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la religión católica a la luz de la ciencia
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Alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible. Píndaro, Píticas III, ep. 3
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NIHIL OBSTAT
"És més fàcil creure que saber"
(Josep Pla)

La lucha contra las ideas consideradas peligrosas por el poder viene de muy lejos. Ya en la antigüedad, en tiempos del Imperio Romano, se censuraban muchos escritos no tolerables por las autoridades. Célebres son las persecuciones contra los libros arrianos en todo el Imperio, retomadas por los godos posteriormente. En los reinos cristianos peninsulares se vivieron grandes persecuciones contra las minorías musulmana y judía, con quemas públicas de obras coránicas y talmúdicas. La lucha contra ideas y libros es, como puede verse, algo muy antiguo, un triste episodio en nuestra historia del que la ciencia tampoco iba a salvarse. Con el paso de los siglos, y el incremento del poder de la Inquisición, las quemas de libros se convirtieron en algo cotidiano.



NIHIL OBSTAT
Aprobación del censor diocesano para la publicación de temas de fe o moral. La fecha de la aprobación y el nombre de la persona que aprueba normalmente se imprimen en el libro junto al imprimatur de obispo.

IMPRIMATUR
Etim. Latín. imprimere, imprimir
Palabra latina que significa "sea imprimido". Significa la aprobación del obispo para la publicación de una obra de fe o moral.

Los autores tienen la libertad de obtener el imprimatur del obispo de la diócesis donde residen o de la diócesis donde se va a imprimir o publicar la obra. Generalmente el imprimatur junto con el nombre del obispo y la fecha de aprobación aparece en la obra publicada.

Según el decreto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (1975), "Los Pastores de la Iglesia tienen el deber y el derecho de ser vigilantes no sea que se dañe la fe y la moral de los fieles por escritos; consecuentemente aun de exigir que la publicación de escritos concernientes a la fe y la moral deban ser sometidos a la aprobación de la Iglesia y también de condenar libros y escritos que ataquen la fe y la moral."

LA IGLESIA RESPONSABLE DEL ATRASO CIENTÍFICO EN ESPAñA

Con la prohibición de libros y de conductas heréticas la Iglesia, defensora del dogma, adoptó una postura defensiva que influyó negativamente en la vida de los que se dedicaban al estudio y el arte. La labor científica, tal y como hoy la conocemos, no puede considerarse como tal por lo menos hasta el siglo XIX. Las luces del XVIII habían incorporado la racionalidad y el positivismo como fuentes básicas del conocimiento científico, pero todavía se arrastraba una carga pseudicientífica que hacía, por ejemplo, que la mayoría de los astrónomos cultivaran la astrología.

El estudio científico podía llevar a quien lo cultivara a caer en la herejía, al poner en duda la palabra divina vertida en los libros sagrados. Giordano Bruno o Galileo Galilei son los dos ejemplos más conocidos de hombres que buscaron la verdad científica y chocaron contra el muro de la una religión intolerante. Muchos otros, la mayoría olvidados, sufrieron penas similares. En numerosas ocasiones la Iglesia contempló a la ciencia como algo pecaminoso y acusó a algunos sabios de tener tratos con el diablo. La Iglesia, como poseedora de la única verdad, no toleraba que unos simples mortales desafiaran su cosmovisión. La explicación del universo aportada por la Biblia debía bastar, buscar el conocimiento fuera de la Fe no sólo era herético y peligroso sino demoníaco. El papa Inocencio III consideraba traidores a la fe en Cristo a cualquiera que hiciera interpretaciones de la naturaleza que no se ajustaran a lo aceptado por la Iglesia. Con igual desdén indicó que si la ley condena a los traidores a muerte y a la confiscación de sus bienes, a iguales penas debían ser condenados los herejes, por atentar contra la majestad de Dios. Frecuentemente las ideas religiosas ocultaban influencias de carácter político, pues el mantenimiento de una fe única servía para sostener la unidad de un estado y la legitimidad divina de su monarquía.

La España del siglo XVII mostraba una clase médica anclada en el pasado, presa de las teorías hipocráticas y galénicas heredadas del mundo clásico. Muchos médicos y profesores se negaron, incluso en el siglo XVIII, a renovar sus conocimientos y enseñanzas. No podían aceptar que la medicina química llegada de Europa fuera realmente efectiva, pues contradecía los mandatos de la iglesia y las tradiciones de los sabios griegos y romanos.

En el mundo cristiano, durante siglos, cualquier idea científica que no se encontrara de acuerdo con el criterio de la Iglesia era declarada falsa. Si se realizaba alguna afirmación que llevase a dudar de algún dogma de fe, la disputa podía terminar muy mal. Durante el Renacimiento se comenzó a ver que la explicación religiosa no podía convivir con lo que la recién nacida ciencia comprobaba acerca del universo. Con el triunfo en Europa de la ciencia basada en el método experimental, la religión terminó por ceder el puesto en la primacía del conocimiento y las ciencias fueron desarrollándose hasta crear las ramas que conocemos hoy. La astronomía se separa definitivamente de la astrología. La alquimia da paso a la química y la farmacología. La medicina se renueva por completo, sacudiéndose los últimos vestigios de superstición.

