Leipzig
La noche se hizo música y movimiento.
La tortura personal y aceptada, sufrida con disciplina.
La misa en do menor de Mozart transmite la energía que sólo los no demasiado creyentes pueden poner en intentar halagar a dios por medio de los oídos de los hombres.
El ballet reinterpreta la música, añade belleza en cada movimiento, transmite fuerza y suavidad al propio tiempo, elegancia en pasos. Bailarinas transparentes que se deslizan sobre las puntas de los dedos, ingrávidas, elevadas sin esfuerzo.
Y, entre tanta gracilidad, unas notas en negro para contrastar. Cuatro acordes de piano y la interpretación de un instante que recoge pequeños secretos de nuestra vida, de lo que somos y de lo que queremos.
El momento mágico. Paró la música y tres parejas siguieron bailando al ritmo de sus propios cuerpos. El sonido de su respiración agitada por el esfuerzo fue música dentro de todos.
El final. Cansados, cambiados y desmaquillados, se sientan en el escenario desmontado pocos instantes antes. Todos juntos escuchamos el Agnus Dei de la misa en do menor. La fuerza de la música hace que todos dancemos sentados en nuestras butacas, mirándonos en el espejo de los que están sentados en el escenario.
Saliendo del Liceo siento que he presenciado algo hermoso e irrepetible. Repito los movimientos mecánicos acostumbrados. Enciendo un Marlboro.
Cuento para M
Erase una vez, hace unos pocos días, una niña que tenía un montón de muñecos de peluche de todas clases. Cuatro eran sus favoritos, un muñeco de aspecto indefinible llamado Pepe, un hipopótamo, al que, desde que lo recibió cuando tenía dos años llamaba hipotamoto, un oso polar blanco y suave como la nieve pero con un corazón enorme y calentito, y una tortuga con una barriga en la que guardar secretos.
Desde hace mucho tiempo, cada noche, la niña elegía uno o dos de estos muñecos para que durmieran con ella. Los tenía a su lado, los abrazaba y se daban calor. Durante muchos años, el resto de muñecos, en sus cestas de la estantería, comenzaba a protestar cuando se apagaba la luz. Todos querían dormir con la niña y no entendían de privilegios. Primero en voz baja y, poco a poco, elevando el tono de voz, terminaban organizando un griterío hasta que el papá de la niña encendía la luz del pasillo y los peluches, al percibir la claridad, enmudecían. La niña nunca se despertó, siguió durmiendo con quien quiso y los peluches, finalmente, aceptaron su postergada situación después de que, un día en que sus voces se elevaron más de la cuenta, papá les mandara callar bajo la amenza de mandarlos a dormir al balcón. Era una noche de invierno, heladora. Las gotas de lluvia golpeteaban en el cristal. La niña siguió soñando, con la respiración pausada, abrazada a sus favoritos.
Desde aquel día, cada uno de los muñecos aceptó su posición en el escalafón de cariño de la niña. Unos dormían con ella, algunos otros compartían sus juegos y algunos, los más desafortunados, pasaban su tiempo en la estantería acumulando polvo y esperando.
Años después, en la mañana clara de un día de principio de verano, uno de esos días en que parece que el cielo y el mar están por estrenar, cuando los muñecos se despertaron y comenzaron a cuchichear entre ellos mientras en la casa desayunaban, notaron que faltaba el oso polar. Al principio no le dieron importancia. A veces, la niña llevaba alguno de sus muñecos a la cocina o a ver los dibujos en la tele. Fue pasando el día y ni la niña ni el oso aparecían por el cuarto. Llegó la noche y la cama quedó vacía. El oso polar tampoco había regresado.
