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Adios al humo
Escritos de un adicto que quiere dejar de serlo.
Acerca de
Demasiados años fumando en el balcón, esperando nada, llenando mi vida de humo. Mi vida es humo. Se deshace...
Sindicación
 
Vuelo
El día estaba oscuro, cubierto de nubes de plomo que dejaban caer el diluvio original. Llovió durante horas, queriendo vengarse del sol que nos había recibido el día anterior. Cuando finalmente encontré un taxi, entre la marabunta en que se había convertido el tráfico en Madrid, tuve que reunir mucho valor para pedirle que me llevara al puente aéreo.

Cada vez que vuelo mis pensamientos se dirigen al mismo punto del pasado, tan manoseado que a veces incluso dudo haberlo vivido. Regresaba de unas vacaciones en el corazón de África y, antes de la escala en Egipto, el avión se introdujo de frente en una monstruosa tormenta situada sobre Sudán que jugó con nosotros y nos convirtió en peonza horrorizada. Seguro que la mayor parte de los que viajan con frecuencia en avión han tenido sobresaltos semejantes, pero yo, desde entonces, no puedo evitarlo. Al sentarme, las manos comienzan a sudar, y, una vez en el interior, reviso las alas y el motor desde la ventanilla con precisión de estudiante de ingeniería, buscando grietas y minúsculas manchas de corrosión, me abrocho el cinturón, lo ajusto, asesino con la mirada a los imbéciles que siguen hablando con el móvil en la cabina de pasaje -ya estoy dentro del avión, tengo que cortar enseguida, llegaré en una hora- y daría hasta una mano por encender un pitillo, y eso que casi llevo un mes sin fumar.

Los días en que la tormenta se cierra y me toca volar los sudores comienzan ya en el taxi, camino del aeropuerto. Ese día llovía un océano en Madrid. El cielo era una sopa de nubes, una triste sinfonía de grises.



Fue llegar a la puerta de embarque y entrar. La mitad del pasaje ya estaba sentado. Casi no me dio tiempo a pensar antes de sentarme. Después, mientras se llenaban las plazas todavía libres, revisé las alas. Todo parecía en su sitio. La espera para despegar se hizo eterna, retrasos por el mal tiempo explicó una voz por megafonía que dijo ser el comandante:

-Ya lo pueden comprobar ustedes mismos, tenemos un retraso de casi una hora en la salida.

Intenté concentrarme en la lectura del periódico. Los dedos se manchaban con la tinta diluída por el sudor.

Pocos despues de despegar el avión se sumergió en el océano gris. Las nubes se despedazaban para dejar paso a la punta de flecha en la que viajábamos. Sujetaba el asiento con el peso del cuerpo y sentía cada turbulencia en el interior del estómago.

Treinta minutos después la voz de la sobrecargo anunció, con las conocidas palabras de siempre, que iniciábamos el descenso y que dentro de veinte minutos tomaríamos tierra en el aeropuerto de Barcelona, donde el cielo también estaba cubierto y seguía lloviendo. Iba a sobrevivir a otro vuelo.

Cuando salimos de las nubes miré por la ventanilla. El avión sobrevolaba una ciudad junto al mar, pero el perfil del puerto, los edificios que podían distinguirse, no pertenecían a Barcelona. Comencé a mirar hacia el resto de pasajeros y no percibí nada extraño. Nadie parecía alarmado, quien no dormitaba seguía tranquilo con su lectura u observaba relajado el panorama que se ofrecía desde las alturas.

Decidí no pensar. Tomamos tierra con cierta suavidad y respiré. Recogí el maletín mientras a mi alrededor todo el mundo conectaba sus móviles y agarraba su equipaje. Me desabroché el nudo de la corbata y salí a una terminal desconocida. Busqué las indicaciones de recogida de equipajes. Mi maleta salió por la cinta del vuelo 1546 del puente aéreo. Seguí las instrucciones hasta la parada de taxis. En la cola, las personas que habían compartido conmigo el vuelo hablaban por teléfono, encendían sus cigarrillos, conversaban entre ellos con total normalidad.

Cuando se acercó mi taxi ví que lo conducía una mujer de rostro agraciado y mirada simpática. Bajó para abrirme la portezuela trasera, metí la maleta y me dejé caer en el asiento trasero. La taxista me dedicó una sonrisa al tiempo que volvía la cabeza con una interrogación en su mirada.

- Lléveme a casa, por favor.


 
Amanecer
sobrevolando Madrid un día despejado.
Llegó el otoño al fin.
Todo nuevo después de la lluvia.

