logotipo

img_google
Adorable locura
Apuntes sobre nuestra cordura
Acerca de
Si la perfección existe, yo no me acerco ni lo más mínimo a ella. Soy desconfiada, escéptica y un tanto cabezota. Dudo de todo lo que parece seguro y lo desconocido me da un miedo que nunca creí capaz de sentir. Pero bueno, si cabe resaltar alguna virtud entre tanto defecto es que amo con locura a mi familia, daría la vida por un amigo (de los de verdad, no de esos que estan ahí sólo para las fiestas) y que no podría vivir sin ellos, porque si yo soy el nombre, ellos son mis apellidos.
Sindicación
 
Canto al Carpe Diem
Aquel día cumplía un número de años del que apenas podía recordar ni la mitad. Siempre había creído que los únicos acontecimientos que conseguían escapar del control del hombre eran los fenómenos metereológicos y el paso del tiempo. Los ostentosos envoltorios de los regalos iluminaban aquella habitación y viendo la horrible escena me di cuenta de lo bella que era la luz del sol, aquel rayo que se asomaba a la ventana cada mañana y conseguía burlar la barrera de unos sucios cristales olvidados hasta por la lluvia.

Quise llorar, pero no lo hice. Me insulté a mi mismo por no haber disfrutado de los pequeños detalles que me había brindado la vida, lamentando el ayer e implorándole a un Dios en el que jamás había creído la oportunidad de poder ver el mañana. Por fin me había dado cuenta de que la cobardía era la más terrible de las enfermedades y sentí un deseo irrefrenable de levantarme de la cama y buscar por toda la casa una medicina que la mitigase.

Pasaron las horas y los remitentes de aquellos paquetes se mantuvieron escondidos en la dirección postal desde la que provenían. Al fin y al cabo sólo era una fecha que había quedado registrada en el móvil de cada uno de ellos. Supuse que la sensación de lástima ante una muerte inminente era demasiado difícil de enmascarar, y añadí a aquella lista de fenómenos incontrolables por el hombre un ítem más: sus propios sentimientos.

Reconocí que me había casado con aquella mujer porque había estado con ella demasiado tiempo como para abandonarla, que había estudiado derecho porque a un locutor de radio se le había ocurrido la ingeniosa idea de que era la profesión del futuro y que comía aquella asquerosa comida integral porque engordar dañaba una imagen mantenida por los actores que protagonizaban anuncios de champú. Resultó triste admitir que me había negado a mi mismo el derecho a amar con locura, a dedicar mi vida a algo que me gustase de verdad y a engullir todas las calorías que contenían los ricos pasteles de la panadería de la esquina.

Había sido un buen marido, un abogado eficaz y un sex-simbol irresistible, y sin embargo cuando la incertidumbre me invadió al pensar si al día siguiente podría ver ese rayo de sol que me fascinaba me miré al espejo y le pedí cual Blancanieves que me permitiese volver atrás. Supe que aquel no era el cristal mágico protagonista de aquel bonito cuento, pero también supe que si cuando anocheciese sentía el deseo de alcanzar una estrella, saldría al balcón y volcaría el cielo para conseguirla.

Me deseé feliz cumpleaños a mi mismo y me dormí soñando con un futuro efímero pero realmente mío.
No