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La enfermedad no es ningún show

El Diurnal de JAI

Hay quien dice que no hay enfermedades sino enfermos. Y en el fondo de la frase algo de razón debe de haber pero cuando el enfermo es un personaje famoso del que los medios del corazón se cuelgan día y noche para hacer un seguimiento de su mal, la enfermedad se convierte en espectáculo y eso en poco o en nada ayuda a los cientos y miles de personas a quienes sin tanta fama la enfermedad, la misma u otra, les está golpeando con la misma crueldad. Es cierto que, afortunadamente, han pasado los tiempos en que determinadas enfermedades, como el cáncer, eran innombrables, eran casi tabú en todas las conversaciones pero una cosa es hablar de ello con la normalidad de hacerlo de una enfermedad y otra convertirlo en espectáculo mediático.
Cuando a uno se le detecta una enfermedad de la gravedad que puede tener el cáncer, en todos sus tipos y estilos, se debate interiormente entre, por un lado, asumir la misma como primer paso para luchar contra ella y, por otro, mantener alto un estado de ánimo que haga que la lucha contra la enfermedad venza a los pronósticos mas funestos y a las estadísticas mas negativas.
Cuando la enfermedad le llega a alguien famoso, sobre todo en la prensa del corazón, porque ha habido otros que para los medios casi han pasado desapercibidos, existe muchas veces la tentación de querer vendernos su caso, su proceso médico y su lucha como algo ejemplar. Pero no es así, al menos con la exclusividad con la que nos lo quieren contar. Si queremos encontrar modelos ejemplares de afrontar la enfermedad deberíamos de pasarnos por las salas de oncología o de radioterapia de muchos hospitales españoles y ahí encontraríamos muchos, muchísimos de esos ejemplos a los que aludimos.
Ante la enfermedad se despiertan todo tipo de sensibilidades, humanas, sociales e incluso religiosas y es en esa misma sensibilidad en la que uno puede encontrar la fuerza necesaria para iniciar una lucha de final incierto y arriesgado pero absolutamente necesaria.
En un artículo de Luis Rojas Marcos publicado en la edición de hoy de El Pais y titulado “No recéis por mi, gracias” se dice, entre otras cosas: “Los expertos han llegado a la conclusión de que mientras los rezos a espaldas del doliente son inocuos, rezar por un enfermo que ha sido previamente avisado de las oraciones es, estadísticamente al menos, perjudicial para su salud”. Y un poco más adelante completa... “Por todo esto, es comprensible que resulte contraproducente comunicar a un enfermo grave que terceras personas piadosas rezarán por él. El motivo no es el temor que pueda provocar esta noticia -"¿tan mal estoy para que tengan que implorar a Dios por mi recuperación?"- sino el peligro de que el doliente decida eludir su responsabilidad personal de combatir la enfermedad y opte por delegar a otros su salvación.”Simplemente no estoy de acuerdo. A ello se podría contraponer el testimonio de muchas personas que ante la enfermedad han vuelto a rezar o que piden ellas mismas que se rece por ellas sin que ello signifique ninguna dejadez en el esfuerzo personal por luchar por salir adelante. La oración, la propia y la de los demás por uno, como manera de acercarse a Dios y de presentarle nuestras necesidades sigue siendo de gran utilidad ya que, queremos o no, nuestro esfuerzo y nuestra lucha muchas veces necesita de la mano de Dios no tanto para curar, que también, sino para sostenernos en ese esfuerzo por vencer la enfermedad que no es ningún show mediático reservado a famosos sino que es algo tan común que nos quedaríamos sorprendidos de saber con exactitud el número real de personas que cada día lucha por recuperar la salud perdida.

“Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo para ser Señor de vivos y muertos” (Rm 14,7-9)


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