 
Pruebas
TAC, acceso a la puerta de las estrellas.
Tumbado, en una fría habitación de hospital, te situan con la cabeza próxima a un inmenso círculo metálico. Introducen un líquido por las venas, tras un ligero pinchazo. Te conminan a la inmovilidad. La camilla se mueve y la cabeza entra en el círculo mágico. En la parte interna, luces rojas, brillantes, giran con rapidez. Es mejor cerrar los ojos, olvidarte, sentir el fluído que se eleva desde el brazo, dejarse llevar. La camilla sufre repetidos espasmos y, en cada uno de ellos, el círculo, con sus luces, hace una imagen en corte del interior del cráneo. El calor, del gotero al brazo, se extiende por todo el cuerpo. Giros, luces, movimientos de camilla. Con los ojos cerrados adquiero la seguridad de despertar en otra dimensión, en otro lugar del espacio - tiempo. He atravesado los fluídos que nos separan de lo desconocido.
Cesa el ruido. Ya no hay luces cuando abro los ojos. No me esperan seres de otras civilizaciones a este lado de la vida. Me levanto y sigo en el hospital. Mi zumbido sigue en su lugar.

Sangre, la espera ha sido lo que más me ha desesperado. Jugaba a descubrir, de entre las personas que aguardaban juntas la llamada del vampiro, cual de ellas iba a sufrir el picotazo, quien iba a entrar solo a la extracción, a quien le tocaba, como a mí, vivir con la incertidumbre de conocer una parte importante de las miserias de su cuerpo cuando le entreguen los resultados. Luego es un minuto y la respuesta en unos días.

Radiografía de tórax, la más temida. Tantos años fumando en el balcón, y en tantos otros sitios. Tantos años pensando que, al final, me pasaría factura Philip Morris Products S.A. La última semana temiendo descubrir, por casualidad, males que hubiera preferido no conocer. Y no hay nada anormal. Inspiro y expiro aliviado.

Electrocardiograma, ya tranquilo. Mi corazón, pese al tiempo y sus desdichas, pese a los desamores y las pérdidas, pese a las depres y las alegrías, sigue aguantando el tipo. Tipo ocho. Todo bien.

Prácticamente listo para la trepanación.
Me regalo un pausa en la deshabituación.

 
Mascotas
Tantas veces hemos escuchado que las mascotas terminan por parecerse a sus dueños que estos días ni tan siquiera me ha llamado la atención que la vecina que tiene por tal a una oca (o un oco?) haya sufrido, en pocos meses, una profunda mutación.

Las caderas y el culo han ido aumentando su tamaño, redondeando su forma, incrementando su capacidad como depósito y acumulando la grasa necesaria para no pasar frío en los baños durante los periodos de invernada. La cabeza, cada vez más alejada del cuerpo por el estiramiento del cuello, forma el pico con una extraña elongación de nariz y labios. Las gafas cabalgan sobre él. Las orejas casi desaparecieron. Sus brazos tienden a plegarse como alas.

La oca la sigue incansable por todo el jardín. Impronta indeleble obliga.



Ahora estoy pendiente de comprobar la fecha en que comienzan a aparecer las plumas.

Esta bien, admitamos a la oca como animal de compañía.

 
Caída
Después de dos semanas, primera caída. La noche me devolvió escenas de Sam Mendes y por la mañana, al salir a por la prensa, no he podido evitar volver al marlboro con el primer café.

La primera calada, como siempre, ha sido desagradable, pero las conexiones neuronales se han ido restableciendo con rapidez y el acre aroma se ha ido instalando de nuevo en los receptores adecuados. Despúes de enceder unos cuantos con avidez, a media mañana he terminado tirando el paquete a medias a la papelera. Se acabó.

Ahora mismo mantengo el sabor amargo en la boca y la nariz.

Tengo que decidir si me resulta más importante quererme a mí que querer que me quieran los que quiero. Me tengo que querer más.

Adiós al humo. Sigue mi lucha.

 
Llovió

Meses sin llover en la ciudad. Las alcantarillas dejaban escapar la fetidez. Ayer, por fin, cayó algo de agua, pudieron formarse charcos, se arrastró hasta el mar la basura acumulada. Por la tarde llegaban las olas a la playa cargadas de bolsas de plástico, de objetos flotantes no identificados.

Años sin llorar se acumulan sobre mi alma. Necesito la lluvia para alejar la podredumbre. Pero no llega.

 
Cálculo
Mil más o menos. Si comencé a fumar en serio,cada día, a los diecisiete, cuando empecé en la facultad, y descontando los pocos meses que lo dejé en la anterior ocasión, habré fumado, aproximadamente, unos ciento noventa y siete mil cigarrillos.

Otro cálculo: habré conseguido filtrar por los pulmones casi un kilo de alquitrán. Y aun respiro.

No voy a hacer propaganda negativa. Ahora mismo me fumaría un cigarrito. Pero creo que ya he fumado demasiado.

 
Tristeza
No obecede a un propósito. NI siquiera me estaba dando cuenta. Pero me está saliendo un blog triste. Será que no acaba de llegar el otoño,que sigue sin llover desde hace semanas, o que, cuando escucho mi cuerpo, solo me llegan dolores.

Tampoco se trata de disimular.

