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EL ARTE DE NOMBRAR por Julio Asterio Fernández López
Acaba de ser publicada la primera tanda de nombramientos de párrocos, coadjutores y canónigos de este verano y, como casi en todo, habrá quien los apruebe, quien los critique y, como no, quien reaccione ante ellos con absoluta indiferencia.
Suelen contar los obispos, a modo de anécdota graciosa, un diálogo producido entre dos de ellos hace años cuando uno pregunta a otro: “ ¿cómo haces los nombramientos? “ Y el otro responde, “mal, como todos”. Una anécdota que no deja de poner en evidencia algo que muchas veces se olvida: la dificultad para acertar en la persona idónea para una parroquia u otro cargo pastoral.
Al parecer el arte de realizar nombramientos estriba en dominar, al menos, dos habilidades: conocer la realidad de la parroquia o el cargo vacantes y conocer las cualidades, virtudes y posibles defectos del sacerdote a nombrar. Y ambas cosas, ya de por sí, son un arte que aunque ayuda mucho tampoco puede asegurar al cien por cien el acierto en el nombramiento.
A esto hay que añadir la actitud de quien va a recibir ese nombramientos y las circunstancias en las que este se produce ya que la iniciativa del mismo puede partir del Obispo que propone el cambio o el nombramiento o del propio sacerdote que puede solicitar un nuevo por innumerables razones que van desde la propia salud hasta el agotamiento pastoral o, aunque no sea religiosa y políticamente correcto decirlo, por “mejorar” en el escalafón eclesial porque, no nos engañemos, sigue habiendo parroquias buenas, en medios y colaboradores, y parroquias mas empobrecidas en ambas cosas.
Ante los nombramientos recién realizados, y aunque no sea mas que por respeto a las personas, hay poco que decir. El acierto sobre los mismos será el tiempo y las parroquias quienes, de forma irrefutable, lo pondrán de manifiesto. Lo que si parece que se va consolidando es la idea de que “parar” poco en los lugares a donde se es destinado no suele ser considerado una buena señal y, por ello, los nombramientos se hacen con amplias miras de futuro.
Lo que, de ser posible, sería una práctica saludable e instructiva para quien tiene la difícil responsabilidad de “realizar nombramientos” es colocar la lista de aquellos a quienes se ha nombrado, por decisión episcopal o a petición del sacerdote, al lado de otra lista que, por desgracia, suele ser casi invisible: la de aquellos que nunca van a solicitar un nombramiento o un cambio de destino, a no ser por una causa de fuerza mayor y que, en silencio, tan solo esperan a que el Obispo les haga una propuesta que les haga sentirse valorados, estimados y, en definitiva, tomados en consideración por la diócesis a la que sirven sin ambicionar un destino mas elevado que el que desempeñan.
Y digo que sería interesante, si fuera posible, porque no son pocos los que jamás van a manifestar que desean ir destinados a esta o aquella parroquia o que aspiran a tal o cual cargo pero, en cambio, agradecerían que en el Arzobispado alguna vez se acordaran de ellos y les tomarán en consideración cuando alguna parroquia, de las llamadas importante o apetecibles, o algún cargo en la curia quedan libres.
Pero al lado de esto, y conociendo experiencias de traslados que parecían “ascensos”, hay ocasiones en las que cuando se llega a una parroquia importante, de renombre, con medios personales y económicos en abundancia, uno no deja de añorar aquella parroquia de barrio o de pueblo, mucho mas sencilla y empobrecida pero con abundancia de calidad humana y vivencia mas familiar de la fe.
No es extraño tampoco que ante la incertidumbre que supone un cambio de destino pastoral uno piense “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy” porque todo cambio y todo nombramiento supone siempre una cierta aventura tanto para quien la propone, el Obispo, como para quien debe de afrontarla.
Mis mejores deseos para quienes, en esta primera etapa del verano, han recibido un nuevo nombramiento episcopal. Que Dios, que todo lo puede, les ayude en su labor.
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