Manos
Sobre la mesa de metal del café, dos tazas humeantes y, entrelazadas, dos manos. Una se mueve con suavidad sobre otra inerte. El cenicero está vacío. El ruido crea una pantalla invisible que impide oir lo que las manos se dicen. Me recreo observando solo las caricias que una mano otorga a su compañera de abrazo minúsculo. Después de unos minutos levanto la mirada. Sus ojos no se cruzan. La mirada de ella esta perdida en el vacío, concentrando en él toda la soledad de una vida, volcando afuera la ilusión perdida.





