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Adios al humo
Escritos de un adicto que quiere dejar de serlo.
Acerca de
Demasiados años fumando en el balcón, esperando nada, llenando mi vida de humo. Mi vida es humo. Se deshace...
Sindicación
 
Silencio
Sentir el ruido:
de tu voz
que no me habla,
lo que explican
tus calladas palabras.


 
La maleta

Hace ya unas semanas que un suceso inquietante ocupó las columnas laterales de las portadas de los diarios en Barcelona. Eran, creo, los primeros días del verano, o, tal vez, estaba terminando la primavera y comenzando el agobio. En la Barceloneta, una persona de identidad desconocida para la prensa -nunca se conoce la identidad de los testigos principales-, había descubierto una bolsa de deporte, abandonada en la arena o flotando en el agua a escasos metros del litoral. Casi nadie se hizo eco del asunto.

No llegó a saberse si el desconocido abrió la bolsa y vivió, como castigo de su codicia, la sorpresa de su horror, o si, como buen ciudadano, avisó a la policía tras realizar su hallazgo y fueron éstos los que, tras las reglamentarias precauciones, incluyeron en su sueldo el momento de angustia vivido al abrirla y descubrir que en su interior guardaba parte del cuerpo de una persona, al parecer cuidadosamente recortado para evitar cualquier posible identificación.

Durante algunos días la prensa especuló con el resultado de los análisis y la posible identificación, incluso con el instrumento utilizado para el macabro descuartizamiento. Pronto se supo que el pedazo pertenecía a una mujer madura, de unos cincuenta años. Pero las noticias cesaron. El silencio cayó sobre el cadáver cubriéndo. Fue su mortaja. Nada más se supo. No existían rasgos identificativos, ni cabeza, ni extremidades en las que buscar huellas, ni cicatrices o tatuajes. Al parecer, tan sólo el sexo determinado por el análisis genético.

Ahora nos enseñan la bolsa. La foto ha salido publicada en algún medio con la vana esperanza de que alguien pueda identificarla y aportar algún dato que conduzca a conocer el extremo de algún hilo del que comenzar a tirar. Un bolsa de deporte con rueditas y un mango extraíble para arrastrarla, la recuerdo azul en la foto, pero parece que es verde, impersonal, igual que otras miles fabricadas en China o Extremo Oriente y llegada a nuestras costas en container, arrastrada por los mercantes que nos inundan de productos baratos para saciar nuestras ansias de comprar más y a mejor precio. Una bolsa imposible de identificar.

Nadie recuerda nada o, al menos, nada aparece. Sigue el silencio. Las bolsas de viaje, que contienen los pedazos de nuestra vida que llevamos arrastrando de un lugar a otro, llevan, en este caso, los restos de la vida misma. Cuidadosamente envolvían lo que quedó de ella.

Tantos pedazos de vida sin que nadie sepa nada. Enciendo un Camel. Ayer no quedaba Marlboro en la máquina del bar.

 
Desde Madrid

Hoy me he vuelto a dormir. Empieza a preocuparme esta tendencia mía a perder el primer avión de la mañana.

Señal inequívoca de que debo cambiar de trabajo y olvidarme del puente aéreo.

Además, pierdo el primer café y el Marlboro, sin café, me sabe a tierra.

 
Soledad

Sentir el frío:
saber que estás aquí
y que, como cada día,
te diste la vuelta,
te quedaste dormida.

 
Peluquería

Me encantan los masajes la cabeza cuando me lavan el pelo. La suavidad de unos dedos recorriendo las ideas. No pensar. Escuchar historias sin importancia, que se olvidan de inmediato. Ver como queda el pasado tirado por el suelo. Y que lo barran. Y que se borre.

Y, al salir, tomarme un café despacito, con un Marlboro.

Pequeños vicios.

 
Recuerdas?

