CONTROL DE IMPRENTA
La aparición de la imprenta contribuyó a la difusión rápida y económica de la cultura y las ciencias, pero a su vez constituyó un dolor de cabeza permanente para la Inquisición, que vio cómo proliferaban sin control las obras prohibidas.
Propio de la condición humana es la enfermedad de creer a los demás impostores e impíos, no a nosotros mismos, porque nadie reconoce sus propios errores...
Servet.
La Iglesia reaccionó en 1.501 a través de una bula del papa Alejandro VI. Por medio de aquella orden se hizo llegar a los obispos de algunas ciudades, como Colonia y Maguncia, donde se publicaban “libros contrarios a la fe”, la orden de vigilar a impresores, libreros y compradores de libros, exhortando a las autoridades eclesiales a castigar severamente la tenencia o impresión de cualquier libro herético. Las condenas consistían en el pago de fuertes multas, la excomunión y la quema de los volúmenes ilegales que fueran encontrados. El ser hallado simplemente hojeando uno de aquellos libros era ya motivo de una fuerte sanción. Aquellas medidas radicales fueron extendidas a toda la cristiandad por el papa León X, en el Concilio de Letrán de 1.515. A partir de entonces los obispos e inquisidores tuvieron las manos libres para censurar los libros destinados a la imprenta y conceder las licencias obligatorias. La norma tenía una gran tradición en España, ya los Reyes Católicos se habían reservado por la pragmática del 8 de julio de 1.502 el derecho de impresión. Por medio de aquella normativa ningún impresor o mercader podía tratar con libros que no hubieran obtenido primeramente la licencia real. Sin duda fue una manera muy efectiva de recaudar impuestos y controlar “peligrosas” ideas.
Dios ha escogido a los necios del mundo para confundir a los sabios. Calvino
La llegada del protestantismo liberó a gran parte de Alemania y de los países nórdicos del poder católico. Se convirtieron así en lugares donde se crearon y distribuyeron libros heterodoxos, libres de los problemas propios de las licencias y censuras eclesiales. Desde ese momento la Iglesia católica se dedicó a filtrar, prohibir y expurgar todo papel que llegara del exterior. Como medida de prevención en contra de la lectura de obras perniciosas se establecieron los famosos Índices de Libros Prohibidos. Bajo el papado de Pablo IV se publicó el primer catálogo de libros condenados, que salió a la luz en 1564 como fruto del Concilio de Trento. Dos años más tarde Pío V reconvirtió a la comisión encargada de la redacción de las listas de condenados en la Sagrada Congregación del Índice, un organismo permanente de la Iglesia dedicado a la lucha contra los libros heréticos, una labor en la que varios estados, como España, Flandes o Francia, hacía tiempo que estaba siendo observada por los poderes políticos.
No debe imponerse como verdades conceptos sobre los que existen dudas - Miguel Servet
Para aplicar en España las nuevas normas religiosas surgidas del Índice, se decidió encomendar la labor de limpieza y control a la Inquisición, surgida en el siglo XV para velar por la pureza de la fe en los conversos y convertida con el paso de los años en una poderosa organización religiosa y política muy relacionada con las instituciones monárquicas. Pero la Inquisición no se quedó sólo en la censura y prohibición, se convirtió también en un brazo ejecutivo.
Usar fuerza en defensa de la Iglesia es distinto a usarla para obligar a creer. Calvino.
A partir de 1530 el Consejo Supremo de la Inquisición en España ordenó la visita por sorpresa de toda biblioteca, tanto pública como privada, que existiera en sus dominios. Ante la presencia de cualquier obra sospechosa se tomaban las medidas pertinentes, desde leves multas a condenas severas, que incluyeron en los casos más graves la cárcel y la tortura. La ingente cantidad de material impreso en Europa hizo que la revisión de todo lo que llegaba a España fuera imposible. Por esto la Inquisición no solía actuar a priori, sino sobre la base de las denuncias de ciudadanos o Comisarios del Santo Oficio. En ese momento se conectaban todos los mecanismos de la organización para limitar la difusión de la obra sospechosa. Generalmente un libro sólo era condenado por su número de lectores. Si el escrito sospechoso no alcanzaba gran difusión, generalmente no era condenado.
