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Ad libitum
un petit racó on reprendre l'alè...al teu aire
 
Para la luna diurna







Luna del día, temblorosa
como una medusa en el cielo,
qué andas haciendo tan temprano?

Andas navegando o bailando?

Y ese traje de novia triste
deshilachado por el viento,
esas guirnaldas transparentes
de naufragios o de atavíos,
como si no hubieras llegado
aún a la casa de la noche
y cerca de la puerta buscaras
perdida, en el río del cielo
una llave color de estrella?

Y sigue el día y desvanece
tu corola martirizada
y arde el día como una casa
del Sur quemante y maderero.
El sol con sus crines atómicas
hierve y galopa enfurecido
mientras pasa tu cola blanca
como un pescado por el cielo.

Vuélvete a la noche profunda,
luna de los ferrocarriles,
luna del tigre tenebroso,
luna de las cervecerías,
vuelve al salón condecorado
de las altas noches fluviales,
sigue deslizando tu honor
sobre la paciencia del cielo.



Pablo Neruda
de Estravagario







 
Bella noeva





Escolta.../ Escucha...


"... Che bella noeva che vo purtà
O bel faccin d'amore,
Dimmi che noeva m'hai purtà
Che sei venut'a quest'ora..."



 
Espinas cuando nieva


Suéñame suéñame aprisa estrella de tierra
cultivada por mis párpados cógeme por mis asas de sombra
alócame de alas de mármol ardiendo estrella estrella entre mis cenizas

Poder poder al fin hallar bajo mi sonrisa la estatua
de una tarde de sol los gestos a flor de agua
los ojos a flor de invierno

Tú que en la alcoba del viento estás velando
la inocencia de depender de la hermosura volandera
que se traiciona en el ardor con que las hojas se vuelven hacia el pecho más débil

Tú que asumes luz y abismo al borde de esta carne
que cae hasta mis pies como una viveza herida

Tú que en selvas de error andas perdida

Supón que en mi silencio vive una oscura rosa sin salida y sin lucha



Juan Larrea







 
Hosto gorri, hosto berde


Mingostasunak
daramatza hostoak
bazterretara.



Es la amargura
la que barre las hojas
de los caminos.

...

Errekak barre
uretara begira
dauden hostoei
.


Se ríe el río
de las hojas que están
mirando al agua.

...

Hosto horiek
zerumuga ukitzen
mingain muturrez
.


Toca esa hoja
con la punta de la lengua
el horizonte.




Juan Kruz Igerabide,
de Hosto gorri, hosto berde (Hoja roja, hoja verde).


 
Tinte encarnadino


El teñido se hacía en los patios contiguos al almacén. Los hombres, abrazados a pieles de animales recién sacrificados, se metían hasta la cintura en los estanques circulares, rojos , ocres o verdes, excavados en el suelo de piedra. En los pozos redondos, de metro veinte de diámetro, empujaban y pateaban hasta estar seguros de que el tinte había penetrado perfectamente en los poros de la piel que la víspera había sido parte de un animal vivo. Y cuando salían, pintados hasta el cuello, tirando de las pieles mojadas, parecía como si se hubieran quitado la de sus propios cuerpos. Se habían sumergido en diferentes colores como si fuera en países distintos.

Lo que querían los tintoreros, juntos allí de pie, representantes de diversas naciones, era un cigarrillo. Hablar, de pie, vestidos de verde, con un hombre vestido de amarillo, durante los cinco minutos que duraba la pausa, y fumar. Aspirar la energía fresca del humo e introducirla profundamente en sus pulmones, darle vueltas y exhalarla para que limpiara, si había suerte, la textura acre profundamente establecida en su interior, adherida a todos los rincones de su carne. Un cigarrillo, un rayo estelar a través de su carne, habría bastado para purificarlos.

Así los recordaría Patrick más tarde. Los cuerpos cansados, de pie, sólo la cabeza blanca. Si hubiera sido un artista los habría retratado, pero habría sido una celebración engañosa. ¿Qué significaba, en definitiva, aparecer estéticamente emplumado aquel día de octubre en el sector oriental de la ciudad, a quinientos metros de Front Street? ¿Qué desribiría el retrato? Que tenían de veinte a treinta y cinco años, que la mayoría eran macedonios, aunque había unos cuantos polacos y lituanos. Que por término medio sabían tres o cuatro frases de inglés, que nunca habían leído el Mail ni el Saturday Night. que a mediodía almorzaban de pie. Que habían consumido el olor más maligno de la historia, que lo estaban consumiendo ahora, muerte de la carne, yacente en el vacío entre la carne y la piel, aunque jamás volvieran a meterse en el foso... que dentro de un año seguirían eructando ese olor. Que morirían de tuberculosis y todavía no lo sabían. Que en invierno ese patio pintoresco y abigarrado era aún más hermoso, con la tenue capa de nieve entre los pozos humeantes. Temperaturas bajo cero, y los hombres sumergiéndose en las tintas, obedeciendo a la señal del mismo silbato, y cubriéndose después con arpillera mientras esperan de pie.