Hay recuerdos que nunca sabremos si han pasado realmente. Principios de los años ochenta. Dos pipiolos que acaban de estrenar los veintipocos y que no saben que están labrando una gran amistad gracias al ejército y sus desastres. Barcelona, quizás ya terminada la estancia en Galicia. El piso debía estar por el Ensanche. Hacía tanto calor y tanta humedad como solo puede haber en Barcelona, así que era verano. Recuerdo la vivienda oscura, aunque quizás sólo estuve de noche.

Por algún motivo que ya nunca sabremos tu padre decidió que ya estábamos preparados para iniciarnos en la noche. Con la experiencia del viejo policía nos condujo hasta el cabaret, Diagonal arriba. Le saludaron con el respeto que merece un maduro detective poseedor de demasiados secretos. Le conocían de tiempo atrás y él se limitó a mover la cabeza y pronunciar alguna frase que cayó de sus labios con la ceniza del pitillo. Nos dieron una buena mesa, la adecuada a la importancia del personaje.Tomamos juntos una copa viendo el espectáculo de lentejuelas, luces y voces desafinantes y no sé si pagó alguien. El espectáculo ya no es lo que era, nos dijo con el eterno ducados en la mano y con la sabiduría acumulada por el que conoció tiempos mejores. Transitaba ya los años sabiendo cual era el tiempo de su jubilación, sabiendo que el mundo de sus noches estaba terminado. Para él la vida empezaba a tener plazos fijos.

Ya gastábamos Marlboro. Nuestras noches estaban comenzando, habían comenzado ya y, ahora, ¿donde están?

 
Lila

El fórum, se lo decía el otro día a un amigo, consiste en lograr vender pisos de ciento cincuenta kilos al lado de La Mina. Con esta finalidad nos han preparado escenarios y charlas para acallar su mala conciencia y nos venden hipótesis y humo, utopías que olvidamos con el primer ataque de la sociedad de consumo, en el propio autobús que cojemos para volver a casa.

Pero algo le debo. La posibilidad de escuchar a Lila, de sentir su fuerza, de oir los juegos malabares que hace con su voz y su verdad.

M. se durmió en mis brazos y se perdió el concierto. Ni tan siquiera tuve ganas de fumar un Marlboro mientras la magia de Lila llenaba la jaima.

 
Demasiado tiempo, demasiadas cosas

Muchos días sin escribir. La vida se ha acelerado. Los días pasan como árboles desde la carretera, como los postes en las rectas interminables de Castilla, cuando el calor nos adormecía en el asiento de atrás. Intentaré ordenar las ideas y pasar, ya, a los hechos. O son sólo ideas?.

Comencemos por Bob Dylan. Llegamos pronto, sabiendo que, con las entradas agotadas, podría haber lío. La tranquilidad y la paciencia de un público añoso, con ganas de recuperar sueños imposibles, hizo que la paz se instalara en la plaza del pueblo.

Me encontré com maría. Hacía más de doce años que no nos veíamos. Apenas dos besos con el Marlboro. Otros dos después. La noche se iba cayendo. Dylan no salía. Cada vez más calor. Todo se puso oscuro. Se apagaron las luces, se ocultó el sol. Me caí. Me desmayé unos instantes. Gente alrededor, vista desde abajo, entre la negrura. Voces. A partir de la quinta canción pude comenzar a ver algo. Las primeras las escuché desde la enfermería.

Me despido de tí, maría. Hasta siempre. Te abandoné durante demasiado tiempo y ahora lo nuestro es imposible. Oí que, ese día, también tuviste otros encuentros con viejos amigos como yo. La enfermería no paró de trabajar.

De tí no me despediré, Bob Dylan. En cualquier concierto volveremos a encontrarnos.

Ni tan siquiera probé el Marlboro el resto de la noche.

El concierto se cerró. Terminó con decenas de pantallitas luminosas mirando al escenario. Son los mecheros de la era digital.

Seguimos fumando, pero ya no encendemos el bic.

 
Prisas

Prisas por llegar. Prisas por acabar. Prisas por salir. Prisas por ver. Prisas por escuchar. Prisas para escribir. Prisas para trabajar. Prisas para hablar. Prisas para vivir. Prisas.

Prisas por encender un Marlboro. Me quemo los dedos. Por prisas.