HABRÍA QUE EMPEZAR A PREOCUPARSE
Por Julio Asterio Fernández López
Aunque hay ciertas obligaciones que uno voluntariamente se crea el verano siempre es un tiempo apropiado para entremezclar un mínimo descanso y la reflexión sobre lo que ocupa la mayor parte de su vida. Si a esto unimos la posibilidad de encontrarte con otras personas que compartan la reflexión y la vida pues mucho mejor.
Aprovechando algunos de esos días vacacionales he tenido este año la oportunidad de recorrer buena parte de la Asturias mas alejada de la centralidad civil y religiosa y de charlar, de forma amistosa, sobre la realidad pastoral de nuestra diócesis. Aunque muchas de las charlas y encuentros quedan para el silencio respetuoso y confidencial hay un denominador común en la gran mayoría de los agentes pastorales, laicos y sacerdotes, de nuestra diócesis: la preocupación.
Existe una sensación generalizada de desorden pastoral. Se lanzan al aire, con mucha alegría, proyectos y planes que cargados de buena voluntad a la vuelta de pocos días se ven irrealizables. Hay, por otra parte, dos niveles o dos ritmos diferentes en la pastoral: uno el que está presente en la mesa de los obispos y vicarios y otro el que se lleva desde las parroquias.
No son pocos los que creen que ante planes y proyectos como las UPAP (Unidades parroquiales de Acción Pastoral) los primeros que no creen en el son quienes deberían de utilizarlos para sus planificaciones y nombramientos, a veces contradictorios con dichos proyectos y planificaciones.
Si de alguna forma las parroquias tienen un cierto nivel de participación en la organización territorial (Arciprestazgos y zonas pastorales), ampliamente mejorable, desarrollando en común proyectos y programaciones pastorales, la realidad sectorial (delegaciones y secretariados) ha sufrido un cierto enfriamiento que ha contribuido a alejarles de la vida parroquial.
La sensación de preocupación aumenta cuando se contempla como en cuestiones como el santuario de Covadonga o algunos conflictos institucionales, aunque también afectan a personas, en lugar de hacerles frente y tomar decisiones o se opta por el silencio o por posturas demasiado ambiguas.
Aunque nadie niega la buena voluntad de los responsables pastorales diocesanos si que, con frecuencia, se cuestiona su idoneidad para afrontar de forma satisfactoria los retos que se presentan.
Todo esto, muy resumido y sintetizado, son reflexiones que uno ha podido compartir a pie de calle. Seguro que muchas de ellas son demasiado subjetivas o analizadas, tan solo, desde la perspectiva personal y local pero no dejan de ser un reflejo de una situación de preocupación que al menos debería ser tomada en cuenta.
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