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Un año sin Juan Pablo II

El Diurnal de JAI
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Cercana ya la fecha del aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II uno no puede menos de recordar tanto lo que aquellos días supusieron para la Iglesia Católica y para el mundo en general como lo que su largo pontificado supuso para la Iglesia de finales del siglo XX y comienzo del tercer milenio. Un año después de su muerte ni sus más acérrimos defensores ni tan siquiera aquellos más críticos con lo que fue su pontificado pueden negar la enorme importancia y trascendencia que tuvo en la vida de la Iglesia y en una parte importante de la historia de la humanidad contemporánea.
A Juan Pablo II se le ha presentado de muchas formas: el Papa de las multitudes, de los jóvenes, el viajero..., creo que todo ello se queda corto o que presenta tan sólo una dimensión muy corta de lo que fue su pontificado.
Al lado de imágenes que despertaron muy duras críticas como la famosa en la que parecía riñendo a Ernesto Cardenal o la del Palacio de la Moneda al lado de Pinochet, hay muchas otras que sin haber tenido tanta trascendencia muestran a un Papa empeñado en anunciar a Jesucristo y, además, anunciarlo a cuanta más gente mejor. Indudablemente la imagen de un Papa, cualquiera que fuese, captada en el momento en que parece que está dando un rapapolvo a un sacerdote, ministro de un gobierno de izquierdas en Nicaragua, o la foto sonriente y cordial al lado de un presunto genocida como Pinochet no pueden estar exentas de cierta crítica y menos por parte de quien así la busca. Pero conviene recordar que ese mismo Papa también se fotografío y recibió altos elogios por parte de otro presunto genocida como Fidel Castro. Aunque para unos u otros ni el uno ni el otro serán ni dictadores, ni genocidas.
Tuve la oportunidad de estar por dos veces muy cerca de Juan Pablo II: en Toronto y en Cuatro Vientos y la Plaza de Colón y no puedo negar que su sola presencia irradiaba una fuerza espiritual que estaba muy por encima de las multitudes y de los jóvenes que en sus viajes solía arrastrar.
Tras de sí dejó un inmenso magisterio que en los próximos años será muy citado y al que con frecuencia deberemos acudir porque ha supuesto las bases para la presencia de la Iglesia en el mundo en los inicios de este tercer milenio.
¿Qué su pontificado no esta exento de críticas?. ¿Qué hubo cosas que pudieron hacerse mejor o incluso no hacerse?. Casi con toda seguridad, como ocurre con toda obra en la que tenga algo que ver la mano del ser humano. Pero el balance final de todo su pontificado, a un año vista, no puede ser mas alentador.
Un año después de su fallecimiento tenemos que seguir dando gracias por todo lo que significó, y sigue significando con su obra, para la vida de la Iglesia. Una Iglesia que continúa su camino y lo hace apoyada en todo lo que fue su magisterio pero de la mano de otro Papa, Benedicto XVI, que parece que va consiguiendo que la añoranza sea cada vez mas leve.

“Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar el mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid, y litigaremos – dice el Señor. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana” (Is 1, 16-18)

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