Cuando en la casa, ya de noche, se apagaron todas las luces, la inquietud recorrió la estantería. Allí estaban los de siempre y también Pepe, hipotamoto y la tortuga, amontonados con los demás. Los muñecos abandonados se preguntaban qué había sucedido. Todos los comentarios se dirigieron a Pepe, el más antiguo, el que había estado con la niña desde que ésta era un bebé tan pequeño que cabía en una canastilla de mimbre. Pero Pepe tampoco entendía lo que pasaba. La noche fue pasando y la discusión se prolongó hasta el amanecer. Solo tenían dudas y preguntas que nadie sabía responder. La niña no aparecía. El oso polar tampoco.
Durante el día los muñecos intentaron permanecer tranquilos y en silencio en la estantería. Todo en la casa parecía normal. Oían los ruiditos de Pitusa, el hamster que vive en la estantería de abajo. Escuchaban la música en la sala y el ruido de la aspiradora por las mañanas. Pero volvía a llegar la noche y ni la niña ni el oso aparecían.
Pasaron más días calurosos, más noches de inquietud. Nadie podía explicarse lo ocurrido. Finalmente, los muñecos, que, aunque tienen un gran corazón en su interior, son de poco seso, se fueron acostumbrando a la nueva situación. Algún día, la hermana pequeña de la niña, siempre tan traviesa, trepaba hasta la cama y alargaba su bracito hasta la estantería, cogía un muñeco al azar y jugaba con él un rato hasta que se aburría y lo dejaba tirado en cualquier parte. Papá o mamá lo devolvían de nuevo al montón. Sólo con eso volvían a ser felices.
Les pareció que había pasado una eternidad, toda una vida, cuando vieron que la niña volvía a entrar en la habitación en brazos de su papá. Atardecía un día más, el más caluroso del verano. Papá dejó a la niña, que se hacía la dormida, sobre la cama. Cuando vieron que papá había salido de la habitación todos se asomaron desde la estantería para mirarla. Era su niña. Y, a su lado, el oso polar les guiñaba un ojo y les sacaba la lengua. Sin moverse, el mensaje fue pasando de un muñeco a otro, hasta el fondo de la caja donde reposaban, siempre en la oscuridad, los más olvidados. Ha vuelto por fín.
Los muñecos se callaron. Nadie se movía. La niña abrió los ojos y comenzó a recorrer su cuarto con la vista, a revisar que todo estaba en su sitio, tal como lo había dejado antes de irse de campamento. Suspiró feliz de estar por fín en su casa y se levantó. Salió del cuarto.
Anoche, M. me pidió que le contara un cuento inventado, arrebujada entre las sábanas. Carezco de imaginación, así que le conte la historia verdadera de lo que habían hecho los muñecos de su cuarto durante su semana en el campamento. Incluso A. se acercó a escucharme y se sentó en mis rodillas. Al final, las dos sonrieron y me dieron un beso. También los muñecos, unos desde la estantería y otros junto a M., en la cama, me miraron con una ligera sonrisa en sus bocas de trapo. Sólo uno se enfadó por que había descubierto su secreto. Lo oí protestar desde el fondo de la cesta, de donde no sale desde hace meses salvo para ir a la lavadora. Pero las niñas no se enteraron.
Se hizo la noche. A dormir.
En el balcón fumé un Marlboro. Los momentos de felicidad son muy escasos. Como piedras preciosas.
Altamente compatible
El lenguaje médico es tan complejo y delicado como el jurídico. Pertencen ambos a sectas extrañas, sectas cuyos miembros están convencidos de la absoluta necesidad de hablar en jergas propias que eliminen la capacidad de comprensión del resto de las personas que no han podido superar sus pruebas iniciáticas. Tan incomprensible para mi como el HTLM (es así como se escribe?), lenguas que permanecen vivas, que no cambian con el tiempo, inmutables, eternas.
La necesidad de exactitud y precisión de los términos, eterno debate inconcluso, no debería servir para justificar que las personas que se ven sometidas a los dictados de los sumos sacerdotes de estas dos religiones sin dios lean sus sentencias y diagnósticos, escuchen sus conminaciones, en idiomas incomprensibles. Ya no tenemos oráculos capaces de traducirnos la voluntad de los designios de los dioses después de revisar las tripas de un animal sacrificado.