La única virtud del invierno era la desaparición del olor. Entonces no querían fumar, apenas podían respìrar. Sus bocas proyectaban plumas. Permanecían inmóviles y el vapor pasaba a través de la arpillera. Y cuando dejaban de humear sabían que estaban demasiado fríos y que tenían que entrar. Pero en octubre, cuando Patrick los observaba durante la pausa de la nave donde cortaba pieles, querían fumar. Y nunca podían; el ácido de las soluciones donde se metían era tan fuerte que el contacto de una llama les habría prendido fuego.
Un hombre verde en llamas.

(...)





El único momento de superioridad de los tintoreros era al final de la jornada. Bajo las tuberías de agua caliente, no sufrían ninguna modificación perceptible los primeros dos o tres minutos, como si, igual que una actriz incapaz de regresar de su papel al mundo real, hubieran de permanecer para siempre inmersos en aquel color lívido, del que sólo se liberaban sus mentes, hasta que, repentinamente, el color se retiraba del cuerpo como un vestido, cayendo a sus pies en una sola pieza, sobre la que pasaban de una zancada, con el erotismo de la liberación.





Lo que quedaba en la piel de los tintoreros era un olor hacia el que ninguna mujer se inclinaría jamás en la cama. Alice, tumbada junto al cuerpo exhausto de Patrick, le pasaba la lengua por el cuello, reconociendo su sabor, consciente de que las mujeres de los tintoreros nunca volverían a oler o a paladear a sus maridos de la misma forma; aun en el caso de que se quitaran todo el pigmento y los cristales de sal gruesa, los hombres seguirían oliendo al ángel con quien se debatían en el pozo, en la fosa. Tinte encarnadino.




Fragmento de En una piel de león, de Michael Ondaatje
(Trad. Manuel Sáenz de Heredia)



 
Imatge i espill

Imatge i espill! Els seus ulls abraçaven la noble silueta que es dreçava allà baix vora el blau, i en un moment de deliri extàtic cregué copsar amb aquella mirada la mateixa bellesa, la perfecció una i pura que viu en l'esperit i de la qual tenia davant seu una imatge i semblança, que feia de bon adorar. Era l'embriaguesa: sense cap recel, fins i tot amb deler, l'artista ple d'anys li donà la benvinguda. La seva imaginació s'abrusà, tot el seu saber entrava en efervescència, la memòria féu un salt enrere i li evocà pensaments antics, rebuts en la seva joventut, i que fins aleshores la flama de l'artista mai no havia abrandat per ella mateixa.





¿ No està escrit que el sol desvia la nostra atenció de les coses intel.lectuals vers les sensibles? És a dir, atueix i fascina la intel.ligència i la memòria fins a tal punt que l'ànima, davant el plaer, oblida completament la seva veritable natura i , embadalida d'admiració, resta captivada per l'objecte més bell que el sol il.lumina; i després, amb el sol ajut d'un cos, encara pot enlairar-se a una contemplació més elevada. En veritat, l'Amor fa com els matemàtics que ensenyen a infants inhàbils imatges sensibles de formes pures: el déu Eros, per fer-nos visible l'espiritual, se serveix de la figura i el color de la joventut humana, ens l'adorna amb tot l'esclat de la bellesa per tal d'ajudar-nos la memòria, i la seva visió ens abranda de dolor i d'esperança.

Això pensava el vell entusiasmat, amb prou facultats encara per sentir-ho. I el brogit del mar i el fulgor del sol li teixiren un somni seductor.



Fragment de La mort a Venècia, Thomas Mann
(trad. Joan Fontcuberta)

 
Schreit, schreit

La compañía se encuentra más allá del Raab. El de Langenau cabalga a su encuentro, solo. Llanura. Atardecer. El pomo de la silla relumbra por entre el polvo. Y entonces surge la luna. Él la ve en sus manos.
Sueña.
Pero algo le llama.
Le llama, le llama,
le desgarra el sueño.
No es un mochuelo. Misericordia:
el único árbol
le grita:
¡Hombre!
Y mira: algo se retuerce.
Se retuerce un cuerpo sujeto al árbol, y una joven,
sangrante y desnuda,
le reclama: ¡Suéltame!

Y él descabalga en el césped negro
y corta las sogas ardientes;
y ve cómo fulguran sus ojos
y muerden sus dientes.

¿Ríe acaso?

Se espanta.
Y ya está montado a caballo.
Y galopa en la noche. Cuerdas sangrantes aprieta en el puño.








