Hasta luego
Hoy ya estoy dentro. Dentro de un hospital masivo, rodeado de gente doliente, con el olor indefinible de la enfermedad y la muerte extendido por todas partes.
La burocracia exige que ingrese hoy para salir a casa a pasar el fin de semana y regresar el domingo por la noche. De forma oficial ocupo la cama 528A en estos momentos. Extraños vericuetos para asegurar la cama, como en un hotel de tercera.
Me gustaría tener fe. Recuerdo aquel cura gordo y ensotanado que nos hacía memorizar las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Mantengo la esperanza. La caridad no se si la he perdido del todo. Sobre la fe estoy seguro, si alguna vez la tuve, cuando empecé a abrir algo los ojos al mundo tuve la certeza de que no podía creer. No es que piense que lo pasaría menos mal con un poco de fe, pero, al menos, me gustaría tener confianza, ser más crédulo.
Retomaré mis cuadernos a la vuelta. Ahora, por unos días, espero, al menos, poder escribir a mano.
La burocracia exige que ingrese hoy para salir a casa a pasar el fin de semana y regresar el domingo por la noche. De forma oficial ocupo la cama 528A en estos momentos. Extraños vericuetos para asegurar la cama, como en un hotel de tercera.
Me gustaría tener fe. Recuerdo aquel cura gordo y ensotanado que nos hacía memorizar las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Mantengo la esperanza. La caridad no se si la he perdido del todo. Sobre la fe estoy seguro, si alguna vez la tuve, cuando empecé a abrir algo los ojos al mundo tuve la certeza de que no podía creer. No es que piense que lo pasaría menos mal con un poco de fe, pero, al menos, me gustaría tener confianza, ser más crédulo.
Retomaré mis cuadernos a la vuelta. Ahora, por unos días, espero, al menos, poder escribir a mano.
Quemando días
Apenas quedan unos días para la operación. Incluso se ha adelantado un día a la fecha prevista por problemas de quirófano. Sigo esperando que desaparezca el ruido y, al final, desaparecerá el sonido. Y tengo sensaciones desconocidas hasta ahora, un pánico indefible, un miedo sin medida, sin límite.
Me despierto cada noche, casi una hora antes de amanecer, y tengo que comerme el miedo en silencio, mientras todos duermen. No me atrevo a gritarlo. Aunque me escucharan todos se que nadie puede decir nada que me alivie.
Al final, siempre estamos solos. El miedo nos pertenece en exclusiva, no podemos endosarlo.
Me despierto cada noche, casi una hora antes de amanecer, y tengo que comerme el miedo en silencio, mientras todos duermen. No me atrevo a gritarlo. Aunque me escucharan todos se que nadie puede decir nada que me alivie.
Al final, siempre estamos solos. El miedo nos pertenece en exclusiva, no podemos endosarlo.
Sobre blogs
Parece ya un tópico instalado: la mayor parte de los que ponemos algo en una página de este tipo no hacemos otra cosa que mirarnos el ombligo. Los gurús del movimiento lo vienen anunciando de forma reiterada y el estado de opinión está creado.
El desarrollo desaforado de la posibilidad de comunicar de forma instantánea y a una generalidad indeterminada de personas está produciendo un movimiento de autistas introspectivos hablando sin ton ni son. Solo se introduce ruido en la red.
Yo prefieron pensar que, más que escribir en una bitácora marinera, lanzamos mensajes en una botella a un océano de límites todavía no explorados, buscando, simplemente, que desde algún crucero de vacaciones que por casualidad pase a su lado, algún turista se levante de la tumbona y mire por la borda. Es muy posible que, desde las alturas, no alcance a ver que el vidrio que flota no está vacío, pero por si acaso.
El desarrollo desaforado de la posibilidad de comunicar de forma instantánea y a una generalidad indeterminada de personas está produciendo un movimiento de autistas introspectivos hablando sin ton ni son. Solo se introduce ruido en la red.
Yo prefieron pensar que, más que escribir en una bitácora marinera, lanzamos mensajes en una botella a un océano de límites todavía no explorados, buscando, simplemente, que desde algún crucero de vacaciones que por casualidad pase a su lado, algún turista se levante de la tumbona y mire por la borda. Es muy posible que, desde las alturas, no alcance a ver que el vidrio que flota no está vacío, pero por si acaso.
Trucos diez
Identificar los momentos en que más recuerdo fumar.
Ponerme el parche cada mañana y no quitarlo.
Llevar chicles de nicotina. Antes hay que comprarlos.
Saber cuando el estres me llama a la puerta.
Recordar que se está mucho más cómodo sin humo.
Caminar, correr, subir escaleras
y comprobar que se respira mejor.
Aspirar y expirar profundamente. Expansión.
Beber más, agua y zumos, infusiones.
Olvidar el placer de encenderlo.
Coleccionar esfuerzos.
Ponerme el parche cada mañana y no quitarlo.
Llevar chicles de nicotina. Antes hay que comprarlos.
Saber cuando el estres me llama a la puerta.
