta el infinito y más allá la lista de cosas pendientes, tantas que no sepa cuando comienzo una y termino otra, y el destino que se encarga de proporcionarme más material (marrones, cacharros que se estropean, compromisos, historias...). Sólo así puedo conseguir que mi vida sea un triste tránsito y, lo que es más importante, estar tan atareado que ni me dé cuenta de ello. Y, sobre todo, no sentir. No hace falta sentir cuando se tiene tanto que hacer. Hacer...
Oído ayer en el bar, charla entre camareros mientras almorzaba una tapa en la barra : "Pues a mi hermana la llamábamos 'el vaso de agua', porque no se le negaba a nadie. Raro era el día que no se llevaba a alguien a su dormitorio, y si era hombre, mejor, aunque nunca le hacía ascos a nada, fuera humano o no"
Varios temas que podría tratar a fondo. Pero no lo haré:

Oído ayer en el bar, charla entre camareros mientras almorzaba una tapa en la barra : "Pues a mi hermana la llamábamos 'el vaso de agua', porque no se le negaba a nadie. Raro era el día que no se llevaba a alguien a su dormitorio, y si era hombre, mejor, aunque nunca le hacía ascos a nada, fuera humano o no"
Varios temas que podría tratar a fondo. Pero no lo haré:
- Hace dos noches subí un ratito al trastero a llevar unos papeles y, a fin de hacerle sitio, abrí algunas de las cajas que había allí. El pasado me absorbió durante casi tres horas: las pruebas de mi libro de 1986, los borradores de los dos fanzines en los que participé, cartas y postales de hace veinte años, recuerdos de aquellos años en los que me movía por el mundo: facturas de hoteles, billetes de avión, de metro, de tren, posavasos, bolsas de plástico, folletos y mapas, muchos mapas....Cuando se lo refería a L. por teléfono, notando la nostalgia que me daban aquellos días, me contestaba "yo no he viajado a ningún sitio, pero te juro que nunca he sido más feliz que ahora, no sé por qué echas de menos esos años". Y me siento incapaz de decirle que la felicidad sigue sin entrar en mi vocabulario.
- La cadena de despistes no se detiene. En el momento de cerrar el coche en la estación de cercanías me doy cuenta de que he dejado las llaves dentro. Rápido : tren a Sevilla, carrera hacia mi casa a por la segunda llave, un paso instantaneo por mi trabajo para comprobar que no hay nada extraordinario y puedo ausentarme un poco más, de nuevo en la estación para pillar el cercanías, justo antes de subir me doy cuenta de que me he dejado la llave de repuesto en el trabajo, repetimos el trayecto, por fin subo al maldito tren y llego a mi destino: el coche sigue ahí. Abro, rescato las llaves y vuelvo a subir en el cercanías, esta vez rumbo a casa, por segunda vez en pocas horas. Todo solucionado, me acerco a mi casa a pillar la moto. En el momento de ponerme el casco quedo empapado...el casco ha estado boca arriba mientras durante toda la noche no ha dejado de llover, y acabo de echarme por lo alto algunos litros. Se impone ir a mi piso a cambiarme. Increiblemente, a las 11 ya estaba reintegrado a la normalidad en mi puesto de trabajo...
- Por fin, un pretexto para la motivación: mi buen amigo C se ha visto obligado a dejar el blog donde ha estado escribiendo sus historias apócrifas del rock desde noviembre (enlace aquí al lado) y me he comprometido a montarle uno en serio para seguir con sus artículos. Así que me estoy empapando de wordpress y sus plugins, lo que supone hacerme con unos rudimentos de php, y buscando distintos alojamientos, comparando presupuestos. Eso supondrá, lógicamente, que el ritmo cansino de articulos de este tenderete será aún más lento. O tal vez no.
- "Qué hastío en la mirada" (H dixit). Y lo que tú no llegas a ver, amigo. Estar triste sin pretexto es un coñazo. Te quejas de todo pero en realidad no tienes nada de lo que quejarte. Ni siquiera algo a lo que hacer responsable de tus desgracias. Ni eso. Pero no termino de encontrarme.

