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Adios al humo
Escritos de un adicto que quiere dejar de serlo.
Acerca de
Demasiados años fumando en el balcón, esperando nada, llenando mi vida de humo. Mi vida es humo. Se deshace...
Sindicación
 
No suelo frecuentar los mercados. Los eternos problemas de tiempo hacen que me aprovisione en grandes superficies, inhóspitos lugares donde todos consumimos lo mismo y donde nos envenenamos poco a poco pero a conciencia. Desconocía qué había pasado con estas tiendas que, hace décadas, vivieron una etapa floreciente y que, poco a poco, habían ido desapareciendo de las calles, sustituidas en las esquinas primero por sucursales bancarias y luego por cafeterías de idéntico diseño e idéntico café.

Recuerdos de una infancia ya lejana me asaltaron hace unas pocas semanas cuando, aprovechando los últimos días de una baja que estiraba como un chicle usado, me acerqué a la Boquería. Tanto tiempo sin ver una casquería, con todas las vísceras expuestas, sangre coagulada, hígados de los más variados animales, tripas, intestinos, cabezas, patas, manitas, lenguas y sesos para confeccionar sabrosos platillos que ya hemos olvidado en un hartazgo de filetes de ternera blanca y entrecot.

Mi último recuerdo de las casquerías era como el de las antiguas tiendas de carne de caballo. Locales casi abandonados, condenados a la extinción en una sociedad que había alcanzado la autocomplacencia, que se sabía rica y que se abonaba al consumo de carnes de primera, blancas a base de inyecciones.

Y mi sorpresa fue comprobar que, al menos en la Boquería, y supongo que también en otros mercados y plazas, las casquerías viven una segunda edad de oro. Los clientes hacen cola, se arraciman alrededor, con caras serias y concentradas. Los miras y son de todos los colores. Los más desheredados de nuestra sociedad han dado nueva vida a una vieja actividad. Proteínas baratas en el centro de la sociedad opulenta.

Con toda justicia, también ellos sueñan con los chuletones y el bistec. Pero, a día de hoy, la economía salvaje ha recuperado un viejo nicho que llegó a esta polvoriento y presto al abandono. Hemos recuperado la casquería para consumo humano cuando, en los primeros años del despegue, allá por los ochenta, apenas si servía para enlatada de perros y gatos.

Hay que aprovechar y rescatar manjares olvidados, la asadurilla revuelta, la sangre encebollada, los sesos rebozados que antes nos daban a los niños, una buena cabezilla de cordero asada, el guiso de lengua. Cedamos la ternera a los que de verdad tienen ganas de comerla.

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