En el aire
En ocasiones nos sorprenden los temores, que, sin saberlo, hemos interiorizado. El discurso racional que exteriorizamos y en el que creemos no se corresponde con la punzada de terror que nos alcanza en un instante. Estamos más desprevenidos y más desnudos de lo que pensamos.
Puente aéreo Madrid-Barcelona. Llego cuando se está cerrando el embarque y tengo que coger un asiento de enmedio. Entro en el avión y, afortunadamente, el pasajero de pasillo todavía no había llegado. Despliego el diario. A mi derecha, el de ventanilla comienza a adormilarse.
En pocos minutos llega el otro pasajero. El vuelo va completo. Guarda el equipaje de mano, se quita la americana y saca un libro. Ni tan siquiera lo miro. No suelo iniciar conversaciones en el avión.
Poco antes de despegar se anuncia por megafonía interna un pequño retraso. Parece que esta averiado el pasillo mecánico. Me remuevo en el asiento. No quiero llegar tarde a Barcelona, donde me espera el primer y , con toda probabilidad, último espectáculo de ballet de M.
Casi sin querer vuelvo la mirada a mi izquierda. Mi compañero de asiento lee un libro al revés. La portada está después de la última página. Está en la página 47 y esas son las hojas que quedan para el final. Apenas está comenzando la lectura del libro. Los caractéres son, inquívocamente, árabes.
Siento la misma intranquilidad instantánea que en momentos de turbulencias agitadas.
El trío de las Azores ha ganado la partida.
Sólo cuando me doy cuenta, al cabo de un minuto, de la irracionalidad que, sin nuestro permiso, nos han logrado grabar en el alma, vuelvo a la lectura sosegada de la prensa.
En Barcelona logré un taxi con autorización para fumar. Rara avis. Otro Marlboro.
Llegué a tiempo para ver a M. No irá al Bolshoi.





