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Adios al humo
Escritos de un adicto que quiere dejar de serlo.
Acerca de
Demasiados años fumando en el balcón, esperando nada, llenando mi vida de humo. Mi vida es humo. Se deshace...
Sindicación
 
San Sebastian Donosti
Por circunstancias que no vienen al caso, siempre vuelvo a San Sebastián y siempre me sigue cautivando la belleza de su pequeña bahía, diminuta, preciosa como una joya extraña, azul, verde, aguamarina.

Mis primeros viajes, apenas unos días, me convencieron de que era difícil que pudiera visitar otro paraje urbano tan espectacular. Y la gente me parecía tan moderna en comparación con el ambiente de la gris ciudad provinciana en que había pasado la mayor parte de mi vida hasta entonces que todo encajaba como en una miniatura medieval de colores brillantes.

Después, cuando viví allí dos años largos de plomo, a mediados de los ochenta, empecé a sentir los silencios y a entender que siempre hay temas de los que no conviene hablar. Todo seguía precioso, la vida era alegre y despreocupada, pero las sombras, por la noche, eran demasiado alargadas.

He regresado muchas veces y he visto, en pequeños flashes, la evolución de la ciudad, los edificios y autopistas que han ido ganando espacio al verde de las montañas, la línea del cielo desde la bahía cada vez más erizada de apartamentos de lujo, eso sí, siempre en edificios no demasiado altos.

La ciudad ha cambiado. La belleza del mar, los brillos del sol al atarceder, reflejado en la arena cubierta por la marea, permanecen inmutables. La silueta de la isla guardiana sigue teniendo la gallardía de siempre. No nos es dado destruir tanta armonía, pese a que, como especie, lo intentemos. La gente, en cambio, no ha cambiado. Siguen, en apariencia, tan despreocupados y alegres, siguen sumidos en silencios que todos asumen como naturales, han aprendido a creer extrañas mitologías que te presentan como realidades históricas inmutables. Y en ese seguir se quedaron estancados.

Ahora, cada vez que voy, la gente me parece más rancia.

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