No estaban locos los romanos
«cuando se sabe explicar su origen y su desarrollo en las condiciones históricas de las cuales ha surgido y que llega a dominar. Esto es válido de modo especial para el cristianismo» Engels. «Bruno Bauer y el cristianismo primitivo».
Bajo el Imperio Romano la religión cristiana fue declarada:
strana et illícita, extraña e ilícita (decreto senatorial del año 35)
exitialis superstitio, (Tácito)
superstitio perniciosa,perniciosa superstición (Tácito)
odium generis humani, odio al género humano (Tácito)
prava et immódica, malvada y desenfrenada (Plinio),
nova et maléfica, nueva y maléfica (Suetonio),
tenebrosa et lucífuga, tenebrosa y enemiga de la luz (del Octavius de Minucio)
detestábilis, detestable (Tácito)
por eso fue excluida de la legalidad y perseguida, porque fue considerada el enemigo más peligroso del poder de Roma, que se basaba en la antigua religión nacional y en el culto del emperador, instrumento y símbolo de la fuerza y de la unidad del imperio.

Una vez instalada como religión oficial del estado con Constantino el fanatismo cristiano hizo que el filosofo pagano Celso escribiese: "Ellos (los cristianos) no argumentan sobre lo que creen -- siempre responden 'No examines, sino cree" . . ."La obediencia, la oración, y la anulación del pensamiento critico son considerados por los cristianos como las herramientas mas útiles para lograr la salvación eterna. Celso describió a los cristianos como individuos con tendencia al sectarismo y a una forma primitiva de pensamiento, y que, además, demostraban un gran desdén hacia la vida.
Friedrich Nietzsche en el siglo XIX , repite la apreciación de los cristianos con su estilo virulento como individuos capaces de manifestar odio hacia si mismos y hacia los demás, es decir, "odio hacia aquellos que piensan diferente, y la voluntad de persecución contra ellos."
Tomás de Aquino precisa: «El hereje debe ser quemado.» Uno de los cánones adoptados en el Concilio de Letrán declara: «No son homicidas quienes matan herejes» (Homicidas non esse qui heretici trucidant). Por la bula Ad extirpenda, la Iglesia autorizará la tortura.
En 1864, Pío IX proclamará en el Syllabus: «Anatema sea quien diga que la Iglesia no tiene derecho a emplear la fuerza, que no tiene ningún poder temporal directo o indirecto.» (XXIV).
Podemos preguntarnos, con Bouché-Leclercq, "si los beneficios del cristianismo (por grandes que sean) no se han visto de sobra compensados por la intolerancia religiosa que tomó del judaísmo para difundirla por el mundo"..»(Celse contre les chrétiens, Copernic, 1977). Por conjeturales que sean los cálculos, puede afirmarse que el número de mártires cristianos es pequeño comparado con las víctimas de la Iglesia durante quince siglos: destrucción del paganismo bajo los emperadores cristianos, lucha contra los arrianos, los donatistas, los nestorianos, los monofisitas, los iconoclastas, los maniqueos, los cátaros y los albigenses, Inquisición española, guerras de religión, dragonadas de Luis XIV, pogroms de judíos......Utaschis croatas, guerra civil española y represión franquista....
El cristianismo primitivo extiende la idea mesiánica presente en el judaísmo bajo una forma exacerbada, debida a una espera milenaria. En las palabras atribuidas a Jesús encontramos citas literales de las visiones del Libro de Enoc. Para los primeros cristianos, el mundo, simple etapa, valle de lágrimas, lugar de dificultades y tensiones insoportables, necesita una compensación, una visión radiante que justifique (moralmente hablando) la impotencia de aquí abajo.
En medio del gran renacimiento artístico y literario de los dos primeros siglos, los cristianos se mantenían, en su calidad de extraños que se complacían en serlo, indiferentes o, más frecuentemente, hostiles. La estética bíblica rechaza la representación de las formas, la armonía de las líneas y los volúmenes; en consecuencia, sólo tenían una mirada de desdén para las estatuas que adornaban plazas y monumentos. Por lo demás, para ellos cualquier cosa era objeto de odio. Las columnatas de los templos y los paseos cubiertos, los jardines con sus fuentes y los altares domésticos donde chisporroteaba una llama sagrada, las ricas mansiones, los uniformes de las legiones, las villas, los navíos, las calzadas, las obras, las conquistas, las ideas: en todas partes veía el cristiano la marca de la Bestia. Los padres de la Iglesia no condenaban sólo el lujo, sino cualquier obra de arte profana, los atuendos de colores, los instrumentos musicales, el pan blanco, los vinos extranjeros, las almohadas de plumas (¿acaso no había descansado Jacob su cabeza sobre una piedra?) e incluso la costumbre de cortarse la barba, en la que Tertuliano ve «una mentira contra el propio rostro» y un impío intento de mejorar la obra del Creador.