50 - FAROLILLOS Y VOLTERETAS
La nube de polvo se adivina desde antes de llegar. Por suerte, no estamos en la Feria de Sevilla y aquí puedes dejar el coche, si no a pié de caseta, sí a pocos metros del Ratón Vacilón, y ojalá que a ninguna de sus pasajeras le dé por largar una vomitona, fruto de tantas vueltas con subida sobre bajada, sobre mi luneta, bastante castigada ya por estas falsas tormentas que sólo le dejan a uno barro en la chapa y los cristales.Así que, junto a L. y su hija pequeña, empiezo a pisar el polvo de las calles de la Feria, tan esperada por ellas desde hacía un año. Aunque, la verdad sea dicha, ninguno tenemos mucho cuerpo como para pasar aquí gran parte de la noche. Las insoportables noches de veintimuchos grados que llevamos soportando desde hace dos semanas (nunca me hubiera imaginado tal cosa a finales de agosto y primeros de septiembre) pasan ya factura. O quizás sea el precio de acompañar y servir de chofer hasta las cinco de la mañana de la noche anterior a unos cuantos amiguetes de los que, de tarde en tarde, bajan hasta la ciudad para hacer algunas compras, cerrar algún contrato y hacer el loco por la noche. Sea como sea, no creo que rondemos por aquí mucho más de dos horas.
Y, de hecho, casi todo el tiempo, en deferencia a la pequeña, lo pasamos asomandonos a las distintas atracciones, y admirándonos de que haya quien se deje 4 euros en ser zarandeado sin piedad en unas jaulas metálicas y pasar unos segundos boca abajo en unas estructuras metálicas del demonio. Mejor apartarnos porque a alguna de las victimas se le han caído las chanclas (Poca previsión por su parte, subir con calzado tan poco firme a esa máquina de dar volteretas) a pocos metros de donde estamos. Cerca de nosotros, los niños hacen cola para subir en los ponies, que deambulan vuelta tras vuelta hasta que son sustituídos por unos de refresco. Que no parecen estar más limpios que los que llevan ya varias horas, a juzgar por el hedor que sube, aunque a los peques no parece importarle, e incluso hay un conato de pelea entre dos padres que porfían por subir a sus respectivas hijas en un hermoso ejemplar blanco que, con la cabeza gacha, no se da por enterado.
Contenta ya la pequeña con su tanda de atracciones, nos internamos levemente en el Real, sin muchas ganas de recorrer todas sus calles y, de hecho, entramos (recurriendo al viejo truco de "voy a pasar un momento a ver si está mi primo") en una que se encuentra a pocos metros, aunque sólo sea para el simbólico y obligatorio rebujito. Mientras vemos pasar la fauna habitual por delante de la caseta (cámaras de TV local incluídas), un ligero estruendo nos informa de que los tres chavales de la orquesta (el teclista de rigor, hombre orquesta en sí y el único imprescindible, junto a un guitarrista bastante perdido y al cantante) ya han afinado y conectado los bártulos, así que es hora de que comienze el baile. Que resulta ser un chimpún espantoso, así que nos levantamos y huímos hacia las atracciones y, un poco más allá, el coche.
Misión cumplida. Ahora, que me dejen en paz hasta el próximo año...
49 - MOLDEADO DE CARACTER
¿Huh? Desde que llegué esta mañana con casi una hora de retraso a la oficina (a cuenta de la pelea que llevo manteniendo desde hace dos días con el nuevo router, que me tiene literalmente obsesionado: o termino configurandolo o me ahorco) los papeles no hacen más que desplegarse, inundar todos los rincones que quedaban libres en mi mesa nueva y a partir de ahí dedicarse a crecer en altura. ¿Quién dijo que esta nueva temporada iba a ser fácil?. Las perspectivas se ven complicadas por mi estado mental, dado que persisto en la misma falta de concentración de todo el año pasado.
Eso significa, más o menos, que empiezo a trabajar en algo y a los dos minutos me he distraído con el primer documento que se me cruza, y dos minutos más tarde he abandonado esta nueva tarea para intentar acometer otra que, como era de esperar, no ha tardado ni dos minutos en ser sustituída por otra que me parecía más urgente, hasta que en un plazo de media hora me encajo con dieciseís o más asuntos que intento simultanear. Con los resultados previsibles, por supuesto. Así que está claro que esta travesía del desierto que se extiende ante mí durante los próximos once meses va a ser igual de dura o peor. O consigo mejorar mi control mental o me veo recayendo en la misma frustración de siempre. Lo que supone un deterioro galopante en el estado de ánimo y muchas tensiones encubiertas. Que acaban por salir en medio de alguna reunión familiar, en la que me dedicaré a insultar y agredir a padres, hermanos, tíos, primos y alguna mascota que anduviera por la habitación en el dia de autos. Bueno, para eso soy el familiar más aborrecido, a ver por qué si no elegí el apodo que tengo en este blog.
