¿Qué hemos hecho mal?

El Diurnal de JAI
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Al leer en el último número de la Hoja Diocesana “ESTA HORA” que sólo ciento cincuenta mil asturianos asisten a Misa los domingos y de entre los jóvenes tan sólo seis de cada cien, caben tres posturas: la del avestruz, enterrar la cabeza, decir que no pasa nada o poner en tela de juicio el valor de la sociología y la estadística; la del boomerang, acusar a la sociedad, al gobierno, a la cultura y a la modernidad de haber llegado a esta situación; o la del homo sapiens, preguntarse qué hemos podido hacer mal. Sin lugar a dudas la más constructiva, evangélica y cercana a la sabiduría es esta última.
Cuando desciende, tanto adultos como jóvenes, la participación en la misa Dominical algo habremos hecho o estaremos haciendo mal o, lo más probable, algo estaremos dejando de hacer para que no exista un interés, una inquietud y una motivación por compartir el sacramento eucarístico.
No sería nada raro que aquellos que no se identifican como católicos tampoco acudieran a Misa los domingos. Sería algo lógico y coherente. Lo que ya no lo es tanto es que uno se defina como católico pero no de importancia al cumplimiento dominical.
¿Se ha dado la suficiente importancia a la Eucaristía en la catequesis de iniciación cristiana o en la pastoral juvenil?. Esta es una de las muchas preguntas que ante datos así podemos hacernos. ¿Son las eucaristías que celebramos un espacio espiritual de encuentro eclesial con Cristo y los hermanos o tan solo un ámbito desde el cual adoctrinar en mi forma de entender y ver las cosas?.
En la historia de cada abandono de la práctica eucarística hay todo un abanico de posibilidades que van desde la misma pérdida de fe hasta la mala experiencia con algún sacerdote o el aburrimiento producido por no encontrar sentido a lo que se celebra o por el rollo en el que, no pocas veces, convertimos la celebración dominical. Cuando los sacerdotes queremos aprovechar el espacio de la misa del Domingo para decir todo lo que sabemos, todo lo que pensamos y, además, con pretensión de educar o adoctrinar en lo que el Pueblo de Dios debe de hacer, y todo ello en un espacio que va de entre treinta minutos a una hora, corremos el riesgo de saturar tanto los oídos de la feligresía que llega un momento en el que lo primordial, el encuentro y la recepción del propio Jesucristo, parece que pasa a un segundo plano. Y cuando los fieles desconectan volver a captar el interés es todo un reto.
Si hay un número importante de niños, que los hay, que llegan a celebrar la Primera Comunión sin entender gran cosa de la Misa y sin comprender el sacramento de la penitencia o jóvenes, que también los hay, que confirman su fe sin haber descubierto el significado de la Eucaristía no es extraño que la practica dominical se resienta. Y en esto algo de responsabilidad sí que debemos de tener ya sea por hacer mal las cosas o por no preocuparnos de hacerlas un poco mejor y contentarnos con mantenerlas como están.
Los números a veces pueden ser muy fríos y no decir gran cosa pero si al lado de los ciento cincuenta mil asturianos que asisten a Misa colocamos los otros setecientos o ochocientos mil que no van y somos conscientes que no son sólo números o datos sino personas de carne y hueso que, por una razón u otra, están alejados de la Iglesia, lo único que no podemos sentir, siendo religiosamente sensibles, es indiferencia.
Pero para poder corregir y mejorar lo que se hace lo primero es ser consciente de que algo hemos hecho mal y desear cambiarlo. Y en eso a veces no estamos por la labor. ¡Cuesta tanto reconocer los errores!.
“Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano para darle poder?” (Salmo 8)