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Efímero


El rostro de Makiko permanecía invisible. Lo único que Isao podía ver era algo más oscuro que la noche; la masa de sus cabellos estaba a la altura de su pecho y en su pecho ella había sepultado su rostro. El aroma que escapaba de su pelo semejaba una pantalla que limitaba su visión. Todos sus sentidos parecían como impregnados por aquel aroma. Los pies le temblaban en las galochas y las correas que las sujetaban chirriaron quedamente. Sus piernas parecieron deslizarse y, como un hombre cogido por alguien que se está ahogando, extendió los brazos tan sólo para estrechar a Makiko entre ellos.

La abrazó, pero lo que sentía debajo de su ligero abrigo no era más que la firmeza de su obi, protuberante y firmemente colocado, con sus almohadillas que formaban una especie de suave arco. Aquellos atuendos parecían poner una gran distancia entre ellos; una distancia aún mayor que la que les separaba antes de que él la abrazara. Sin embargo, lo que esta sensación comunicaba a Isao era la de una realidad que se situaba més allá de todas sus imágenes mentales del cuerpo femenino. Ninguna desnudez real y palpable podía ser tan completa.

De pronto, un arrebatado éxtasis se apoderó de Isao, transformándolo en un caballo que se desboca y rompe todas las ataduras. Una fuerza salvaje corría por sus brazos mientras retenía en ellos a la mujer. La sujetó contra él firmemente, sintiendo que los dos cuerpos se sacudían como el mástil de un navío zozobrante. El rostro que se había ocultado en su pecho estaba ahora vuelto hacia el rostro del muchacho. ¡Aquel rostro! Su expresión era exactamente aquella con la que había soñado noche tras noche. Era la expresión que sabía adoptaría Makiko cuando fuese a darle el último adiós. Las lágrimas recorrían sus maravillosas facciones, que no llevaban afeite alguno. Sus ojos húmedos estaban puestos en Isao y le miraban con una fuerza superior a la de la onírica visión. Su cabeza era como una delicada pompa de jabón que flotara ante él tras haber surgido de una hondura inimaginable. En la penumbra temblaban sus labios suavemente mientras suspiraba una y otra vez. Isao no pudo contenserse más al sentir aquella boca tan cerca suyo y, para eliminar aquella distancia, hizo lo único posible: rozar con sus labios los labios de Makiko. Así, tan naturalmente como una hoja cae para posarse encima de otra hoja, Isao dio y recibió el primero y último beso de su vida. Los labios de la muchacha le recordaron las hojas rojas del cerezo que había visto en Yanagawa. Estaba sorprendido por la invasión de ternura que le recorría el cuerpo dulcemente cuando sus bocas se juntaron. El mundo entero pareció estremecerse en el preciso punto en que se operaba la fusión, surgiendo, desde ese instante, una transformaciópn que alteraba toda su carne. La sensación de encontrarse sumergido en algo indescriptiblemente cálido y suave llegó a su apogeo cuando advirtió que había tragado un poco de saliva de Makiko.






Fragmento de Caballos desbocados, de Yukio Mishima.
(traducción, Pablo Mañé Garzón)