logotipo

img_google
Tan adorable como Audrey
Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de si misma.
Acerca de
No, no soy Audrey (la Hepburn claro), aunque si pretendo ser tan adorable como ella. Y de igual manera pretendo contarles mi adorable vida, o al menos eso me gustaría. Y no olvideis, para conseguir esto, mi máxima: "Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de si misma". Gracias Almodóvar.
Sindicación
 
A TÍ, DONDE QUIERA QUE ESTÉS
La habitación era blanca. Blanca como cualquier habitación. Blanca pero triste y lúgubre. Él aún estaba ahí tumbado pero ya casi no se sentía su presencia. La respiración era entrecortada, parecía como si se ahogara en cada exhalación que salía de sus labios. Esos labios resecos. Resecos de vida y esperanza, de alegría y de palabras, y que auguraban un fin que yo no quería ver. Flotaba en el aire un horror desconcertante, y que se me presentaba antinatural, increíble, que se proponía alcanzar mi locura de un momento a otro.

Mis piernas se estremecían, y al intentar enlazar un paso con otro era como si las suelas de mis zapatos se compusieran de acero, y mis pies se encontraran pegados a una superficie arcillosa. Conteniendo las lágrimas (era necesario que él no notara nada), y que tontería, probablemente fuera el que mejor conociera lo que pasaría en las próximas horas. A pesar de todo, conteniendo las lágrimas me acerqué hasta su cama y agarré su mano para retenerla entre las mías temblorosas. Me decidí a hacerlo. Y al sentir su tacto, su olor, su necesidad de mí desde esa cama de hospital todo se empezó a derrumbar ante mis ojos, y noté como esas paredes tan blancas me aplastaban hasta dejarme sin aliento.

Me di cuenta de que intentaba decirme algo, pero sus palabras no lograban alcanzar mis oídos. Así que tuve que armarme de valor y empujar con todas mis fuerzas esas paredes que se nos estaban echando encima, para que me dejaran postrarme ante él y su cama, y darle el beso más dulce que mis labios proyectaban en mis 16 años de vida. Un beso que se posó en su mejilla cual pétalo de rosa impregnado de unas cálidas gotas de rocío. Un beso del que jamás podré olvidar esa barba que intentaba abrirse paso al chocar con mis labios. Esa barba que tantas otras veces me había pinchado y ahora la sentía como suave algodón.

Y entonces él pudo pronunciar, y yo escuchar, aquello que tanto ansiaba decirme:
_ Hola pequeña, no tenías que haber venido. Tú no deberías estar aquí. Tú estudia, estudia y pórtate bien que yo vigilaré cada paso que des. Y ya no vengas más aquí.

No le quedaban fuerzas para decir nada más, mientras que en mis ojos se estaba debatiendo una dura pelea cuerpo a cuerpo para que mis lágrimas no salieran a presión. Era difícil impedirlo, y ya incluso me dolía la cabeza de tanto aguantar el dolor.

Reuní de nuevo todo el valor que fui capaz buscando en cada rincón de mi cuerpo, para acercarme a su oído esta vez y susurrar:
_ Te quiero.

Sonrió. Juro que vi su sonrisa aunque todos decían que su cuerpo ya ni siquiera soportaba eso, pero yo lo vi. Me costó mucho pronunciar esas tres míseras sílabas porque tenía miedo, pero algo dentro de mí me decía que debía hacerlo. Y vi también su paz, y me encontré mejor.

Aunque no podía apartar mi mirada de él, me fui alejando de su cama para ir acercándome a la puerta de esa habitación que desde un primer momento me había rechazado. Finalmente logré salir de allí para dejar que mis ojos prorrumpieran en lágrimas y mi cabeza estallara de dolor.

Esa fue la última vez que vi a mi padre. Postrado en una cama de hospital mientras un cuerpo hambriento, malvado, y lleno de tentáculos le arrebataba la vida.

Pero ese cuerpo ingrato no pudo conmigo, y lo que logro recordar es lo mejor que podía esperar y lo único que me queda de él. Sus palabras, y esa sonrisa tan sincera y profunda al escuchar las mías. Me contaron que al emitir su último suspiro de vida puso exactamente esa misma expresión que yo había descrito. Y sé que permanece con ella cada vez que vigila uno de mis pasos.



A ti, donde quiera que estés,
Miriam

No