Menos almíbar, niño, que se te caen los dientes
Ser siempre el escolar díscolo que no dejaba desteñir sobre los libros la tristeza del pupitre, se asomaba sin vértigo a los márgenes de páginas prohibidas, prefería el negro habitable de la pizarra al mentiroso blanco de la tiza. Olvidar siempre la lección. No terminar nunca de aprender.
(Pues que el poeta, alumno ambivalente que se quedó estancado en el parvulario, tiene que seguir siempre aprendiendo a leer y escribir).
Para interpretar a Bach no basta un clavicémbalo hambriento. No basta un violín de talco. No basta una almendra amarga en los cuévanos del corazón.
Extrañamiento. Un cabildo universal de verdugos endomingados donde sólo puedes ser el extrañado, el extranjero.
Acaso no resulte desventajoso, a la postre, ser ciudadano de una tierra que tan concienzudamente como Sefarad ha ennoblecido la condición del exilio.
A la radicalidad de la devastación que hoy degrada continentes y conciencias solamente cabe oponer la radicalidad de un rechazo que te proyecte, en cada momento, un paso más allá que el afirmativo chuzo progresista del criminal; por desgracia nunca irrecuperablemente. Y reiterar el exceso de este disparate mientras conserves uso de razón y fuerza en los muslos, a sabiendas de que al final vas a perder o a perderte. En algún lugar muy dentro de este mundo.
La ermita te sigue como un perro pastor. Acaricias descuidadamente el espinazo de piedra viva y retiras la mano abrasada por un incendio. Y así llamea la aparente consistencia de cada ser. ¿No ha de bastar esa quemadura para minimizar tu resignación, conformismo, sumisión? Algún día te atreverás a mirar derechamente los ojos traspasados de Vincent van Gogh.
«La verdadera vida está ausente». Pero antes de abandonarnos se ha posado un momento sobre la mano de miel del poema, y no hay ya renuncia capaz de restañar esa herida.
Pesa tan poco que no se quiebren los tallos de la hierba sobre la que caminas.
Con palos golpeaban rabiosamente la tierra envenenada, hasta que los deslumbró la vacilación del crepúsculo.
Jorge Riechmann
de Cántico de la erosión (1985-1986)
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No sé si será problema de mi navegador o qué, el caso es no aparecen bien las tildes ni las ñ.
A lo que iba: interesante texto de un autor que desconocía.
A lo que iba: interesante texto de un autor que desconocía.
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Moi descriptivo. Bicos
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Saber entre que renglones paseas es saber más de ti.
Gracias por traer a Jorge Riechmann.
Un beso.
Gracias por traer a Jorge Riechmann.
Un beso.
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No había leído nada de él.
Me ha gustado.
Besos.
Me ha gustado.
Besos.