Decadente Raúl...moderno Raúl
Tristísimo día ese en el que a Raúl se le cayó todo, y lo perdió.
Perdió la inocencia y todo lo que le quedaba del antiguo Raúl. Se le borró la sonrisa tras ese puñetazo y la boca ensangrentada. Se le borraron las ilusiones de la mirada para dejar paso a unos ojos tristes. Tristísimos ojos caídos que ya nunca más se dejarían engañar.
Qué estúpido había sido al pensar que era como los demás. Al pensar que podía caminar por el mundo sin un ápice de cobardía, al pensar que nada ni nadie sería capaz nunca de rebajarle a la mínima expresión. Porque él siempre había mirado a los ojos de la gente con honestidad y simpatía, envuelto en un halo de misterio, tímido como era él pero claro, sin hacer daño a nadie y expresando todo el amor que llevaba dentro.
Pero él era diferente, y a pesar de que no se sentía tan extraño y ajeno al resto, eso lo sabían hasta las lágrimas que cada dia salían de sus ojos, siempre a la misma hora, siempre las mismas perlas de agua salada resbalando por sus mejilas, siempre recordándole a pesar del autoengaño, que él no era como los demás. Aunque por otro lado, la diferenca no era tanta, simplemente era eso... una diferencia que le alejaba del resto de los mortales.
Una estupidez también haber nacido, pensó el chico.
Una estupidez que le costaría la vida. Que le llevaría a una muerte extravagante para marcar una época, un suspiro de modernidad entre tanta decadencia. O quizá fuera un suspiro de decadencia entre tanta modernidad... Si es que se puede calificar como un momento excesivamente moderno, o frágilmente moderno, a aquel en el que las palizas aún eran algo válido para marcar la diferencia entre ellos y nosotros, entre su mundo y el nuestro, entre lo moderno y lo antiguo, entre Raúl y sus iguales, Raúl y sus diferentes.
Un suicidio para marcarse a sí mismo como un mito, un mito pasajero que ni siquiera sería recordado por aquellos que le rodeaban o que fingían rodearle, más alla de aquel 1988. De aquel 15 de octubre de 1988.
Un tristísimo día ese tambén.
Tan adorable que siempre... OS QUIERO.
Perdió la inocencia y todo lo que le quedaba del antiguo Raúl. Se le borró la sonrisa tras ese puñetazo y la boca ensangrentada. Se le borraron las ilusiones de la mirada para dejar paso a unos ojos tristes. Tristísimos ojos caídos que ya nunca más se dejarían engañar.
Qué estúpido había sido al pensar que era como los demás. Al pensar que podía caminar por el mundo sin un ápice de cobardía, al pensar que nada ni nadie sería capaz nunca de rebajarle a la mínima expresión. Porque él siempre había mirado a los ojos de la gente con honestidad y simpatía, envuelto en un halo de misterio, tímido como era él pero claro, sin hacer daño a nadie y expresando todo el amor que llevaba dentro.
Pero él era diferente, y a pesar de que no se sentía tan extraño y ajeno al resto, eso lo sabían hasta las lágrimas que cada dia salían de sus ojos, siempre a la misma hora, siempre las mismas perlas de agua salada resbalando por sus mejilas, siempre recordándole a pesar del autoengaño, que él no era como los demás. Aunque por otro lado, la diferenca no era tanta, simplemente era eso... una diferencia que le alejaba del resto de los mortales.
Una estupidez también haber nacido, pensó el chico.
Una estupidez que le costaría la vida. Que le llevaría a una muerte extravagante para marcar una época, un suspiro de modernidad entre tanta decadencia. O quizá fuera un suspiro de decadencia entre tanta modernidad... Si es que se puede calificar como un momento excesivamente moderno, o frágilmente moderno, a aquel en el que las palizas aún eran algo válido para marcar la diferencia entre ellos y nosotros, entre su mundo y el nuestro, entre lo moderno y lo antiguo, entre Raúl y sus iguales, Raúl y sus diferentes.
Un suicidio para marcarse a sí mismo como un mito, un mito pasajero que ni siquiera sería recordado por aquellos que le rodeaban o que fingían rodearle, más alla de aquel 1988. De aquel 15 de octubre de 1988.
Un tristísimo día ese tambén.
Tan adorable que siempre... OS QUIERO.





