Dios quiere nuestra salvación

El Diurnal de JAI
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“Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” ((Jn 3, 17)
Dios quiere la salvación de todos los seres humanos, pensemos como pensemos, votemos a quien votemos y tengamos el color de piel, la lengua o la cultura que tengamos. Y la mayor prueba de ese amor, de ese deseo de que todos nos salvemos, es la entrega de su propio Hijo. Jesucristo no viene a someternos a un juicio sumarísimo sobre nuestras acciones y pecados sino a ofrecernos esa salvación que comienza por el propio juicio que hagamos de nosotros mismos.
Sabemos que si nos acercamos a Jesucristo a la luz de su Palabra quedan al descubierto muchas de nuestras hipocresías, de nuestras faltas de caridad y con ello tantas actitudes que nos alejan de la salvación. Jesucristo pone al descubierto todo eso pero no para condenarnos sino para que seamos capaces de vencer la tiniebla en la que nos movemos y alcanzar la luz. Pero no es menos cierto que muchas veces preferimos seguir entre tinieblas que arriesgarnos a que la luz de Jesucristo nos descubra tan necesitados de conversión y del perdón de Dios y de los hermanos. Preferimos, en nuestra tiniebla, seguir creyéndonos los mejores, los más buenos y los más cercanos a la verdad, llegando incluso a despreciar a otros. Preferimos tomar de la Palabra de Dios aquello que justifique nuestras conciencias pero nos alejamos de aquella luz que pondría al descubierto la falsedad en la que tantas veces vivimos.
Y esa es nuestra gran opción en la oferta de salvación que Jesucristo nos hace: preferir acercarnos a la luz, aunque sea duro reconocernos pecadores y limitados, o continuar apegados a la tiniebla del engaño que nos impedirá ver la salvación que Jesucristo, tanto hoy como ayer, nos sigue ofreciendo cada vez que es elevado ante nuestros ojos en el banquete de la Eucaristía.
Dios quiere nuestra salvación pero, tristemente, muchas veces no queremos ser salvados porque en nuestra oscuridad no vemos mas allá de aquello poco que nos rodea.
“Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.” (Salmo 117)