En la edad moderna la astrología fue considerada como un artículo de fe más. El pueblo, en su ignorancia, suplicaba a los astrólogos que alzaran su carta astral, con la esperanza de entrever el futuro. Con carácter de profesionalidad para aquellos que quisieran practicarla, las universidades europeas establecieron cátedras astrológicas e impartieron desde ellas el arte de leer el firmamento. En España, a mediados del siglo XVI, las universidades de Salamanca y Valencia enseñaban de forma legal astrología e incluso en las Cortes de 1570 se propuso que por ser esta una “ciencia muy importante” se debiera establecer que todo físico fuese previamente Bachiller en ella. Al margen de la sociedad, la Iglesia, fiel a su cometido, se preguntaba hasta qué punto las influencias de los planetas en el ser humano condicionan a la persona o negaban la libertad y el libre albedrío de la misma. Para unificar criterios teológicos el papa Sixto V, en 1585, promulga su Coeli et Terrae, que prohibía “todas las artes que provienen de los futuros eventos, a excepción de aquellas que por causas naturales necesariamente o frecuentemente se siguen”.

De igual manera que los astrólogos, los curanderos abundaban. Los expedientes que se encuentran sobre ellos en los archivos son muy numerosos, lo que muestra el intrusismo que existía en las profesiones médicas y paramédicas, competencia que se comprende desde el momento en que libros como Tesoro de los pobres o los Secretos de la Naturaleza eran de consumo popular.
Estos tratados facilitaban la más variadas recetas sobre todo tipo de males, explicadas con tanta claridad que hasta el más profano era capaz de entenderlas. Con estos manuales disponibles, no era de extrañar que hubiera algunos sujetos lanzados que recorrieran los caminos intentando curar al primer enfermo que se encontraran a cambio de unas monedas. Lo curioso es que el Santo oficio no les persiguió como intrusos de la profesión médica, sino por hechiceros, cuando en realidad su terapéutica, aunque un poco rudimentaria, tenía una alguna base de autenticidad, basada en cientos de años de conocimiento de las plantas conseguidos por el vulgo.

En la mentalidad española del siglo XVII se refleja un espíritu contrario a cualquier innovación. Salvo algunas honrosas excepciones, las universidades y los hombres de ciencia, demostraron alejarse de cualquier postulado nuevo venido de Europa. Muchos de ellos se enfrentaron abiertamente a todo lo novedoso, reivindicando la universalidad y veracidad del pensamiento clásico. Las teorías de Bacon, Newton, Descartes, Galileo, Kepler… todas las obras de los padres de la ciencia fueron rechazadas por nuestros sabios. Algunos incluso tuvieron la osadía retorcida de aprender en profundidad la mecánica newtoniana o las nuevas corrientes fisiológicas reinantes en el continente, sólo para atacarlas furiosamente. La física y la química, la biología y la medicina, todos los conocimientos renovados, apenas se acercaron tímidamente a los grandes centros del saber hispánico, Alcalá, Salamanca y Valladolid. De entre todas las universidades, fue la de Valencia la que más avanzada y abierta se mostró ante la gran revolución científica.

¿Cual fue la causa de aquella mentalidad tan retrógrada? Algunos historiadores de la ciencia culpan a la filosofía escolástica que imperaba en la sociedad española. La contrarreforma tampoco sale bien parada, pues las nuevas ciencias fueron consideradas casi como una enfermedad del alma protestante y, por tanto, un peligro para el buen católico. Hay quien se remonta a la expulsión de los musulmanes, con la consiguiente pérdida de grandes sabios. A pesar de todos los esfuerzos en contra, los heterodoxos, que vieron acertadamente la utilidad de la nueva ciencia, se introdujeron poco a poco en el mundo universitario y terminaron por imponer sus conocimientos, aunque el proceso llevó demasiado tiempo. Sólo bien entrado el siglo XVIII, las nuevas instituciones creadas para disminuir el retraso de España con respecto a Europa, lograron introducir la ciencia en la cerrada sociedad hispánica. Hubo que esperar a 1706 para que el osado Félix Palacios publicara su Palestra, una obra en la que se incluyen por primera vez los influjos de la ciencia europea. Como Palacios, otros muchos científicos intentaron luchar contra la tradición galénica y la Inquisición, intentando renovar la medicina tradicional, con muy poco éxito y mucho peligro para sus carreras y vidas.
De entre todos los pioneros de la nueva medicina química, destacaron Luis de Alderete y Soto, con sus investigaciones acerca del Agua de Vida, o Cristóbal de León, un cirujano que intentó, sin ningún éxito, fundar en Madrid una academia espagírica, alrededor del año 1693. Juan de Cabriada, en su Carta Filosófica-Médico-Chímica de 1687, es considerada como el introductor de la medicina moderna en España y decisivo impulsor de la yatroquímica. En Esta obra habla en favor de las substancias químicas como medios para alcanzar la curación de las enfermedades, aunque amargamente emite una queja contra sus escépticos colegas: Me ha sucedido en algunas juntas proponer algún remedio químico o algunas doctrinas nuevas anatómicas y entrar luego los médicos, que siguen hablando, y decir: dejémonos de químicas, que nuestros pasados curaron sin estas novedades.

Incluso con los nuevos vientos de la ilustración, el espíritu de Trento seguía vivo. El Santo Oficio, aunque había perdido crueldad e intensidad, todavía prohibía libros y actividades. En 1790 se publicó el último Índice de Libros Prohibidos, en el que se incluyeron un gran número de obras científicas poco recomendables para el buen católico. En cuanto a la polémica de la química es curioso ver cómo los calificadores de la Inquisición prohibieron todas las obras de algunos grandes fundadores de esa ciencia y, sin embargo, otros autores, que también eran químicos, no se les consideró como tales, y además se autorizan bien con nota o con expurgación ciertas obras de esta materia. Todo esto evidencia la falta de criterio por parte de los inquisidores a la hora de encuadrar a los autores, quizá porque algunos no tuvieron relación con movimientos calvinistas o porque, en realidad, no tenían muy claro qué era eso tan nuevo y peligroso que llamaban química.

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