Recojo el resultado de las pruebas.Decenas de fotografías de mi cerebro cortado en todos los sentidos posibles. Aprecio mis ojos, los diveros cortes de la masa encefálica, las líneas de los huesos de cráneo. Pero no veo ningún pensamiento, no aprecio ideas, no aparecen sentimientos que yo creía arraigados en el cerebelo. No ha salido la foto de mi alma.
Conclusión. Tumoración extraparenquimatosa que ocupa parcialmente la cisterna del ángulo pontocerebeloso izquierdo y que se proyecta discretamente hacia el interior del conducto auditivo interno. Altamente compatible con un schwanoma dependiente del nervio vestibular.
Traducción. Me tomo un cortado antes de abrir el sobre que encierra mi futuro. Subo a un taxi camino de la oficina y, bajando por Pau Claris, abro y leo. Después de más de media hora de angustia por haber perdido las ideas resulta que sigo teniéndolas, al menos algunas, las más ligeras. Sigo teniéndolas aunque no hayan salido en la foto. Tumor benigno con solución quirúrgica. Y que, cuando me abran, lo hagan con cuidado. Que no me corten ningún sentimiento. Que el bisturí no se lleve, con el tumor, alguna buena idea, o un recuerdo del pasado que merezca la pena conservar.
Apuro uno de los últimos Marlboros. Escucho a Caetano Veloso y la tumoración vibra con su música. Espero que no albergue en su interior la poca poesía de mis días.
RM
Acabo de salir del submarino.
La cita para la prueba médica era a las 7,30 horas. La sala estaba más que fría, helada. Apenas vestido, con una ligera bata desechable, slip y calcetines, me tumbo en el lanzatorpedos y me deslizan dentro del tubo de salida. Comienza el ruido. Cierro los ojos. A mi alrededor la máquina me rodea, apenas a cinco centímetros de los ojos. No puedo ni debo moverme.
El concierto de ruidos desafinados se sucede. Se para. Me sacan. Una nueva espera para calibrar el aparato. Después de vestirme, vuelvo a desnudarme. Sigue el concierto, desafinado, hasta que me zumban los dos oídos. Me sacan de nuevo y, cuando pienso que ya ha terminado todo, me inyectan el contraste en una vena del brazo derecho. Se supone que un nuevo fluído se está extendiendo por mi sistema circulatorio pero no noto nada. Otra vez adentro.
Comienzan los picores, aparecen por sorpresa, cambiando de lugar. Se acerca un estornudo. Lo detengo. Consigo no moverme.
Apenas cinco minutos más de cacofonía y todo termina.
Al salir busco con ansia un café. Enciendo un Marlboro después del primer sorbo.
La solución, el viernes.
En el aire
En ocasiones nos sorprenden los temores, que, sin saberlo, hemos interiorizado. El discurso racional que exteriorizamos y en el que creemos no se corresponde con la punzada de terror que nos alcanza en un instante. Estamos más desprevenidos y más desnudos de lo que pensamos.
Puente aéreo Madrid-Barcelona. Llego cuando se está cerrando el embarque y tengo que coger un asiento de enmedio. Entro en el avión y, afortunadamente, el pasajero de pasillo todavía no había llegado. Despliego el diario. A mi derecha, el de ventanilla comienza a adormilarse.
En pocos minutos llega el otro pasajero. El vuelo va completo. Guarda el equipaje de mano, se quita la americana y saca un libro. Ni tan siquiera lo miro. No suelo iniciar conversaciones en el avión.
Poco antes de despegar se anuncia por megafonía interna un pequño retraso. Parece que esta averiado el pasillo mecánico. Me remuevo en el asiento. No quiero llegar tarde a Barcelona, donde me espera el primer y , con toda probabilidad, último espectáculo de ballet de M.
Casi sin querer vuelvo la mirada a mi izquierda. Mi compañero de asiento lee un libro al revés. La portada está después de la última página. Está en la página 47 y esas son las hojas que quedan para el final. Apenas está comenzando la lectura del libro. Los caractéres son, inquívocamente, árabes.
