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LA ASPIRACIÓN CONFESIONAL Por Julio Asterio Fernández López
JAI nº 437

La pasada semana en una entrevista realizada por La Nueva España, Monseñor Carlos Osoro decía “La Iglesia quiere un Estado aconfesional en el cual podamos vivir todos”. Esta frase, así dicha y sin más, es algo que parece bonito y deseable. Pero en unos tiempos en los que la aconfesionalidad se entiende como oscurecer en todo el nombre de la Iglesia no es extraño algunas reacciones que, incluso desde fervientes defensores de la Iglesia, se han suscitado.
Es algo innegable que la aspiración de la Iglesia es que “todos los más posibles” sean católicos y que la sociedad, el gobierno, las leyes, las justicia se inspire en los valores y principios que emanan de la doctrina católica. La Iglesia debe aspirar, por tanto, a la confesionalidad de las instituciones sociales que representan a la mayoría católica. Otra cosa, bastante diferente, es cómo debe de comportarse la Iglesia cuando el estado, por una razón y otra no es confesional. Renunciar a la confesionalidad parece que lleva implícita otra renuncia, la de aspirar a la extensión e impregnación de la fe por la mayor parte de las persones y las instituciones posibles.
Y eso tampoco tiene nada que ver con el reconocimiento, la buena relación, el diálogo, el respeto y la ayuda a otras confesiones religiosas. La confesionalidad, en definitiva, es simplemente aceptar la religión mayoritaria de un pueblo y reconocerla en su cultura, en sus leyes y en sus instituciones. ¿Acaso la Iglesia no aspira a que un presidente católico gobierne su nación como tal?. ¿Acaso la Iglesia debe de renunciar a que las leyes que regulan la convivencia se inspiren en los valores cristianos?.
Aunque a veces pueden traicionarnos las palabras y una cosa es aceptar que la nación de uno, según la Constitución, sea aconfesional y otra cosa distinta es, desde esa situación, aspirar a que la identidad católica de los españoles lleve un día a un estado confesional donde, de hecho o de derecho, los valores cristianos animen la sociedad española, su política, su parlamento y el propio ejecutivo al que le toque dirigir sus destinos.
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