Un beso
Sólo quería que la escucharas.
Volví de uno más de mis viajes rápidos con la felicidad puesta en los labios y el cansancio dentro de la frente. Cenamos entre risas e historias compartidas. Acosté a las niñas, conté el cuento a la pequeña, les dí los besos de cada noche, multiplicados para compensar la ausencia, y escuché su voz llamándote desde el cuarto. Una vez. Dos veces. Tres veces. "Mamá, un beso". Mantenía la exigencia tiránica del egoísmo innato en los genes y aún sin tamizar con la hipocresía que, en nuestro carácter, va introduciendo la educación, y la combinaba con pequeñas gotas de la paciencia que ha ido asimilando en los últimos meses. La llamada se repetía cada pocos minutos. No podría dormir sin recibir el consuelo de tus labios
Y seguías colgada al teléfono. Pensé que no la habías oído, encerrada en el despacho. Te avisé. Dos veces, quizás demasiada insistencia para que pudieras dedicarle diez segundos, acercarte, darle un beso y regresar al teléfono.
Diez segundos. Quizás menos, tres o cuatro, lo que cuesta decir al interlocutor telefónico, discúlpame un momento, por favor, y recoger un beso y deslizar otro con un duerme bien, cariño.
Al cabo de diez minutos y de varias peticiones más por parte de la niña acabaste de hablar por teléfono. Escuche, en un instante, como se fraguaba la tormenta en el cambio de tu voz. Encontré los gritos desaforados, la furia desatada, y la niña unos reproches que no entendió. Siempre pide un beso por las noches, siempre se lo damos. Ayer también lo tuvo pero los gritos que lo acompañaron no sabían a cariño.
Tuve ganas de salir de casa y comprar un Marlboro. Me toqué el parche.
Volví de uno más de mis viajes rápidos con la felicidad puesta en los labios y el cansancio dentro de la frente. Cenamos entre risas e historias compartidas. Acosté a las niñas, conté el cuento a la pequeña, les dí los besos de cada noche, multiplicados para compensar la ausencia, y escuché su voz llamándote desde el cuarto. Una vez. Dos veces. Tres veces. "Mamá, un beso". Mantenía la exigencia tiránica del egoísmo innato en los genes y aún sin tamizar con la hipocresía que, en nuestro carácter, va introduciendo la educación, y la combinaba con pequeñas gotas de la paciencia que ha ido asimilando en los últimos meses. La llamada se repetía cada pocos minutos. No podría dormir sin recibir el consuelo de tus labios
Y seguías colgada al teléfono. Pensé que no la habías oído, encerrada en el despacho. Te avisé. Dos veces, quizás demasiada insistencia para que pudieras dedicarle diez segundos, acercarte, darle un beso y regresar al teléfono.
Diez segundos. Quizás menos, tres o cuatro, lo que cuesta decir al interlocutor telefónico, discúlpame un momento, por favor, y recoger un beso y deslizar otro con un duerme bien, cariño.
Al cabo de diez minutos y de varias peticiones más por parte de la niña acabaste de hablar por teléfono. Escuche, en un instante, como se fraguaba la tormenta en el cambio de tu voz. Encontré los gritos desaforados, la furia desatada, y la niña unos reproches que no entendió. Siempre pide un beso por las noches, siempre se lo damos. Ayer también lo tuvo pero los gritos que lo acompañaron no sabían a cariño.
Tuve ganas de salir de casa y comprar un Marlboro. Me toqué el parche.





