La casa
Hace unas pocas semanas compramos una casa antigua en un pueblo de la costa. Los vendedores eran una pareja de ancianos de porte aristocrático que desaparecieron un instante después de firmar la transacción. Llegamos a un acuerdo con rapidez, tenían prisa por vender y a nosotros nos encantó la magia que la envolvía.
Hacían falta algunas reparaciones pero el lugar era perfecto. Amplio, con tantas habitaciones que ni tan siquiera pudimos verlas todas, múltiples entradas, un jardín interior rodeado de un hermoso claustro, algunos muebles de anticuario. En definitiva, habitable de inmediato. El lugar de descanso perfecto para alejarse de la ciudad y, a la vez, cercano y accesible. Ya presentía la felicidad de un rato de lectura bajo los árboles, la placentera sensación de no hacer nada.
Desde que vamos a la casa tengo extrañas sensaciones. Cada vez que la visitamos tenemos que esforzarnos para encontrarla. Las primeras veces pensamos que era nuestro desconocimiento de los pequeños vericuetos del pueblo. Al final, tuvimos que reconocer que se producía un extraño fenómeno. La casa cambia de sitio continuamente. Siempre en el mismo pueblo de la costa, es verdad, pero hay días que está en el centro, en el dédalo de callejuelas estrechas de la parte antigua, mientras que, otras veces, está justo al lado del mar, o en las afueras, entre resecos descampados.
Y, cuando por fín conseguimos encontrar alguna de sus puertas y entrar, parece distinta. Cada noche tiene habitaciones nuevas que explorar, algunas casi derruidas, escaleras ocultas que llevan a sitios desconocidos, desvanes y caballerizas enormes y vacías, para las que hacemos planes de ocupación que, en el siguiente viaje, debemos cambiar, y muchas entradas por las que se cuelan turistas y gentes del lugar, cafeterías y restaurantes que abren sus puertas hasta el interior de la vivienda, que utilizan nuestras cocinas y que se instalan en nuestra casa, con camareros que atienden solícitos a visitantes a los que no hemos invitado.
La situación me produce un lógico desasosiego. No sé si voy a encontrarme a alguien observándome en el dormitorio o tomando con tranquilidad un té en una de las salas. Como no sé donde instalarnos a dormir cada noche sin tener la seguridad de que no vamos a ser observados, procuramos cambiar continuamente de habitación. Aún con todas estas precauciones, esta noche me he despertado y he visto que una persona desconocida entraba por la ventana con total normalidad y cruzaba el dormitorio haciendo fotografías, comentando en voz alta, con naturalidad, la arquitectura y decoración del lugar, como si estuviera de visita un monasterio medieval. No me he atrevido a molestarle en su excursión, ni a pedirle explicaciones por su actitud. Todavía no me siento dueño del lugar. Con esas personas rondando a todas horas siempre dudo, incluso llego a pensar que quizás no la compré.
Creo que no he hecho una buena compra. Buscaba un remanso de tranquilidad para los momentos de descanso y la inquietud que me produce cada vez que la visito va aumentando.
Espero poder ponerla en venta la próxima noche que sueñe con ella.
Hacían falta algunas reparaciones pero el lugar era perfecto. Amplio, con tantas habitaciones que ni tan siquiera pudimos verlas todas, múltiples entradas, un jardín interior rodeado de un hermoso claustro, algunos muebles de anticuario. En definitiva, habitable de inmediato. El lugar de descanso perfecto para alejarse de la ciudad y, a la vez, cercano y accesible. Ya presentía la felicidad de un rato de lectura bajo los árboles, la placentera sensación de no hacer nada.
Desde que vamos a la casa tengo extrañas sensaciones. Cada vez que la visitamos tenemos que esforzarnos para encontrarla. Las primeras veces pensamos que era nuestro desconocimiento de los pequeños vericuetos del pueblo. Al final, tuvimos que reconocer que se producía un extraño fenómeno. La casa cambia de sitio continuamente. Siempre en el mismo pueblo de la costa, es verdad, pero hay días que está en el centro, en el dédalo de callejuelas estrechas de la parte antigua, mientras que, otras veces, está justo al lado del mar, o en las afueras, entre resecos descampados.
Y, cuando por fín conseguimos encontrar alguna de sus puertas y entrar, parece distinta. Cada noche tiene habitaciones nuevas que explorar, algunas casi derruidas, escaleras ocultas que llevan a sitios desconocidos, desvanes y caballerizas enormes y vacías, para las que hacemos planes de ocupación que, en el siguiente viaje, debemos cambiar, y muchas entradas por las que se cuelan turistas y gentes del lugar, cafeterías y restaurantes que abren sus puertas hasta el interior de la vivienda, que utilizan nuestras cocinas y que se instalan en nuestra casa, con camareros que atienden solícitos a visitantes a los que no hemos invitado.
La situación me produce un lógico desasosiego. No sé si voy a encontrarme a alguien observándome en el dormitorio o tomando con tranquilidad un té en una de las salas. Como no sé donde instalarnos a dormir cada noche sin tener la seguridad de que no vamos a ser observados, procuramos cambiar continuamente de habitación. Aún con todas estas precauciones, esta noche me he despertado y he visto que una persona desconocida entraba por la ventana con total normalidad y cruzaba el dormitorio haciendo fotografías, comentando en voz alta, con naturalidad, la arquitectura y decoración del lugar, como si estuviera de visita un monasterio medieval. No me he atrevido a molestarle en su excursión, ni a pedirle explicaciones por su actitud. Todavía no me siento dueño del lugar. Con esas personas rondando a todas horas siempre dudo, incluso llego a pensar que quizás no la compré.
Creo que no he hecho una buena compra. Buscaba un remanso de tranquilidad para los momentos de descanso y la inquietud que me produce cada vez que la visito va aumentando.
Espero poder ponerla en venta la próxima noche que sueñe con ella.
Comentario:
Me pregunto qué pensarán de usted los visitantes de la casa...