El rechazo del mundo se hacía aún más radical entre los cristianos primitivos porque estaban convencidos de que la Parusía (la vuelta de Jesucristo al final de los tiempos) iba a tener lugar de inmediato. Era el propio Jesús quien se lo había prometido: «De cierto os digo que algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su reino.» (Mateo XVI, 28). «De cierto os digo que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca.» (Mateo XXIV, 34). En vista de ello, repetían a más y mejor la buena nueva. Mas el fin de todas las cosas se acerca.» (I Pedro IV, 7). «Ya es el último tiempo.» (I Juan II, 18). Pablo vuelve una y otra vez sobre esta idea. A los hebreos: «No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón... Porque todavía un poquito y el que ha de venir vendrá, y no tardará»(Hebr.X,35-37). «No dejando de congregarnos... sino exhortándonos, y tanto más cuanto veis que aquel día se acerca (lbid.,X,25). A los tesalonicenses: «Teneos firmes, porque se acerca el advenimiento del Señor.» A los corintios: «Hermanos, el tiempo es corto; resta, pues que los que tienen esposa sean como si no la tuviesen...» (I Cor.VII, 29). A los filipenses: «El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos...»(Fil. IV, 5 y 6).
El cristianismo, «religión oriental por sus orígenes y sus caracteres fundamentales» (Guignebert), se infiltró en la Europa antigua de modo casi subrepticio. El Imperio romano, tolerante por naturaleza, no le prestó atención durante mucho tiempo. En la Vida de los doce Césares, de Suetonio, leemos a propósito de un acto de Claudio: «Expulsó de Roma los judíos, que estaban en continua efervescencia por instigación de un tal Crestos.» En conjunto, el mundo grecolatino permaneció en un principio cerrado a la predicación. El elogio de la debilidad, de la pobreza, de la «locura», le parecía algo insensato. En consecuencia, los primeros centros de propaganda cristiana se instalaron en Antioquia, en Éfeso, en Tesalónica y en Corinto. En estas grandes ciudades, en las que esclavos, artesanos e inmigrantes se mezclaban con los mercaderes, todo era objeto de compra y venta, y predicadores e iluminados, en número cada vez mayor, rivalizaban en seducir a unas abigarradas e inquietas muchedumbres, fue donde los primeros apóstoles encontraron terreno abonado. La primera Iglesia de Roma era muy poco latina, y en ella apenas se hablaba el griego. Pero los sirios, los asiáticos y toda la muchedumbre de los graeculi recibían con entusiasmo el mensaje cristiano» (Essai sur le conflit du christianisme primitif et de la civilisation, Ernest Leroux, 1920).
Celso describe a las primeras comunidades cristianas como «un amasijo de gentes ignorantes y crédulas mujeres, reclutados entre la hez del pueblo»,.En su Discurso verdadero los refleja como «Una nueva raza de hombres nacidos ayer, sin patria ni tradiciones, coligados contra todas las instituciones religiosas y civiles, perseguidos por la justicia, tachados de infamia por todos y que se glorían de esa común execración: eso son los cristianos. Facciosos que pretenden hacer rancho aparte y separarse de la sociedad común.»
Y Tácito, que dice son detestados por sus «abominaciones» (flagitia), los acusa del crimen de «odio al género humano». «Apenas reprimida -dice- esta execrable superstición volvía a desbordarse no sólo en Judea, cuna de la plaga, sino en la misma Roma, donde cuantos horrores e infamias existen afluyen de todas partes y hayan crédito...»
El Deuteronomio mandaba a los siervos de Dios degollar a las poblaciones incrédulas e incendiar sus ciudades en honor de Yavé, y Jesús había repetido la imagen: «El que en mí no permanece, será echado fuera como sarmiento que se seca, y lo recogen y lo echan al fuego y arde.» (Juan XV, 6). Y, en efecto, desde Roma hasta las hogueras de la Inquisición, es mucho lo que va a arder. La sagrada piromanía se ejercitará sin descanso. «Esta idea (que el mundo de los impíos será destruido por el fuego) -dice Bouché-Leclercq- la habían recibido los cristianos de los videntes judíos, de aquellos profetas y sibilistas que invocaban tan pronto al rayo como a la tea, al hierro como al fuego sobre las ciudades y los pueblos enemigos de Israel. Jamás la imaginación ha quemado tanto como en las profecías de Isaías y de Ezequiel, la más rica colección de anatemas que haya dado nunca la literatura religiosa.» En esta opinión de un incendio general -añade Gibbon- la fe de los cristianos venía a coincidir con la tradición oriental.
