Leipzig
La noche se hizo música y movimiento.
La tortura personal y aceptada, sufrida con disciplina.
La misa en do menor de Mozart transmite la energía que sólo los no demasiado creyentes pueden poner en intentar halagar a dios por medio de los oídos de los hombres.
El ballet reinterpreta la música, añade belleza en cada movimiento, transmite fuerza y suavidad al propio tiempo, elegancia en pasos. Bailarinas transparentes que se deslizan sobre las puntas de los dedos, ingrávidas, elevadas sin esfuerzo.
Y, entre tanta gracilidad, unas notas en negro para contrastar. Cuatro acordes de piano y la interpretación de un instante que recoge pequeños secretos de nuestra vida, de lo que somos y de lo que queremos.
El momento mágico. Paró la música y tres parejas siguieron bailando al ritmo de sus propios cuerpos. El sonido de su respiración agitada por el esfuerzo fue música dentro de todos.
El final. Cansados, cambiados y desmaquillados, se sientan en el escenario desmontado pocos instantes antes. Todos juntos escuchamos el Agnus Dei de la misa en do menor. La fuerza de la música hace que todos dancemos sentados en nuestras butacas, mirándonos en el espejo de los que están sentados en el escenario.
Saliendo del Liceo siento que he presenciado algo hermoso e irrepetible. Repito los movimientos mecánicos acostumbrados. Enciendo un Marlboro.





