Cuento para M
Erase una vez, hace unos pocos días, una niña que tenía un montón de muñecos de peluche de todas clases. Cuatro eran sus favoritos, un muñeco de aspecto indefinible llamado Pepe, un hipopótamo, al que, desde que lo recibió cuando tenía dos años llamaba hipotamoto, un oso polar blanco y suave como la nieve pero con un corazón enorme y calentito, y una tortuga con una barriga en la que guardar secretos.
Desde hace mucho tiempo, cada noche, la niña elegía uno o dos de estos muñecos para que durmieran con ella. Los tenía a su lado, los abrazaba y se daban calor. Durante muchos años, el resto de muñecos, en sus cestas de la estantería, comenzaba a protestar cuando se apagaba la luz. Todos querían dormir con la niña y no entendían de privilegios. Primero en voz baja y, poco a poco, elevando el tono de voz, terminaban organizando un griterío hasta que el papá de la niña encendía la luz del pasillo y los peluches, al percibir la claridad, enmudecían. La niña nunca se despertó, siguió durmiendo con quien quiso y los peluches, finalmente, aceptaron su postergada situación después de que, un día en que sus voces se elevaron más de la cuenta, papá les mandara callar bajo la amenza de mandarlos a dormir al balcón. Era una noche de invierno, heladora. Las gotas de lluvia golpeteaban en el cristal. La niña siguió soñando, con la respiración pausada, abrazada a sus favoritos.
Desde aquel día, cada uno de los muñecos aceptó su posición en el escalafón de cariño de la niña. Unos dormían con ella, algunos otros compartían sus juegos y algunos, los más desafortunados, pasaban su tiempo en la estantería acumulando polvo y esperando.
Años después, en la mañana clara de un día de principio de verano, uno de esos días en que parece que el cielo y el mar están por estrenar, cuando los muñecos se despertaron y comenzaron a cuchichear entre ellos mientras en la casa desayunaban, notaron que faltaba el oso polar. Al principio no le dieron importancia. A veces, la niña llevaba alguno de sus muñecos a la cocina o a ver los dibujos en la tele. Fue pasando el día y ni la niña ni el oso aparecían por el cuarto. Llegó la noche y la cama quedó vacía. El oso polar tampoco había regresado.
Cuando en la casa, ya de noche, se apagaron todas las luces, la inquietud recorrió la estantería. Allí estaban los de siempre y también Pepe, hipotamoto y la tortuga, amontonados con los demás. Los muñecos abandonados se preguntaban qué había sucedido. Todos los comentarios se dirigieron a Pepe, el más antiguo, el que había estado con la niña desde que ésta era un bebé tan pequeño que cabía en una canastilla de mimbre. Pero Pepe tampoco entendía lo que pasaba. La noche fue pasando y la discusión se prolongó hasta el amanecer. Solo tenían dudas y preguntas que nadie sabía responder. La niña no aparecía. El oso polar tampoco.
Durante el día los muñecos intentaron permanecer tranquilos y en silencio en la estantería. Todo en la casa parecía normal. Oían los ruiditos de Pitusa, el hamster que vive en la estantería de abajo. Escuchaban la música en la sala y el ruido de la aspiradora por las mañanas. Pero volvía a llegar la noche y ni la niña ni el oso aparecían.
Pasaron más días calurosos, más noches de inquietud. Nadie podía explicarse lo ocurrido. Finalmente, los muñecos, que, aunque tienen un gran corazón en su interior, son de poco seso, se fueron acostumbrando a la nueva situación. Algún día, la hermana pequeña de la niña, siempre tan traviesa, trepaba hasta la cama y alargaba su bracito hasta la estantería, cogía un muñeco al azar y jugaba con él un rato hasta que se aburría y lo dejaba tirado en cualquier parte. Papá o mamá lo devolvían de nuevo al montón. Sólo con eso volvían a ser felices.
Les pareció que había pasado una eternidad, toda una vida, cuando vieron que la niña volvía a entrar en la habitación en brazos de su papá. Atardecía un día más, el más caluroso del verano. Papá dejó a la niña, que se hacía la dormida, sobre la cama. Cuando vieron que papá había salido de la habitación todos se asomaron desde la estantería para mirarla. Era su niña. Y, a su lado, el oso polar les guiñaba un ojo y les sacaba la lengua. Sin moverse, el mensaje fue pasando de un muñeco a otro, hasta el fondo de la caja donde reposaban, siempre en la oscuridad, los más olvidados. Ha vuelto por fín.
Los muñecos se callaron. Nadie se movía. La niña abrió los ojos y comenzó a recorrer su cuarto con la vista, a revisar que todo estaba en su sitio, tal como lo había dejado antes de irse de campamento. Suspiró feliz de estar por fín en su casa y se levantó. Salió del cuarto.
Anoche, M. me pidió que le contara un cuento inventado, arrebujada entre las sábanas. Carezco de imaginación, así que le conte la historia verdadera de lo que habían hecho los muñecos de su cuarto durante su semana en el campamento. Incluso A. se acercó a escucharme y se sentó en mis rodillas. Al final, las dos sonrieron y me dieron un beso. También los muñecos, unos desde la estantería y otros junto a M., en la cama, me miraron con una ligera sonrisa en sus bocas de trapo. Sólo uno se enfadó por que había descubierto su secreto. Lo oí protestar desde el fondo de la cesta, de donde no sale desde hace meses salvo para ir a la lavadora. Pero las niñas no se enteraron.
Se hizo la noche. A dormir.
En el balcón fumé un Marlboro. Los momentos de felicidad son muy escasos. Como piedras preciosas.
Comentario:
Y como piedras preciosas... engarcémoslas en un collar que podamos llevar siempre puesto, con nosotros.
Qué precioso cuento, Adicto... ¿Sabes? Los niños que crecen con quien les cuenta historias llegan a ser adultos felices.
Saf ;-))
Qué precioso cuento, Adicto... ¿Sabes? Los niños que crecen con quien les cuenta historias llegan a ser adultos felices.
Saf ;-))