Bajo el Imperio Romano la religión cristiana fue declarada:
strana et illícita, extraña e ilícita (decreto senatorial del año 35)
exitialis superstitio, (Tácito)
superstitio perniciosa,perniciosa superstición (Tácito)
odium generis humani, odio al género humano (Tácito)
prava et immódica, malvada y desenfrenada (Plinio),
nova et maléfica, nueva y maléfica (Suetonio),
tenebrosa et lucífuga, tenebrosa y enemiga de la luz (del Octavius de Minucio)
detestábilis, detestable (Tácito)
por eso fue excluida de la legalidad y perseguida, porque fue considerada el enemigo más peligroso del poder de Roma, que se basaba en la antigua religión nacional y en el culto del emperador, instrumento y símbolo de la fuerza y de la unidad del imperio.

Una vez instalada como religión oficial del estado con Constantino el fanatismo cristiano hizo que el filosofo pagano Celso escribiese: "Ellos (los cristianos) no argumentan sobre lo que creen -- siempre responden 'No examines, sino cree" . . ."La obediencia, la oración, y la anulación del pensamiento critico son considerados por los cristianos como las herramientas mas útiles para lograr la salvación eterna. Celso describió a los cristianos como individuos con tendencia al sectarismo y a una forma primitiva de pensamiento, y que, además, demostraban un gran desdén hacia la vida.
Friedrich Nietzsche en el siglo XIX , repite la apreciación de los cristianos con su estilo virulento como individuos capaces de manifestar odio hacia si mismos y hacia los demás, es decir, "odio hacia aquellos que piensan diferente, y la voluntad de persecución contra ellos."
Tomás de Aquino precisa: «El hereje debe ser quemado.» Uno de los cánones adoptados en el Concilio de Letrán declara: «No son homicidas quienes matan herejes» (Homicidas non esse qui heretici trucidant). Por la bula Ad extirpenda, la Iglesia autorizará la tortura.
En 1864, Pío IX proclamará en el Syllabus: «Anatema sea quien diga que la Iglesia no tiene derecho a emplear la fuerza, que no tiene ningún poder temporal directo o indirecto.» (XXIV).
Podemos preguntarnos, con Bouché-Leclercq, "si los beneficios del cristianismo (por grandes que sean) no se han visto de sobra compensados por la intolerancia religiosa que tomó del judaísmo para difundirla por el mundo"..»(Celse contre les chrétiens, Copernic, 1977). Por conjeturales que sean los cálculos, puede afirmarse que el número de mártires cristianos es pequeño comparado con las víctimas de la Iglesia durante quince siglos: destrucción del paganismo bajo los emperadores cristianos, lucha contra los arrianos, los donatistas, los nestorianos, los monofisitas, los iconoclastas, los maniqueos, los cátaros y los albigenses, Inquisición española, guerras de religión, dragonadas de Luis XIV, pogroms de judíos......Utaschis croatas, guerra civil española y represión franquista....
El cristianismo primitivo extiende la idea mesiánica presente en el judaísmo bajo una forma exacerbada, debida a una espera milenaria. En las palabras atribuidas a Jesús encontramos citas literales de las visiones del Libro de Enoc. Para los primeros cristianos, el mundo, simple etapa, valle de lágrimas, lugar de dificultades y tensiones insoportables, necesita una compensación, una visión radiante que justifique (moralmente hablando) la impotencia de aquí abajo.
En medio del gran renacimiento artístico y literario de los dos primeros siglos, los cristianos se mantenían, en su calidad de extraños que se complacían en serlo, indiferentes o, más frecuentemente, hostiles. La estética bíblica rechaza la representación de las formas, la armonía de las líneas y los volúmenes; en consecuencia, sólo tenían una mirada de desdén para las estatuas que adornaban plazas y monumentos. Por lo demás, para ellos cualquier cosa era objeto de odio. Las columnatas de los templos y los paseos cubiertos, los jardines con sus fuentes y los altares domésticos donde chisporroteaba una llama sagrada, las ricas mansiones, los uniformes de las legiones, las villas, los navíos, las calzadas, las obras, las conquistas, las ideas: en todas partes veía el cristiano la marca de la Bestia. Los padres de la Iglesia no condenaban sólo el lujo, sino cualquier obra de arte profana, los atuendos de colores, los instrumentos musicales, el pan blanco, los vinos extranjeros, las almohadas de plumas (¿acaso no había descansado Jacob su cabeza sobre una piedra?) e incluso la costumbre de cortarse la barba, en la que Tertuliano ve «una mentira contra el propio rostro» y un impío intento de mejorar la obra del Creador.