Recordar que se está mucho más cómodo sin humo.
Caminar, correr, subir escaleras
y comprobar que se respira mejor.
Aspirar y expirar profundamente. Expansión.
Beber más, agua y zumos, infusiones.
Olvidar el placer de encenderlo.
Coleccionar esfuerzos.
Fumador
Como siempre, la Universidad de Míchigan ha dado con la respuesta a mis reiterados intentos de abandonar el Marlboro: la nicotina estimula, como la cocaína o la heroína, el sistema de placer del cerebro (El Pais, 2 de noviembre, creo, pero hay que abonarse, y esto no es un anuncio).
Siempre sospeché que era un adicto y ahora la Universidad de Míchigan me da la razón: el tabaco afecta al sistema natural de sustancias químicas cerebrales, denominadas opioides endógenos, cuya función, al parecer, es mitigar el dolor, aumentar las sensaciones positivas y facilitar sensaciones gratificantes. El tabaco estimula la producción de estas endorfinas, exactamente del mismo modo que lo hacen la cocaína o la heroína. Fumar un cigarrillo altera el flujo de opioides en una región del cerebro, la cingulada anterior, que regula las emociones y la ansiedad. Y cuantos menos opioides internos produce una persona, mayor es la cantidad de receptores en su cerebro especializados en captar opioides externos.
A lo que parece, eso explicaría por qué determinadas personas tenemos más facilidad para ingresar en una adicción respecto de otras que son capaces de disfrutar de un cigarrito, de una raya o de un chino, incluso de un pico, sin pasar de allí durante toda su vida. Y quizás, también podría explicar por qué algunos nos hemos convertidos en adictos de la nicotina y no en yonquis.
Siempre recurrimos a los afamados estudios de la Universidad de Míchigan para resolver algunos de nuestras dudas científicas más irrelevantes. Yo ya sabía que fumar me gusta y que me resulta placentero, pero resultar algo descorazonador pensar que al final es un problema bioquímico, que la culpa la tiene mi herencia genética, que me ha proporcionado una producción menor de opioides internos, lo que me obliga a buscarlos fuera, cuando siempre habíamos pensado que era por debilidad ante el placer, por ser más modernos, más cowboys, o por cualquier otra chorrada.
A ver si va a resultar que la menor capacidad de captar opioides internos también va a tener que ver con la baja autoestima, las tendencias depresivas y la falta de humor. En algún lugar, durante los últimos años, perdí también buena parte del cinismo que, de origen, me había regalado la naturaleza. Debió ser por la desconexión final de algún enlace bioquímico, aunque hasta la fecha todavía no lo ha estudiado la Universidad de Míchigan.
Mi problema, por ahora, es mantener el nivel de emociones sin enceder el pitillo. Lo del cinismo lo doy por definitivo. La Universidad de Michigan no parece haberse pronunciado al respecto.
Siempre sospeché que era un adicto y ahora la Universidad de Míchigan me da la razón: el tabaco afecta al sistema natural de sustancias químicas cerebrales, denominadas opioides endógenos, cuya función, al parecer, es mitigar el dolor, aumentar las sensaciones positivas y facilitar sensaciones gratificantes. El tabaco estimula la producción de estas endorfinas, exactamente del mismo modo que lo hacen la cocaína o la heroína. Fumar un cigarrillo altera el flujo de opioides en una región del cerebro, la cingulada anterior, que regula las emociones y la ansiedad. Y cuantos menos opioides internos produce una persona, mayor es la cantidad de receptores en su cerebro especializados en captar opioides externos.
A lo que parece, eso explicaría por qué determinadas personas tenemos más facilidad para ingresar en una adicción respecto de otras que son capaces de disfrutar de un cigarrito, de una raya o de un chino, incluso de un pico, sin pasar de allí durante toda su vida. Y quizás, también podría explicar por qué algunos nos hemos convertidos en adictos de la nicotina y no en yonquis.
Siempre recurrimos a los afamados estudios de la Universidad de Míchigan para resolver algunos de nuestras dudas científicas más irrelevantes. Yo ya sabía que fumar me gusta y que me resulta placentero, pero resultar algo descorazonador pensar que al final es un problema bioquímico, que la culpa la tiene mi herencia genética, que me ha proporcionado una producción menor de opioides internos, lo que me obliga a buscarlos fuera, cuando siempre habíamos pensado que era por debilidad ante el placer, por ser más modernos, más cowboys, o por cualquier otra chorrada.
A ver si va a resultar que la menor capacidad de captar opioides internos también va a tener que ver con la baja autoestima, las tendencias depresivas y la falta de humor. En algún lugar, durante los últimos años, perdí también buena parte del cinismo que, de origen, me había regalado la naturaleza. Debió ser por la desconexión final de algún enlace bioquímico, aunque hasta la fecha todavía no lo ha estudiado la Universidad de Míchigan.
Mi problema, por ahora, es mantener el nivel de emociones sin enceder el pitillo. Lo del cinismo lo doy por definitivo. La Universidad de Michigan no parece haberse pronunciado al respecto.