 
Lo sabíamos
Me propuse no escribir de determinados temas en exceso manoseados, pero hoy no me puedo resistir. Estos días se han producido noticias que revelan, una vez más, las enormes mentiras que, sabiendo que lo eran, intentaron hacernos creer los que pretendían vender que pasaban a la historia como grandes estadistas, vencedores de la amenza terrorista y portadores de la democracia por el planeta, y que, sin duda alguna, terminaron inscribiendo sus nombres en las páginas centrales de la Historia Universal de la Infamia y, de paso, contribuyendo a que algunos espabilados continuaran engrosando sus abultadas cuentas, en las que ya no cabe más dinero. (Aún no conocemos las comisiones a liquidar o ya liquidadas).

Fue nombrado para encontrarlas. Existían. Creánme ustedes.Pero ya no están.

Todos los sabíamos. Ellos también. Entonces, ¿para qué fueron?. Lo sabíamos ya entonces. Y ellos también.

Cerrado el tema y la disgresión. Disculpen las molestias por contarles lo que ya sabían.

 
Mi cigarrito
La experiencia de dejar de fumar es demasiado común. Yo mismo lo he conseguido unas ocho o diez veces, incluso durante varios meses. Me recuerdo fumando desde hace muchos años y cada noche lo dejaba hasta después del desayuno del día siguiente.

Los primeros días suelen ser gratificantes. Los pulmones se expanden, la nariz se libera, los olores reaparecen, las escaleras se hacen mas cortas. Y cada día es una victoria, un orgullo, una muesca en el camino del éxito.

Cuando ya crees que lo tienes superado y han pasado varias semanas, te sigue apeteciendo un cigarrito después del café o de una buena comida. Y si fumas uno estás perdido. Se recompone rápidamente una conexión neuronal apenas difuminada durante las semanas de abstinencia y el segundo te apetece mucho más.

Lo realmente duro es decidir no fumar nunca más en tu vida. Sobre todo por que no sabes si vas a vivir mucho.

Por eso sólo se que hoy no he fumado y que mañana espero no hacerlo. Me pondré el parche antes de meterme el café.

¿De verdad fumar es tan jodido?. Cuando se te escapa la tos por la noche, cuando duele la garganta al final del día, cuando te fumas otro sabiendo que ya no puedes más, cuando te apetece incluso antes del primer café, la respuesta debe de ser sí.

Lo que no tengo tan claro es si merece la pena perder la posibilidad de morir más joven.


 
De noche
Hacía mucho tiempo que no trabajaba hasta la medianoche. Había conseguido alcanzar la hermosa situación del que deja los problemas de trabajo en el despacho y se olvida de todo, o de casi todo, al llegar la hora del vermú. Casi un prejubilado.

Estos días, escribiendo informes que no conducen a nada y que nadie va a leer, pero que tienen que estar terminados desde hace una semana, estoy recuperando tiempos pasados, que no por ello mejores.

Me fumaría un cigarrito en el balcón,escuchando los murmullos de la noche, viendo el cielo iluminado por la ciudad.

Sexto día. Tengo que seguir escribiendo.

 
Paréntesis

El trabajo me está agobiando demasiado. Será que, por fín, el otoño se ha instalado definitivamente y la sensación de pérdida y de lejanía comienza a ser, otra vez, demasiado grande.

Sólo he ganado un día más con parche.

La nicotina que mete en mi sangre me aleja, un día más, del humo.

Pero mi vida se sigue deslizando por pendientes resbaladizas. Demasiado pringue.

Un día más y un nuevo paréntesis. Corto.

 
Archivos de la maleta. Primera parte.
Nunca me imaginé que mi historia fuera a importar. Siempre he sido una mujer de esas que pasan desapercibidas, de las que hay por cualquier acera de cualquier ciudad, todos los días, con el carrito de la compra a rastras, y los pelos desordenados. Con la cara lavada, un poco congestionada, colmándose poco a poco de arrugas. Con la cadera y los muslos recogiendo celulitis. Con el cigarrillo colgando, aburrido, de la comisura de los labios sin carmín, y con un único mal vicio, las máquinas. Pero me estoy quitando y eso que, para éste, no hay parches.

Y ahora se da una cuenta de que mi historia importa. Y eso que, aquéllos a los que les importa y que me buscan, ni siquiera saben que están buscando mi historia. Y es que, aunque una nunca haya podido elegir nada, tengo que reconocer que el final que me ha tocado en suerte es de los especiales. Justifica que ahora tenga más hombres pendientes de mí de los que jamás he tenido, ni siquiera en sueños.

Pero no hablemos del final. Es lo único que conoce todo el mundo. Hablemos del principio.

 
Mal oído
¿Y si toda mi vida, todas mis ilusiones, parten de un error de apreciación?.

Lo pensé. Y sin darme cuenta, lo dije en voz alta.

Al lado, un desconocido volvió su rostro hacia mí, de forma amable:

- Perdona, ¿cómo dices?

 
Compromisos

Voy a quererme más.

Y seguiré pensando en la maleta.

Dejar el humo.

Sigo siendo el Adicto, pero hoy solo me envuelve la duda.