Relámpago
Viajando entre Las palmeras salvajes...
- Me gusta el agua -dijo ella -. Es un lugar para morir. No en el aire caliente, sobre el suelo caliente, y esperar horas para que se enfríe la sangre y uno pueda dormir, y semanas para que el pelo deje de crecer. El agua, el fresco, para enfriarlo, tan pronto que uno pueda dormir para borrar del cerebro y de los ojos y de la sangre todo lo que se ha visto y pensado y sentido y necesitado y negado.
Y de repente, un relámpago cruza mi bóveda
Partida
Un camino
hasta el confín:
altas puertas de oro
lo cierran:
galerías profundas;
arcadas...
El aire no tiene peso;
las puertas se balancean
en el vacío;
se deshacen en polvo de oro;
se juntan, se separan;
bajan a las tumbas
de algas;
suben cargadas de corales.
Rondas,
hay rondas de columnas;
las puertas se esconden
detrás de los parapetos azules;
el agua brota en campos de nomeolvides;
echa desiertos de cristales morados;
incuba grandes gusanos esmeralda;
se trenza los brazos innumerables.
Lluvia de alas,
ahora;
ángeles rosados
se clavan como flechas
en el mar.
Podría caminar sobre ellos
sin hundirme.
Una senda de cifras
para mis pies:
Columnas de números
para cada paso,
submarinas.
Me llevan:
enredaderas invisibles
alargan sus garfios
desde el horizonte:
Mi cuello cruje.
Ya camino.
El agua no cede.
Mis hombros se abren en alas.
Toco con sus extremos
los extremos del cielo.
Lo hiero:
La sangre del cielo
bañando el mar...
Amapolas, amapolas,
no hay más que amapolas...
Me aligero:
la carne cae de mis huesos.
Ahora.
El mar sube por el canal
de mis vértebras.
Ahora.
El cielo rueda por el lecho
de mis venas.
Ahora.
¡ El sol ! ¡ El sol !
Sus últimos hilos
me envuelven,
me impulsan:
Soy un huso:
¡ Giro, giro, giro, giro! ...
Alfonsina Storni





