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Adios al humo
Escritos de un adicto que quiere dejar de serlo.
Acerca de
Demasiados años fumando en el balcón, esperando nada, llenando mi vida de humo. Mi vida es humo. Se deshace...
Sindicación
 
Fumador
Como siempre, la Universidad de Míchigan ha dado con la respuesta a mis reiterados intentos de abandonar el Marlboro: la nicotina estimula, como la cocaína o la heroína, el sistema de placer del cerebro (El Pais, 2 de noviembre, creo, pero hay que abonarse, y esto no es un anuncio).

Siempre sospeché que era un adicto y ahora la Universidad de Míchigan me da la razón: el tabaco afecta al sistema natural de sustancias químicas cerebrales, denominadas opioides endógenos, cuya función, al parecer, es mitigar el dolor, aumentar las sensaciones positivas y facilitar sensaciones gratificantes. El tabaco estimula la producción de estas endorfinas, exactamente del mismo modo que lo hacen la cocaína o la heroína. Fumar un cigarrillo altera el flujo de opioides en una región del cerebro, la cingulada anterior, que regula las emociones y la ansiedad. Y cuantos menos opioides internos produce una persona, mayor es la cantidad de receptores en su cerebro especializados en captar opioides externos.

A lo que parece, eso explicaría por qué determinadas personas tenemos más facilidad para ingresar en una adicción respecto de otras que son capaces de disfrutar de un cigarrito, de una raya o de un chino, incluso de un pico, sin pasar de allí durante toda su vida. Y quizás, también podría explicar por qué algunos nos hemos convertidos en adictos de la nicotina y no en yonquis.

Siempre recurrimos a los afamados estudios de la Universidad de Míchigan para resolver algunos de nuestras dudas científicas más irrelevantes. Yo ya sabía que fumar me gusta y que me resulta placentero, pero resultar algo descorazonador pensar que al final es un problema bioquímico, que la culpa la tiene mi herencia genética, que me ha proporcionado una producción menor de opioides internos, lo que me obliga a buscarlos fuera, cuando siempre habíamos pensado que era por debilidad ante el placer, por ser más modernos, más cowboys, o por cualquier otra chorrada.

A ver si va a resultar que la menor capacidad de captar opioides internos también va a tener que ver con la baja autoestima, las tendencias depresivas y la falta de humor. En algún lugar, durante los últimos años, perdí también buena parte del cinismo que, de origen, me había regalado la naturaleza. Debió ser por la desconexión final de algún enlace bioquímico, aunque hasta la fecha todavía no lo ha estudiado la Universidad de Míchigan.

Mi problema, por ahora, es mantener el nivel de emociones sin enceder el pitillo. Lo del cinismo lo doy por definitivo. La Universidad de Michigan no parece haberse pronunciado al respecto.

No