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A veces con una sonrisa basta

El Diurnal de JAI
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Casi en la misma medida en que nuestra sociedad evoluciona y avanza tecnológicamente tras la consecución de un mayor bienestar y una mejor calidad de vida crece, de forma sorprendente, la necesidad de afecto. Así como los grandes avances técnicos nos han proporcionado una mejor sanidad, un ocio más aprovechable o nos facilitan el trabajo y las necesidades más elementales, lo que está comprobado que no nos van a poder dar es el afecto, la calidez humana y la comunicación personal que cada día necesitamos más. Y esto afecta a todas las dimensiones de la vida.
Por mucho que uno en su labor sacerdotal, por poner un ejemplo, sea litúrgicamente atrayente, deslumbre con su oratoria o sea un genio a la hora de conseguir y administrar los recursos parroquiales, si no se para a hablar con las pocas señoras que acuden a misa a diario, si no se interesa por las cosas mas rutinarias que les pueden ocurrir a los feligreses o si no es capaz de ofrecer una sonrisa, lo tendrá difícil para vencer la frialdad que a veces se interpone entre las relaciones.
Y eso no quiere decir que no haya que esforzarse en que la liturgia sea lo más bella posible, la homilía trasmita de la mejor forma lo que la Iglesia cree y practica o haya que adulterar el derecho canónico o la moral cristiana para hacerlas más dulces. Todo ello hay que hacerlo de la mejor manera posible pero con toda la carga de humanidad, de amor y de ternura que seamos capaces.
La vida siempre se encarga de ir enseñándonos aquellas actitudes que debemos de cuidar y es en los errores que cometemos donde aprendemos de forma más eficaz aquellas cosas que no están en los libros, que tienen mucho que ver con el trato a las personas y que nos hacen bajar del pedestal en el que, en nuestra soberbia, a veces nos instalamos.
Hay normas, procesos e incluso trámites que explicados con paciencia y, sobre todo, con una sonrisa afable, se vuelven más inteligibles o, cuando menos, se aceptan mejor. Y esto que podemos experimentar en cualquiera de las ventanillas de la administración en sus múltiples y variadas ramas se multiplica cuando se trata no solo de cuestiones burocráticas sino de situaciones que afectan a la vida y a la conciencia.
No economizar sonrisas y “perder” el tiempo escuchando, hablando e interesándose por la vida de los demás puede ser, muchas veces, una forma de “ganar” un alma.

“Si volvéis a él de todo corazón
y con toda el alma,
siendo sinceros con él,
él volverá a vosotros
y no os ocultará su rostro”
(Tb 13,6)
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