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EL SÍNODO DIOCESANO

JAI Confidencial
Julio Asterio Fernández López

Aunque el verano es muy dado a “serpientes informativas” de este tipo no carece de lógica periodística tanto la posibilidad de una inminente convocatoria a un Sínodo Diocesano por parte del Arzobispo como la existencia, desde hace ya tiempo, de una corriente de opinión en el mismo sentido. Una posibilidad que en muchos espacios diocesanos se ha incrementado tras comprobar, desde la distancia, los trabajos y las conclusiones del recientemente celebrado en la diócesis de Madrid.
Por principio un Sínodo Diocesano que marque los caminos pastorales y tome el pulso a la vida de la Iglesia local suele tener, como primeros efectos, una capacidad de ilusionar, aglutinar y vehicular la comunión eclesial cuyos efectos se extienden a lo largo de los años siguientes. Al menos a los cinco primeros.
Un Sínodo supone asumir con seriedad el análisis pormenorizado de la realidad de las parroquias, los movimientos y los grupos apostólicos sin necesidad de andarse con demasiados paños calientes ni con batallitas localistas. Desde el núcleo mas elemental, desde el corazón de la pastoral, que es la parroquia y siguiendo algunas líneas generales o principios comunes, habrá que descubrir cuál es la realidad juvenil de las mismas y qué se puede hacer; cómo se vive la caridad en cada parroquia y como la misma aglutina la sensibilidad social y humana de la misma; como están diseñados, administrados y distribuidos los recursos; cual es el grado de efectividad de la catequesis, de los grupos de adultos; cómo se celebra la liturgia.... en definitiva, habrá que darle una vuelta a todo y marcar, con la parroquia como protagonista de la acción evangelizadora, las líneas del quehacer diocesano.
Pero todo esto, que es necesario y que sería enormemente fructífero, requiere algunas condiciones previas que, si no se dan, habría que potenciar. Lo primero de todo es una voluntad, tanto del clero como de los laicos, de trabajar en una línea sinodal. Si no estamos dispuestos al diálogo dentro de los límites del magisterio de la Iglesia casi merece la pena no empezar porque o terminamos enzarzándonos en una guerra de cánones o concluyendo propuestas que, en si mismas, son casi imposibles de llevar a cabo sin romper con el magisterio oficial de la Iglesia. Y experiencias pasadas (Asamblea Sacerdotal de 1978) ya existen.
Y al lado de esta actitud hay otra, quizás mucho mas difícil de vencer: los prejuicios. Quien mas o quien menos tiene prejuzgado a su vecino, a la parroquia colindante o al servicio pastoral a tenor de cómo considere a quien asume la responsabilidad del mismo. Acercarse a un Sínodo Diocesano requiere una especial capacidad para, sin dejar de ser quienes somos y con todas nuestras circunstancias a cuestas, dejar de lado nuestras rencillas personales, nuestras envidias, soberbias y juicios predeterminados y centrarnos, lo más posible, en las cuestiones pastorales.
Es difícil pero no imposible. Lo realmente importante es que, si al final el Sínodo es convocado, todos los preparativos y los trabajos del mismo vayan encaminados no a echarnos en cara lo mal que a veces hacemos las cosas sino a descubrir juntos lo que pastoralmente es mejor para la diócesis. Solo en esta dimensión un Sínodo Diocesano será realmente una bendición y un tiempo de gracia para Asturias.
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