Siento la misma intranquilidad instantánea que en momentos de turbulencias agitadas.
El trío de las Azores ha ganado la partida.
Sólo cuando me doy cuenta, al cabo de un minuto, de la irracionalidad que, sin nuestro permiso, nos han logrado grabar en el alma, vuelvo a la lectura sosegada de la prensa.
En Barcelona logré un taxi con autorización para fumar. Rara avis. Otro Marlboro.
Llegué a tiempo para ver a M. No irá al Bolshoi.
Vejez
Autobús urbano en Barcelona. Dos chicas jóvenes suben en la parada. Una de ellas lleva en volandas a una anciana, delgada, con la mirada perdida, que apenas tiene fuerza para arrastrar los pies. Otra mujer se levanta para dejarle el asiento. La sientan a la fuerza y las dos se colocan junto al asiento, la rodean para impedir que pueda levantarse.
La anciana emite gritos de desesperación. No comprende que es lo que sucede a su alrededor. El autobús arranca de nuevo. Los gritos se suceden. Las chicas intentan tranquilizarla tocándole la cara y hablándole con suavidad. El ruido del motor va amortiguando sus voces.
Los pasajeros la miran. Ella no lo sabe. No sabe lo que le sucede. No recuerda nada, sólo vive la angustia de no saber. Y grita. Escucha sus gritos y no puede entender que no le entienden.
Sólo se tranquiliza cuando levanta una mano y toca la cara de una de las chicas. Una caricia verdaderamente humana.
Me bajo del autobús en Urquinaona. Enciendo un Marlboro y pido un café. Como cada día.
pans sin compayns
Ayer cené bocadillo y cocacola. Cuando devoraba en el pans, mientras leía el periódico, llegó al local, casi vació, un nuevo cliente.
Se sentó en una mesa próxima. Sólo llevaba una cerveza. Encendió un cigarrillo y tosió. Tenía cavernas. Sonaban ecos purulentos entre sus estalagmitas pulmonares. Bebía a tragos lentos, saboreando, intentando que durase. Su delgadez era extrema y hacía resaltar el pelo blanco y descuidado y la barba, tambien canosa y rala.
Cuando terminé el bocata también encendí un Marlboro. Al menos yo no tosí. Durante un instante levanté los ojos. El otro cliente seguía apurando la cerveza y el pitillo. Solo. Yo lo veía de perfil y él tenía la mirada perdida en la pared, pendiente sólo del humo.
Al regresar al hotel pasé al lado de su casa. Una caja de cartón tamaño frigorífico familiar en el paso subterráneo de la Castellana, colocada junto a la pared, una más del conjunto de miniapartamentos situados en zona tan noble de Madrid.
Sobre su techo pasaban los descapotables a toda velocidad.
Cosas que me empujan
Hay muchas cosas que me empujan a plantearme abandonarte, querido Marlboro.
Hace pocos días estaba con mi hija pequeña, poco más de tres años, en el jardín. Mientras ella jugaba con la tierra, llenar y vaciar los cubos, yo leía sentado en un banco próximo. Encendí un cigarrillo.
A los pocos minutos me miró muy sonriente y dijo, muy seria, voy a fumar cuando sea alta como el cielo, cuando sea como tú.
En ese momento comprendí que yo era alto como el cielo, circunstancia de la que jamás había sido consciente. Y también entendí que tengo que dejarte lo antes posible. Que no quiero que invadas, nunca, a las personas que más quiero.
Primer fracaso
El día 27 de mayo no compré la última cajetilla. De momento no ha podido ser.
No tengo que obsesionarme. Estoy citado para el 21 para las pruebas y entonces ya se verá, aunque, al final, será inevitable. Malboro, sigues conmigo.
Necesitaría que M. me acompañara en el esfuerzo, que me diera cada noche unas gotas de cariño para aguantar el tirón. Sé que con ella a mi lado lo conseguiría.