Rainer Maria Rilke
fragmento de La canción de amor y muerte del alférez Cristoph Rilke (trad. Jesús Munárriz)
Imagen de Marcel Chirnoaga


 
Tot just unes notes


Aviat vindrà la tornada: és la tornada, sobretot, el que em plau, i la seva manera abrupta d'avançar, com un penya-segat contra el mar. De moment és jazz; no hi ha melodia, tot just unes notes, una miríada de petites sotragades. No tenen repòs, un ordre inflexible les fa néixer i les destrueix sense deixar-los mai lleure de refer-se, d'existir per elles mateixes. Corren, s'apressen, em colpeixen tot passant amb un cop sec i s'anorreen. M'agradaria de retenir-les, però sé que si aconseguís de deturar-ne una, només em restaria als dits un so canalla i llangorós. Cal que accepti llur mort; aquesta mort, àdhuc cal que la vulgui; conec poques impressions tan aspres i tan fortes.







En seguida vendrá el estribillo: es lo que más me gusta, sobre todo la manera abrupta de arrojarse hacia adelante, como un acantilado contra el mar. Por el momento, suena el jazz; no hay melodía, sólo notas, una miríada de breves sacudidas. No reconocen reposo, un orden inflexible las genera y destruye, sin dejarles nunca tiempo para recobrarse, para existir de por sí. Corren, se apiñan, me dan al pasar un golpe seco y se aniquilan. Me gustaría retenerlas, pero sé que si llegara a detener una, sólo quedaría en mis dedos un sonido canallesco y languideciente. Tengo que aceptar su muerte; hasta debo querer esta muerte; conozco pocas impresiones más asperas o más fuertes.



Fragment de La nàusea, Jean-Paul Sartre
Jazz Singer, Laura Higgins Palmer

 
He anat creixent...


He anat creixent, amb el matí, sense imposar-me límit.

Coneixereu que sóc jo perquè la veu no ment.

Més amunt de les comes també hi ha l'esperança
i un poblet esquifit de rara prespectiva.

Quan torni us contaré tot de secrets.

Vosaltres
no ho creureu, però és cert que he estat hoste del vent
i de la llum només un sol instant,
i que de lluny del brogit, en el més alt silenci,
us he comprès
i us he estimat amb tota l'ànima.




Miquel Martí i Pol
poema III, de Quinze poemes



 
Por debajo de ella


"A veces no se ve nada en la superfície, pero por debajo de ella todo está ardiendo."

Y. B. Mangunwijaya


" Podemos construir una opinión pública que logre ensordecer a Bush y Blair ," ( * ) "que los llame como lo que son, asesinos de niños, envenenadores de agua, homicidas. Podemos reinventar la desobediencia civil de mil maneras. Podemos sitiar al Imperio, quitarle el oxígeno, burlarnos de él con nuestro arte, nuestra literatura, nuestra obstinación, nuestra alegría y nuestro brillo. Negándonos a comprar lo que nos venden: sus ideas, su versión de la historia, su noción de inevitabilidad. Somos muchos y ellos son pocos. Otro mundo no solo es posible, sino que ya llegó. Ya se puede escuchar cómo está respirando."

Arundathi Roy


"Primero te ignoran. Luego se ríen de ti. A continuación te atacan. Entonces los derrotas."

Mahatma Gandhi





* per posar, suposo, dos exemples entenedors (per no dir exemplars) del llarg abecedari imperial de personatges (per no dir persones) que els hi van al davant, darrera, costat, sobre,sota...


 
Gogo no eiko


La respiración oscilante del marino hacía que el vello de su pecho diseminara en la luz tenue sombras palpitantes. Su mirada, de inquietante fulgor, no se apartó ni un instante de la mujer que se desnudaba. La luz de la luna, reflejada al fondo, dibujaba una cordillera de oro sobre sus hombros y doraba también la arteria que le surcaba el cuello. Era genuino oro carne, oro de luz lunar y de sudor resplandeciente. Su madre tardaba mucho en desnudarse: tal vez lo hacía deliberadamente.

De pronto, el hondo y dilatado lamento de la sirena de un buque irrumpió a través de la ventana abierta e inundó la penumbra del recinto. Era un gemido de oscura, infinita, imperiosa pesadumbre, negro como boca de lobo y liso como lomo de ballena, cargado con todas las pasiones de las mareas, con la memoria de los viajes sin cuento, con los júbilos, con las humillaciones... Era el grito del mar. La sirena, llena de fulgor y del delirio de la noche, irrumpía tonante, trayendo desde la lejanía marina, desde el muerto centro del mar, la noticia de su sed por el oscuro néctar de aquel pequeño cuarto.