El rechazo del mundo se hacía aún más radical entre los cristianos primitivos porque estaban convencidos de que la Parusía (la vuelta de Jesucristo al final de los tiempos) iba a tener lugar de inmediato. Era el propio Jesús quien se lo había prometido: «De cierto os digo que algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su reino.» (Mateo XVI, 28). «De cierto os digo que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca.» (Mateo XXIV, 34). En vista de ello, repetían a más y mejor la buena nueva. Mas el fin de todas las cosas se acerca.» (I Pedro IV, 7). «Ya es el último tiempo.» (I Juan II, 18). Pablo vuelve una y otra vez sobre esta idea. A los hebreos: «No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón... Porque todavía un poquito y el que ha de venir vendrá, y no tardará»(Hebr.X,35-37). «No dejando de congregarnos... sino exhortándonos, y tanto más cuanto veis que aquel día se acerca (lbid.,X,25). A los tesalonicenses: «Teneos firmes, porque se acerca el advenimiento del Señor.» A los corintios: «Hermanos, el tiempo es corto; resta, pues que los que tienen esposa sean como si no la tuviesen...» (I Cor.VII, 29). A los filipenses: «El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos...»(Fil. IV, 5 y 6).
El cristianismo, «religión oriental por sus orígenes y sus caracteres fundamentales» (Guignebert), se infiltró en la Europa antigua de modo casi subrepticio. El Imperio romano, tolerante por naturaleza, no le prestó atención durante mucho tiempo. En la Vida de los doce Césares, de Suetonio, leemos a propósito de un acto de Claudio: «Expulsó de Roma los judíos, que estaban en continua efervescencia por instigación de un tal Crestos.» En conjunto, el mundo grecolatino permaneció en un principio cerrado a la predicación. El elogio de la debilidad, de la pobreza, de la «locura», le parecía algo insensato. En consecuencia, los primeros centros de propaganda cristiana se instalaron en Antioquia, en Éfeso, en Tesalónica y en Corinto. En estas grandes ciudades, en las que esclavos, artesanos e inmigrantes se mezclaban con los mercaderes, todo era objeto de compra y venta, y predicadores e iluminados, en número cada vez mayor, rivalizaban en seducir a unas abigarradas e inquietas muchedumbres, fue donde los primeros apóstoles encontraron terreno abonado. La primera Iglesia de Roma era muy poco latina, y en ella apenas se hablaba el griego. Pero los sirios, los asiáticos y toda la muchedumbre de los graeculi recibían con entusiasmo el mensaje cristiano» (Essai sur le conflit du christianisme primitif et de la civilisation, Ernest Leroux, 1920).
Celso describe a las primeras comunidades cristianas como «un amasijo de gentes ignorantes y crédulas mujeres, reclutados entre la hez del pueblo»,.En su Discurso verdadero los refleja como «Una nueva raza de hombres nacidos ayer, sin patria ni tradiciones, coligados contra todas las instituciones religiosas y civiles, perseguidos por la justicia, tachados de infamia por todos y que se glorían de esa común execración: eso son los cristianos. Facciosos que pretenden hacer rancho aparte y separarse de la sociedad común.»
Y Tácito, que dice son detestados por sus «abominaciones» (flagitia), los acusa del crimen de «odio al género humano». «Apenas reprimida -dice- esta execrable superstición volvía a desbordarse no sólo en Judea, cuna de la plaga, sino en la misma Roma, donde cuantos horrores e infamias existen afluyen de todas partes y hayan crédito...»
El Deuteronomio mandaba a los siervos de Dios degollar a las poblaciones incrédulas e incendiar sus ciudades en honor de Yavé, y Jesús había repetido la imagen: «El que en mí no permanece, será echado fuera como sarmiento que se seca, y lo recogen y lo echan al fuego y arde.» (Juan XV, 6). Y, en efecto, desde Roma hasta las hogueras de la Inquisición, es mucho lo que va a arder. La sagrada piromanía se ejercitará sin descanso. «Esta idea (que el mundo de los impíos será destruido por el fuego) -dice Bouché-Leclercq- la habían recibido los cristianos de los videntes judíos, de aquellos profetas y sibilistas que invocaban tan pronto al rayo como a la tea, al hierro como al fuego sobre las ciudades y los pueblos enemigos de Israel. Jamás la imaginación ha quemado tanto como en las profecías de Isaías y de Ezequiel, la más rica colección de anatemas que haya dado nunca la literatura religiosa.» En esta opinión de un incendio general -añade Gibbon- la fe de los cristianos venía a coincidir con la tradición oriental.





