Franco, treinta años ausente

El Diurnal de JAI
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Treinta años después de su muerte Francisco Franco (“Ese hombre”, como decía el documental de la época) sigue siendo noticia. Para los que entonces rondábamos los catorce años de edad y no estábamos demasiado puestos en las cosas de la política, aunque creo que si mucho más que los adolescentes de ahora, los tres días de vacaciones escolares con las que se manifestaba el luto escolar fueron vividos de forma diferente. Algunos los pasamos frente al televisor fascinados por el poder de la actualidad y el quehacer informativo.
De Franco se ha dicho de todo: verdades, mentiras y medio pensionistas, como suele decir un amigo que conoció a Franco mucho mejor que yo, aunque sería difícil si la historia le ha hecho realmente justicia.
Cuando se habla de Franco es fácil referirse a las penas de muerte, la censura, los presos políticos, el aislamiento internacional, la falta de libertad... pero pocas veces se suelen mencionar aquellas cosas que, aunque fueran pocas y en una situación de sometimiento, sin duda en cuarenta años se tuvieron que hacer, al menos, un poco bien.
Lo que a Franco nadie le puede negar es que, lo haya hecho bien o mal, cumplió con lo que en su testamento dejó escrito: siempre quiso vivir y morir como católico. Si lo consiguió o no eso tan solo lo sabrán él y el Padre Eterno. Los demás podremos opinar pero juzgar la fe de Franco es algo que tan solo corresponde a quien un día nos juzgará a todos.
Sin el apasionamiento que dan las ideologías que es capaz de decir que lo negro es blanco con tal de no ceder ante el adversario, nadie puede negar que Franco dio a la Iglesia católica lo que ningún otro régimen político anterior le había dado. Para unos eso ayudo a la Iglesia que debería estarle agradecida después de que los años de la República y la guerra civil se cebaran en mucho de sus sacerdotes y seglares tan solo por el hecho de ser y reconocerse como católicos. Y para otros todos los recursos del Estado que Franco puso al servicio de la Iglesia no hicieron mas que alejarla del pueblo y convertirla en un elemento más de la consolidación de un régimen totalitario. Lo que hoy, treinta años después, nunca hace el recuerdo de Franco es dejar a nadie indiferente.
En un día cómo hoy es seguro que se celebrarán en diversos lugares, junto con el recuerdo a Jose Antonio, muchas Misas en su recuerdo y en otros tantos lugares surgirá la polémica por que algunos párrocos se negarán a celebrarlas. Es algo habitual de cada 20 de noviembre.
Para bien o para mal Franco sigue en el recuerdo de la vida política de los españoles. Mientras IU pide que se legisle como delito lo que ellos llaman “apología del franquismo” otros bucean en la historia y nos descubren algunos mitos falsos atribuidos al generalísimo y a sus sucesivos gobiernos. A la vez que unos recurren a la consabida frase “eso con Franco no pasaba” para referirse a la inseguridad ciudadana o a la dudosa aplicación de la justicia otros emplean el término “franquista” como sinónimo de fascista, retrógrado o, simplemente, antidemocrático.
A medida que pasan los años y hay cosas que se descubren y se conocen mejor y, a la vez, las pasiones ideológicas van dando pasos a una mayor ecuanimidad en la ponderación de ese trozo importante de nuestra historia que, todavía no se por qué, algunos se empeñan en querer borrar como si nunca hubiera sucedido, es fácil encontrarse con que ni todo en la trayectoria de Francisco Franco fue especialmente bueno ni todo, tampoco, fue un verdadero apocalipsis en la vida de los españoles.
Si en algo muchos podemos identificarnos con Franco, aunque no sea políticamente correcto decir esto e incluso alguno me responda llamándome lo que no soy, es en el deseo que antes se citaba y que él mismo expreso al final de sus días: también somos muchos los que queremos vivir y morir como católicos. Otra cosa es que sepamos hacerlo bien. De lo que no cabe duda es de eso no lo podemos conseguir si no es “por la gracia de Dios”.
“Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud” (Salmo 71)