Bella noeva

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"... Che bella noeva che vo purtà
O bel faccin d'amore,
Dimmi che noeva m'hai purtà
Che sei venut'a quest'ora..."
Espinas cuando nieva
Suéñame suéñame aprisa estrella de tierra
cultivada por mis párpados cógeme por mis asas de sombra
alócame de alas de mármol ardiendo estrella estrella entre mis cenizas
Poder poder al fin hallar bajo mi sonrisa la estatua
de una tarde de sol los gestos a flor de agua
los ojos a flor de invierno
Tú que en la alcoba del viento estás velando
la inocencia de depender de la hermosura volandera
que se traiciona en el ardor con que las hojas se vuelven hacia el pecho más débil
Tú que asumes luz y abismo al borde de esta carne
que cae hasta mis pies como una viveza herida
Tú que en selvas de error andas perdida
Supón que en mi silencio vive una oscura rosa sin salida y sin lucha
Juan Larrea

Hosto gorri, hosto berde
Mingostasunak
daramatza hostoak
bazterretara.
Es la amargura
la que barre las hojas
de los caminos.
...
Errekak barre
uretara begira
dauden hostoei.
Se ríe el río
de las hojas que están
mirando al agua.
...
Hosto horiek
zerumuga ukitzen
mingain muturrez.
Toca esa hoja
con la punta de la lengua
el horizonte.
Juan Kruz Igerabide,
de Hosto gorri, hosto berde (Hoja roja, hoja verde).
Tinte encarnadino
El teñido se hacía en los patios contiguos al almacén. Los hombres, abrazados a pieles de animales recién sacrificados, se metían hasta la cintura en los estanques circulares, rojos , ocres o verdes, excavados en el suelo de piedra. En los pozos redondos, de metro veinte de diámetro, empujaban y pateaban hasta estar seguros de que el tinte había penetrado perfectamente en los poros de la piel que la víspera había sido parte de un animal vivo. Y cuando salían, pintados hasta el cuello, tirando de las pieles mojadas, parecía como si se hubieran quitado la de sus propios cuerpos. Se habían sumergido en diferentes colores como si fuera en países distintos.
Lo que querían los tintoreros, juntos allí de pie, representantes de diversas naciones, era un cigarrillo. Hablar, de pie, vestidos de verde, con un hombre vestido de amarillo, durante los cinco minutos que duraba la pausa, y fumar. Aspirar la energía fresca del humo e introducirla profundamente en sus pulmones, darle vueltas y exhalarla para que limpiara, si había suerte, la textura acre profundamente establecida en su interior, adherida a todos los rincones de su carne. Un cigarrillo, un rayo estelar a través de su carne, habría bastado para purificarlos.
Así los recordaría Patrick más tarde. Los cuerpos cansados, de pie, sólo la cabeza blanca. Si hubiera sido un artista los habría retratado, pero habría sido una celebración engañosa. ¿Qué significaba, en definitiva, aparecer estéticamente emplumado aquel día de octubre en el sector oriental de la ciudad, a quinientos metros de Front Street? ¿Qué desribiría el retrato? Que tenían de veinte a treinta y cinco años, que la mayoría eran macedonios, aunque había unos cuantos polacos y lituanos. Que por término medio sabían tres o cuatro frases de inglés, que nunca habían leído el Mail ni el Saturday Night. que a mediodía almorzaban de pie. Que habían consumido el olor más maligno de la historia, que lo estaban consumiendo ahora, muerte de la carne, yacente en el vacío entre la carne y la piel, aunque jamás volvieran a meterse en el foso... que dentro de un año seguirían eructando ese olor. Que morirían de tuberculosis y todavía no lo sabían. Que en invierno ese patio pintoresco y abigarrado era aún más hermoso, con la tenue capa de nieve entre los pozos humeantes. Temperaturas bajo cero, y los hombres sumergiéndose en las tintas, obedeciendo a la señal del mismo silbato, y cubriéndose después con arpillera mientras esperan de pie.
La única virtud del invierno era la desaparición del olor. Entonces no querían fumar, apenas podían respìrar. Sus bocas proyectaban plumas. Permanecían inmóviles y el vapor pasaba a través de la arpillera. Y cuando dejaban de humear sabían que estaban demasiado fríos y que tenían que entrar. Pero en octubre, cuando Patrick los observaba durante la pausa de la nave donde cortaba pieles, querían fumar. Y nunca podían; el ácido de las soluciones donde se metían era tan fuerte que el contacto de una llama les habría prendido fuego.
Un hombre verde en llamas.
(...)

El único momento de superioridad de los tintoreros era al final de la jornada. Bajo las tuberías de agua caliente, no sufrían ninguna modificación perceptible los primeros dos o tres minutos, como si, igual que una actriz incapaz de regresar de su papel al mundo real, hubieran de permanecer para siempre inmersos en aquel color lívido, del que sólo se liberaban sus mentes, hasta que, repentinamente, el color se retiraba del cuerpo como un vestido, cayendo a sus pies en una sola pieza, sobre la que pasaban de una zancada, con el erotismo de la liberación.

Lo que quedaba en la piel de los tintoreros era un olor hacia el que ninguna mujer se inclinaría jamás en la cama. Alice, tumbada junto al cuerpo exhausto de Patrick, le pasaba la lengua por el cuello, reconociendo su sabor, consciente de que las mujeres de los tintoreros nunca volverían a oler o a paladear a sus maridos de la misma forma; aun en el caso de que se quitaran todo el pigmento y los cristales de sal gruesa, los hombres seguirían oliendo al ángel con quien se debatían en el pozo, en la fosa. Tinte encarnadino.
Fragmento de En una piel de león, de Michael Ondaatje
(Trad. Manuel Sáenz de Heredia)





