Señales
El cuerpo nos devuelve señales cuando le preguntamos. Lo normal es que no nos demos cuenta de que nos acompaña cada día hasta que una de esas señales en lenguaje morse que nunca han tenido un receptor nos sorprende y se encienden las alarmas. Entonces empieza la angustia, la escucha en silencio del sónar que nos devuelven las profundidades abisales del océano interior.
Mi hipocondria hace que bucee siempre en busca de lo más grave, que interprete cualquier sonido desconocido como una premonición de lesiones incurables, de patologías que, en poco tiempo y con mucho sufrimiento, me conducirán a un final temido, desconocido, inevitable y seguro.
Las últimas semanas, sin otra ocupación que navegar en la pantalla del rádar, el examen ha sido exhaustivo. He palpado, observado y pensado en mi cuerpo en busca de un punto infectado en las cicatrices de la cirugía, de una fisura en el tabique intracraneal de la fosa nasal por la que escaparan el líquido encefalorraquídeo y, con él, mis ideas y sentimientos, de una contorsión de los nervios faciales que me dejara con la expresión demediada e inmutable, congelada para siempre.
Empiezo a tranquilizarme. Sin saber por qué, un día, el cuerpo emite las señales anodinas de siempre, a las que nunca hicieste caso, y, esta vez, resultan el sonido ansiado durante semanas. Y comienzas, de forma paulatina, a olvidarte de nuevo de tu cuerpo, una vez más. La vuelta al trabajo está próxima.
Me fumaría un marlborito. Tengo que hablar de forma urgente con mi terapeuta.
Mi hipocondria hace que bucee siempre en busca de lo más grave, que interprete cualquier sonido desconocido como una premonición de lesiones incurables, de patologías que, en poco tiempo y con mucho sufrimiento, me conducirán a un final temido, desconocido, inevitable y seguro.
Las últimas semanas, sin otra ocupación que navegar en la pantalla del rádar, el examen ha sido exhaustivo. He palpado, observado y pensado en mi cuerpo en busca de un punto infectado en las cicatrices de la cirugía, de una fisura en el tabique intracraneal de la fosa nasal por la que escaparan el líquido encefalorraquídeo y, con él, mis ideas y sentimientos, de una contorsión de los nervios faciales que me dejara con la expresión demediada e inmutable, congelada para siempre.
Empiezo a tranquilizarme. Sin saber por qué, un día, el cuerpo emite las señales anodinas de siempre, a las que nunca hicieste caso, y, esta vez, resultan el sonido ansiado durante semanas. Y comienzas, de forma paulatina, a olvidarte de nuevo de tu cuerpo, una vez más. La vuelta al trabajo está próxima.
Me fumaría un marlborito. Tengo que hablar de forma urgente con mi terapeuta.
Comentario:
Lo peor son las señales de las ausencias de nuestro cuerpo. Aquello que debería estar allí pero ya no está, y sin embargo continua mandando señales. Polanski en Le locataire lo comunicaba bastante bien: Si me cortan una mano digo soy yo y mi mano. Si me cortan la cabeza ¿que digo?
No fumes. Las ausencias también son sinónimo de vida. Pese a todo.
P.
No fumes. Las ausencias también son sinónimo de vida. Pese a todo.
P.
Comentario:
Ojalá que esas buenas señales te acompañen siempre.
Que tu cuerpo sea un buen compañero de viaje.
¡¡Que no fumes!!
Saf ;-))
Que tu cuerpo sea un buen compañero de viaje.
¡¡Que no fumes!!
Saf ;-))