Tsukazaki, con un brusco giro de hombros, se volvió y miró hacia las aguas.
Fue como si todo formara parte de un milagro: en aquel instante, todas las cosas apelmazadas dentro del pecho de Noboru desde el primer día de su vida se vieron liberadas y alcanzaron su consumación. Hasta el ulular de la sirena, todo se había reducido a meros amagos de un boceto. Los más delicados materiales se hallaban ya a punto, las cosas tomaban forma, todo se abría paso hacia el instante no terreno. Sólo faltaba un elemento: la fuerza que transfiguraría aquellas abigarradas vertientes de realidad en un palacio magnífico. Entonces, al conjuro de la sirena, las partes se fundieron en un todo perfecto.

Estaba la conjunción de la luna con un viento febril, de la carne desnuda e instigada de un hombre y una mujer, del sudor, del perfume, de las cicatrices de una vida en el mar, de la oscura memoria de puertos de todo el mundo, de una abertura estrecha, exenta de aire, del corazón de hierro de un chiquillo..., pero las cartas de esta baraja de adivino se hallaban diseminadas, no encerraban vaticino alguno. Al fin, el orden universal, restablecido gracias a un súbito grito de sirena, revelaba un cícrulo vital ineluctable; las cartas casaban por fin: Noboru y la madre, la madre y el hombre, el hombre y el mar, el mar y Noboru...





Fragmento de El marino que perdió la gracia del mar, de Yukio Mishima.
Diego Moya, Amun 5, 2002, T. Mixta/ Tabla, 40 x 180 cm.




 
El mar

Com els lloms foscos d'un ramat de poltres,
les onades s'acosten, desplomant-se
amb una remor sorda però lírica
que Homer va ser el primer a saber escoltar.
Cansades de la llarga galopada,
han començat a tremolar.
Després es queixen, ronques de plaer,
com una dona als braços de l'amant.
Les onades, més tard, han començat
a abraonar-se, escumejants, com llops
que haguessin olorat alguna presa.
El ponent, arribant de rere meu,
posa medalles roges als seus lloms.
En la vora mullada de la sorra
veig les teves empremtes i, per l'aire,
passa una ombra daurada del teu cos.
Era de tu que m'avisava, doncs,
amb els seus gestos de sord -mut, el mar.
Està dient que el lloc, dins meu, que ocupes
serà part de l'infern si el deixes buit.
Que al fons d'aquest amor torna a esperar-me
la desolació dels meus vint anys.



Joan Margarit



 
Entre feacios


Partió Foción el rodaballo, y en una rebanada de pan ofreció un trozo a Ulises.

- Tienes que aprender a reconocer las hojas secas caídas en los caminos. Y come el rodaballo mientras está caliente. Lo hemos asado a la manera de los feacios. Si alguna vez naufragas y no sabes dónde estás, por el pescado asado de esta forma sabrás que estás entre feacios. Es la única costa griega en la que a los náufragos les llaman amigos, y no suplicantes. Tienen pintado en el techo de su leque el cielo, con todas las estrellas. Te preguntan cuáles ves desde la puerta de tu casa en el solsticio de invierno, y así saben de dónde vienes.

- Desde mi ventana, Foción, yo veo en el solsticio de invierno uno de los ojos de Orión, y a Aldebarán en el lomo del Toro. Mi madre me dice que mirar muchas horas a Aldebarán me hará violento.

- Los feacios, Ulises, tienen vasos con dos asas, y las mujeres los imitan, apoyando el dorso de sus manos en la cintura.

- ¿Son morenas?

- Son doradas.

-¿Qué es más hermosa cosa, Foción, una nave o una mujer?

El piloto vertió en la arena el vaso de vino.

- La tierra es hermosa y el mar también lo es. Ser libre de ir y venir es grande cosa. ¿Qué es la más marinera de las naves sin un piloto? No hay respuesta a tu pregunta, joven Ulises. Acaso, al final de los días...







-¿De qué se hace la nave más ligera para ir a los feacios?

-De palabras, Ulises. Te sientas, apoyas el codo en la rodilla y el mentón en la palma de la mano, sueñas, y comienzas a hablar:

"Navegaba, alegremente empujada mi nave por Bóreas vivificador en demanda de la isla de los feacios felices, vestidos de púrpura desde que amanece hasta que anochece"... Pero para regresar, Ulises, la nave de las palabras no sirve. Hay que arrastrar la carne por el agua y la arena.




fragmento de Las mocedades de Ulises, de Álvaro Cunqueiro.





 
Si


Si em bressolares asseguda als teus genolls
davall dels feixos, cantant-me cançonetes de son.

Si em parlares amb paraules d'amor,
trenant els meus cabells, cantant-me cançonetes de son.

Si em portares presa de les mans,
quan ja no resta llum, cantant-me cançonetes de mort.


de L'ham de foc.












 
No me obliguéis


No me obliguéis
a negar
lo que he visto verdadero en mi sueño,
lo que he visto sueño en la realidad.



Artur Lundkvist