Miradas
Casi cada día, antes de entrar en el despacho, me sentía observado por decenas de miradas perdidas. Era una sensación desasosegante. Desde una esquina de la calle, justo donde cruzo para tomar el café que reavive mi cuerpo dormido, rostros desconocidos me miraban con los ojos siempre abiertos. Rostros grandes, algunos, la mayoría caras más pequeñas, muchas tan diminutas que solo podía reconocer sus rasgos si les miraba fijo a los ojos. Nunca volvían la mirada, congelada en el tiempo. Ojos de todos los colores, expresiones sorprendidas, detenidas, casi todas antiguas, muchas con ese punto de engreimiento que nunca he entendido, otras encerradas en si mismas, queriendo ocultar el contenido del alma detras del iris. Todos encapsulados en el tiempo, con el velo del pasado acentuado por el cristal del escaparate y el sol recibido.
Desde hace algunas semanas la tienda de fotos se traspasa. Ya puedo cruzar tranquilo. Las personas que pasan a mi lado nunca me han visto.





