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Cosas veredes...

El Diurnal de JAI
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Ayer, coincidiendo con la fiesta de San Jose, se celebraba, al menos para El Corte Inglés, el día del padre. Si uno vuélvela vista atrás en las cosas de la familia, de los padres y las madres y en la cuestión del matrimonio no puede dejar de asombrarse de cómo, en muy poco tiempo, las cosas o han cambiado o se ven de una forma totalmente diferente a las de hace unos pocos años.
Relaciones de pareja más allá del matrimonio las hubo y las habrá toda la vida pero en rara época alcanzaron el reconocimiento social que ahora tienen. Primero fue el reconocer las parejas de hecho mediante el correspondiente registro. No era una mala medida. Sin entrar en las razones y los por qué había parejas que toda la vida vivían juntos pero sin ningún reconocimiento legal con todos los perjuicios que ello llevaba consigo en temas de herencia, viudedad, etc... Reconocer legalmente que había otras formas de unión que no eran precisamente matrimonio no fue una mala solución. Pero la cosa no se quedó ahí.
Llegó el reconocimiento “como matrimonio” de las uniones homosexuales y hay las cosas ni han estado, ni están, ni estarán tan claras. Cada uno tiene perfecto derecho a vivir en pareja con quien le de la gana o al menos con quien sus convicciones morales y religiosas se lo permitan pero de ahí a querer convertir en matrimonio una unión homosexual hay un trecho. Y por mucho que la ley lo haya aprobado o reconocido nadie va a convencerme de lo contrario porque en esto del reconocimiento como matrimonio de parejas, cuando menos “atípicas” no hemos hecho más que empezar. ¿Y los transexuales? ¿Y los polígamos?. Dadas algunas de las razones esgrimidas en pleno debate sobre el reconocimiento legal de las “bodas gays” no encuentro argumentos para negarle a alguien, en base a los mismos presupuestos, la posibilidad de, según sus creencias, poder contraer matrimonio varias veces y con parejas diversas.
Pero, indudablemente, la cosa también tenía que avanzar. Estaba el tema no sólo de formar pareja y ser reconocidos como matrimonio sino de poder formar una familia. Y eso, salvo en temas como la adopción, de momento parece que es algo biológicamente imposible. Pero la letra de la ley no podía ser discriminatoria: ¿cómo hablar de padre y madre en una pareja formada por dos hombres o dos mujeres?. ¿Quién ejercía la función de quién?. ¿A quién el niño adoptado o fecundado in vitro (que esa es otra) iba a llamar padre y a quién madre?. La solución no era sencilla hasta que al legislador se le ocurrió cambiar los términos padre y madre por progenitor (A o B). O sea que ya no hay padres o madres sino simplemente progenitores, termino neutro que no deja de ser significativo de la situación moral que refleja.
Y me da la impresión de que la cosa no va a terminar aquí. ¿Qué es lo próximo con lo que tendremos que sorprendernos?.
Sin duda el futuro moral de la sociedad, sobre todo cuando Dios no forma ya parte de nuestras vidas y nuestras conciencias, se presenta incierto y casi promete que no va a dejar de asombrarnos con las cosas que nos quedan todavía por ver.

“Señor, purifica y protege a tu Iglesia con misericordia continua y, pues sin tu ayuda no puede mantenerse incólume, que tu protección la dirija y la sostenga siempre”.

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