Visto así mi futuro, creo que el encargo de L. que viene que ni pintado para, a la salida de la oficina, acercarme a la susodicha cadena, otrora clasificada como "Hard Discount", y buscar la Espuma Moldeadora de marras, necesaria para mantener los rizos en su sitio. Recorro una y otra vez el pasillo de arriba abajo, pero no acierto a encontrar los característicos botes amarillos. La cajera/reponedora me confirma que se acabaron hace algunos días. Aunque son las cuatro de la tarde y el peque me espera en casa de mis padres, decido jugarmela y acercarme (con la bici, ojo, que los 42ºc no me arredran) a otro Lidl que hay en la misma ronda más adelante. Me la juego y pierdo: allí tampoco saben nada de la espuma, agotada desde hace días. En ese momento, un instante de cordura me viene a la cabeza y decido acercarme a casa de mis padres a almorzar y recoger al peque. Aunque a estas alturas ninguna idea que no pase por tener el dichoso bote de espuma en mis manos es lo bastante buena. No es extraño, pues, que a los pocos minutos el enojo se me dispare una vez más y tenga que salir de casa de mis padres entre la retahila habitual de insultos y amenazas de muerte. Ah, la entrañable convivencia familiar. Dos días de morros y al tercero todo se habrá olvidado.
Pero lo que no me puedo permitir el lujo de olvidar es la bendita espuma moldeadora. Le explico al peque que esta tarde no vamos a pasarla viendo cartoons, y nos montamos en el automóvil directos al siguiente Lidl en la lista. Una pena, porque tenemos un Mercadona en la esquina.
Tres horas después, regreso al barrio, a tiempo de devolver al niño con su madre, pero sin rastro de la supercalifraglistica espuma moldeadora. Llegó el momento de hacerse unas preguntas: ¿Vivimos una crisis de abastecimiento? ¿Por qué la Vicepresidenta del Gobierno no ha dicho nada de esto? ¿Y la prensa? ¿Por qué se mantiene en silencio? ¿Es un complot para que nuestras mujeres vayan por ahí con los pelos de pincho? ¿Una sutil estrategia del terrorismo islamista para que todas se pasen al hiyad que cubra sus cabezas? ¿Soy la única persona que se ha dado cuenta? ¿La verdad está ahí fuera?
LLego a casa y repaso el móvil. Reparo en que sigue aún en el modo silencioso que puse justo antes de una reunión de trabajo esta mañana. Hay por ahí un mensaje de L., de hace unas nueve horas.
48 - ADIOS A TODO ESTO
Todo tiene su fin, esto no iba a ser menos. Todo está recogido y empaquetado. Cuando termine éstas palabras despertaré al niño, bajaremos a por el último desayuno y me voy pa'l aeropuerto...si Dios quiere, como decía uno cuando era chico.
Me asomo al balcón : seis dias, cinco noches. ¿Qué me queda?
- El mar desde mi balcón, viendo salir el sol cada día apareciendo desde el marítimo horizonte (allí en el sur lo normal es ver ponerse al sol sobre la mar, pero no verle emerger de ella)
- El gustazo de pasar de la piscina a la playa en un minuto
- Las dos medias botellas (porque en estos sitios tan fisnos no te sirven una copa durante el almuerzo o la cena, tiene que ser una botella) que me he hincado cada día, y que harán de mí un alcohólico sin remedio para cuando llegue a mi casa. Hics.
- El conducir por esas peazo avenidas de cinco y seis carriles en el mismo sentido.
- Los inquilinos del oceanográfico, qué pena no haber podido pasar más tiempo allí
- Descubrir en las prefacturas que los gastos iban por debajo de las previsiones.
- Las perspectivas de shopping brutal que se vislumbran en el centro de la ciudad, el día que vuelva acompañado por L.
- Las ganas de haber pasado una tarde en el jacuzzi y la piscina de chorros que hay bajo mi ventana
- Comprobar cómo es cierto que hay mujeres que, incluso en vacaciones, dejan todo el día a su hijo con la asistenta mientras ellas toman el sol, almuerzan y cenan junto con su madre (y, ocasionalmente, algún galante caballero que no es su marido). Igual no me corresponde a mí reprochar nada: bien sabe el cielo lo dificil que es mantener una relación entre separados que deben sincronizar sus respectivos períodos de disfrute de hijos con la débil esperanza de, al menos, lograr pasar menos de 24 horas a solas cada dos semanas. Pero nunca se me ocurriría delegar en otros permanentemente la alegría de pasar todo el tiempo posible con el niño: digo yo que tomar el sol o almorzar en el buffet no son actividades excluyentes para estar con menores. Tiemblo sólo de pensar cómo será la cosa cuando empieze el colegio y los mayores tengan que ir al trabajo. Aunque presiento que la ocupación de esta señora tendrá más que ver con hacerse las uñas y volver cargadita de bolsas de las boutiques de Serrano. Pero no desvariaré más: me enseñaron que "no juzgueís y no se os juzgará".