Propio de la condición humana es la enfermedad de creer a los demás impostores e impíos, no a nosotros mismos, porque nadie reconoce sus propios errores...
Servet.
La Iglesia reaccionó en 1.501 a través de una bula del papa Alejandro VI. Por medio de aquella orden se hizo llegar a los obispos de algunas ciudades, como Colonia y Maguncia, donde se publicaban “libros contrarios a la fe”, la orden de vigilar a impresores, libreros y compradores de libros, exhortando a las autoridades eclesiales a castigar severamente la tenencia o impresión de cualquier libro herético. Las condenas consistían en el pago de fuertes multas, la excomunión y la quema de los volúmenes ilegales que fueran encontrados. El ser hallado simplemente hojeando uno de aquellos libros era ya motivo de una fuerte sanción. Aquellas medidas radicales fueron extendidas a toda la cristiandad por el papa León X, en el Concilio de Letrán de 1.515. A partir de entonces los obispos e inquisidores tuvieron las manos libres para censurar los libros destinados a la imprenta y conceder las licencias obligatorias. La norma tenía una gran tradición en España, ya los Reyes Católicos se habían reservado por la pragmática del 8 de julio de 1.502 el derecho de impresión. Por medio de aquella normativa ningún impresor o mercader podía tratar con libros que no hubieran obtenido primeramente la licencia real. Sin duda fue una manera muy efectiva de recaudar impuestos y controlar “peligrosas” ideas.
Dios ha escogido a los necios del mundo para confundir a los sabios. Calvino
La llegada del protestantismo liberó a gran parte de Alemania y de los países nórdicos del poder católico. Se convirtieron así en lugares donde se crearon y distribuyeron libros heterodoxos, libres de los problemas propios de las licencias y censuras eclesiales. Desde ese momento la Iglesia católica se dedicó a filtrar, prohibir y expurgar todo papel que llegara del exterior. Como medida de prevención en contra de la lectura de obras perniciosas se establecieron los famosos Índices de Libros Prohibidos. Bajo el papado de Pablo IV se publicó el primer catálogo de libros condenados, que salió a la luz en 1564 como fruto del Concilio de Trento. Dos años más tarde Pío V reconvirtió a la comisión encargada de la redacción de las listas de condenados en la Sagrada Congregación del Índice, un organismo permanente de la Iglesia dedicado a la lucha contra los libros heréticos, una labor en la que varios estados, como España, Flandes o Francia, hacía tiempo que estaba siendo observada por los poderes políticos.
No debe imponerse como verdades conceptos sobre los que existen dudas - Miguel Servet
Para aplicar en España las nuevas normas religiosas surgidas del Índice, se decidió encomendar la labor de limpieza y control a la Inquisición, surgida en el siglo XV para velar por la pureza de la fe en los conversos y convertida con el paso de los años en una poderosa organización religiosa y política muy relacionada con las instituciones monárquicas. Pero la Inquisición no se quedó sólo en la censura y prohibición, se convirtió también en un brazo ejecutivo.
Usar fuerza en defensa de la Iglesia es distinto a usarla para obligar a creer. Calvino.
A partir de 1530 el Consejo Supremo de la Inquisición en España ordenó la visita por sorpresa de toda biblioteca, tanto pública como privada, que existiera en sus dominios. Ante la presencia de cualquier obra sospechosa se tomaban las medidas pertinentes, desde leves multas a condenas severas, que incluyeron en los casos más graves la cárcel y la tortura. La ingente cantidad de material impreso en Europa hizo que la revisión de todo lo que llegaba a España fuera imposible. Por esto la Inquisición no solía actuar a priori, sino sobre la base de las denuncias de ciudadanos o Comisarios del Santo Oficio. En ese momento se conectaban todos los mecanismos de la organización para limitar la difusión de la obra sospechosa. Generalmente un libro sólo era condenado por su número de lectores. Si el escrito sospechoso no alcanzaba gran difusión, generalmente no era condenado.





