Gogo no eiko
La respiración oscilante del marino hacía que el vello de su pecho diseminara en la luz tenue sombras palpitantes. Su mirada, de inquietante fulgor, no se apartó ni un instante de la mujer que se desnudaba. La luz de la luna, reflejada al fondo, dibujaba una cordillera de oro sobre sus hombros y doraba también la arteria que le surcaba el cuello. Era genuino oro carne, oro de luz lunar y de sudor resplandeciente. Su madre tardaba mucho en desnudarse: tal vez lo hacía deliberadamente.
De pronto, el hondo y dilatado lamento de la sirena de un buque irrumpió a través de la ventana abierta e inundó la penumbra del recinto. Era un gemido de oscura, infinita, imperiosa pesadumbre, negro como boca de lobo y liso como lomo de ballena, cargado con todas las pasiones de las mareas, con la memoria de los viajes sin cuento, con los júbilos, con las humillaciones... Era el grito del mar. La sirena, llena de fulgor y del delirio de la noche, irrumpía tonante, trayendo desde la lejanía marina, desde el muerto centro del mar, la noticia de su sed por el oscuro néctar de aquel pequeño cuarto.

Tsukazaki, con un brusco giro de hombros, se volvió y miró hacia las aguas.
Fue como si todo formara parte de un milagro: en aquel instante, todas las cosas apelmazadas dentro del pecho de Noboru desde el primer día de su vida se vieron liberadas y alcanzaron su consumación. Hasta el ulular de la sirena, todo se había reducido a meros amagos de un boceto. Los más delicados materiales se hallaban ya a punto, las cosas tomaban forma, todo se abría paso hacia el instante no terreno. Sólo faltaba un elemento: la fuerza que transfiguraría aquellas abigarradas vertientes de realidad en un palacio magnífico. Entonces, al conjuro de la sirena, las partes se fundieron en un todo perfecto.
Estaba la conjunción de la luna con un viento febril, de la carne desnuda e instigada de un hombre y una mujer, del sudor, del perfume, de las cicatrices de una vida en el mar, de la oscura memoria de puertos de todo el mundo, de una abertura estrecha, exenta de aire, del corazón de hierro de un chiquillo..., pero las cartas de esta baraja de adivino se hallaban diseminadas, no encerraban vaticino alguno. Al fin, el orden universal, restablecido gracias a un súbito grito de sirena, revelaba un cícrulo vital ineluctable; las cartas casaban por fin: Noboru y la madre, la madre y el hombre, el hombre y el mar, el mar y Noboru...
Fragmento de El marino que perdió la gracia del mar, de Yukio Mishima.
Diego Moya, Amun 5, 2002, T. Mixta/ Tabla, 40 x 180 cm.
El mar
Com els lloms foscos d'un ramat de poltres,
les onades s'acosten, desplomant-se
amb una remor sorda però lírica
que Homer va ser el primer a saber escoltar.
Cansades de la llarga galopada,
han començat a tremolar.
Després es queixen, ronques de plaer,
com una dona als braços de l'amant.
Les onades, més tard, han començat
a abraonar-se, escumejants, com llops
que haguessin olorat alguna presa.
El ponent, arribant de rere meu,
posa medalles roges als seus lloms.
En la vora mullada de la sorra
veig les teves empremtes i, per l'aire,
passa una ombra daurada del teu cos.
Era de tu que m'avisava, doncs,
amb els seus gestos de sord -mut, el mar.
Està dient que el lloc, dins meu, que ocupes
serà part de l'infern si el deixes buit.
Que al fons d'aquest amor torna a esperar-me
la desolació dels meus vint anys.
Joan Margarit