- El mercadillo nocturno de tenderetes en el Paseo Marítimo. Además, cuando ví pasar la silueta de un tranvía rumbo al puerto supe que era una señal del destino. Así que al día siguiente me acerqué a una librería del centro y compré "Tranvía a la Malvarrosa", que me leí enterito (es una novelita corta) antes de acabar el día. No sé, es como aquella vez que me perdí en Oxford y acabé frente a un célebre arco que servía de puente entre dos Colleges, entonces supe que tenía que meterme en la librería más próxima y buscar "Brideshead revisited", ya que había visto aquel mismo arco en el primer episodio de la serie. Reconozco que en los últimos veinte años he dejado de devorar libros y que me he centrado mucho en las revistas de música y escasos libros de cultura pop, pero de cuando en cuando me llegan señales que no es posible dejar de atender.
Lo dicho, llegó el momento de despertar al peque y en dos horas ya estaré dando mi última vuelta por esta ciudad. Hasta la próxima. Y a ver qué aprovechamos de los últimos coletassos del verano. De momento, mañana volveremos a estar reunidos todos. L, el peque, las niñas y menda, justo tres meses después de la última vez. Espero todo vaya bien.
Me asomo al balcón : seis dias, cinco noches. ¿Qué me queda?
- El mar desde mi balcón, viendo salir el sol cada día apareciendo desde el marítimo horizonte (allí en el sur lo normal es ver ponerse al sol sobre la mar, pero no verle emerger de ella)
- El gustazo de pasar de la piscina a la playa en un minuto
- Las dos medias botellas (porque en estos sitios tan fisnos no te sirven una copa durante el almuerzo o la cena, tiene que ser una botella) que me he hincado cada día, y que harán de mí un alcohólico sin remedio para cuando llegue a mi casa. Hics.
- El conducir por esas peazo avenidas de cinco y seis carriles en el mismo sentido.
- Los inquilinos del oceanográfico, qué pena no haber podido pasar más tiempo allí
- Descubrir en las prefacturas que los gastos iban por debajo de las previsiones.
- Las perspectivas de shopping brutal que se vislumbran en el centro de la ciudad, el día que vuelva acompañado por L.
- Las ganas de haber pasado una tarde en el jacuzzi y la piscina de chorros que hay bajo mi ventana
- Comprobar cómo es cierto que hay mujeres que, incluso en vacaciones, dejan todo el día a su hijo con la asistenta mientras ellas toman el sol, almuerzan y cenan junto con su madre (y, ocasionalmente, algún galante caballero que no es su marido). Igual no me corresponde a mí reprochar nada: bien sabe el cielo lo dificil que es mantener una relación entre separados que deben sincronizar sus respectivos períodos de disfrute de hijos con la débil esperanza de, al menos, lograr pasar menos de 24 horas a solas cada dos semanas. Pero nunca se me ocurriría delegar en otros permanentemente la alegría de pasar todo el tiempo posible con el niño: digo yo que tomar el sol o almorzar en el buffet no son actividades excluyentes para estar con menores. Tiemblo sólo de pensar cómo será la cosa cuando empieze el colegio y los mayores tengan que ir al trabajo. Aunque presiento que la ocupación de esta señora tendrá más que ver con hacerse las uñas y volver cargadita de bolsas de las boutiques de Serrano. Pero no desvariaré más: me enseñaron que "no juzgueís y no se os juzgará".
- El mercadillo nocturno de tenderetes en el Paseo Marítimo. Además, cuando ví pasar la silueta de un tranvía rumbo al puerto supe que era una señal del destino. Así que al día siguiente me acerqué a una librería del centro y compré "Tranvía a la Malvarrosa", que me leí enterito (es una novelita corta) antes de acabar el día. No sé, es como aquella vez que me perdí en Oxford y acabé frente a un célebre arco que servía de puente entre dos Colleges, entonces supe que tenía que meterme en la librería más próxima y buscar "Brideshead revisited", ya que había visto aquel mismo arco en el primer episodio de la serie. Reconozco que en los últimos veinte años he dejado de devorar libros y que me he centrado mucho en las revistas de música y escasos libros de cultura pop, pero de cuando en cuando me llegan señales que no es posible dejar de atender.
Lo dicho, llegó el momento de despertar al peque y en dos horas ya estaré dando mi última vuelta por esta ciudad. Hasta la próxima. Y a ver qué aprovechamos de los últimos coletassos del verano. De momento, mañana volveremos a estar reunidos todos. L, el peque, las niñas y menda, justo tres meses después de la última vez. Espero todo vaya bien.





